Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

diciembre 17, 2004

"Se otorgarán certificados..."

Se otorgarán certificados

Por Edgardo Civallero

Los certificados –esos multiformes papeles que dan fe de nuestra asistencia a cursos, talleres, seminarios, conferencias y exposiciones varias– han excedido la mera moda y se han convertido en un vicio, de esos que pueden llegar a enfermar. El mundillo bibliotecario no escapa a la magia del documento escrito ni a su poder para afirmar, para abrir puertas, para garantizar actos y beneficios.

Los cursos de formación continua y de especialización –bajo sus diversos formatos y etiquetados con epítetos diversos, a cual más curioso– han aprovechado los vacíos que la educación oficial deja en nuestra formación. Para bien o para mal, proponen enriquecimiento y alternativas, y, en los últimos tiempos, se han multiplicado.

Una gran mayoría proporciona contenidos importantes, y amplía, en efecto, los horizontes intelectuales y críticos de muchos de nosotros. Provee, además, de posibilidades de actualización, de canales para entrar en contacto con trabajos desconocidos o poco difundidos, y de espacios de encuentro y crecimiento. Lo preocupante, sin embargo, es la minoría restante, la cual, con tal de cobrar el diezmo correspondiente (y de anotar tantos para el dictante) enseñan –sin una base pedagógica seria– cosas que podrían haberse aprendido mediante la consulta de un libro en la biblioteca más cercana, o, para los que se llevan bien con las nuevas tecnologías, mediante un "clic" en un simple documento web.

Si estos fenómenos existen –y todos podemos referir ejemplos de cursos que, a la postre, resultaron carecer de sentido, contenido y valor– es porque nosotros mismos les proporcionamos espacios para su proliferación. Su poder radica en una sencilla frase de promoción: "se otorgarán certificados...", acompañada por el inseparable sufijo "valor: x pesos". La obtención y posesión de ese papel, dotado de un misterioso poder de atracción, actúa como anzuelo y nos empuja a pagar por asistir a eventos innecesarios, a aguantar peroratas insoportables y a escuchar, de labios de oradores ineptos, conferencias leídas al pie de la letra directamente de un Power Point proyectado exactamente delante de nuestros ojos.

[Esta última actitud siempre me ha provocado un profundo desasosiego y una tremenda duda: ¿pensará el disertante que no alcanzo a leer lo que dice en la pantalla? Peor aún: ¿intuirá mi analfabetismo, oh vergüenza de mis vergüenzas? ¿Qué otra razón podrá existir para que el orador evite un diseño más ingenioso y educativo, y se limite a la mera repetición de palabras que todos podemos leer? Me temo que es uno más de la interminable lista de misterios que jamás resolveré...]

Acumulamos así enormes cantidades de constancias de asistencia. ¿Acumulamos conocimientos en igual proporción? Permítanme dudarlo. Nuestra billetera pierde peso, eso sí, pero nuestro intelecto apenas si encuentra algo que aprovechar. Afortunadamente siempre existe el coffee-break, esa nueva denominación que se le ha endilgado al criollo "recreo", "pausa" o "descanso", breve intervalo en el cual uno realmente puede aprender cosas nuevas del resto de sus colegas.

Lo curioso es que muchos de esos certificados no pueden ser incluidos en una carpeta de antecedentes, al menos si se presenta ante un tribunal de evaluación serio y confiable (recordemos que hay de todo en esta enorme viña abandonada por el Señor). En efecto, la posesión de una voluminosa masa celulósica cuidadosamente ordenada no garantiza nuestra capacidad, nuestras destrezas o nuestra formación. Por el contrario, puede demostrar que pasamos más tiempo en eventos innecesarios que en espacios de real formación.

Si existen culpables en esta historia, somos nosotros. La exigencia de un alto nivel de calidad en congresos y conferencias, en seminarios y talleres, debería ser una prioridad nuestra. Si pagamos por conocimiento, éste debería ser adecuado, debería dejarnos contenidos relevantes y pertinentes a nuestra situación, que puedan ser aplicados más tarde en nuestro contexto. Renglón aparte merecemos los que nos dedicamos, de una forma o de otra, a estar frente a auditorios o clases. Nuestra responsabilidad es transmitir saber válido, proporcionar herramientas y nueva información. Se trata de un punto básico de la ética docente o profesional. Dar charlas y cursos por el mero hecho de obtener puntaje o antecedentes docentes es algo cuestionable, aunque también debo anotar que el propio sistema educativo fomenta estas prácticas (u obliga a ellas) al requerir este tipo de certificaciones de sus docentes.

Cadenas de sucesos y responsabilidades en las cuales es difícil encontrar el extremo, el origen, la causa... Seguimos, mientras tanto, siendo eventuales espectadores de acontecimientos fútiles y poco útiles, carne de cañón para el lucro de algunos que se alimentan de nuestra inocencia. Agucemos los sentidos, pues de nosotros depende que esa minoría de cursos sin valor dejen de existir, por falta de público.

Ilustración.

diciembre 16, 2004

Un punto de partida

Un punto de partida

Por Edgardo Civallero

"Perded toda esperanza, vosotros los que entráis". Así, si no recuerdo mal, rezaba la inscripción que, a guisa de "bienvenida", recibía a los condenados a las penas eternas, según la visión que del Infierno imaginara Dante.

A la entrada de nuestras bibliotecas debería figurar una frase semejante, pero de sentido inverso: "Buscad esperanzas, vosotros los que entráis". Y en cada bibliotecario debería estar latente una tercera máxima: "Generad esperanzas, vosotros los que podéis".

Señalar que los visitantes de una biblioteca buscan esperanzas en nosotros y en nuestros estantes sería repetir textos ya escritos, incluso en otras páginas de este mismo diario de reflexiones y dudas. Suena romántico, por cierto, pero prefiero verlo así, antes que enfrentar términos como "cliente". A veces me pregunto si en verdad alguien pretende que el saber humano –una de las pocas herencias comunes que nos quedan– sea vendido o si cree –a pesar de las miles de recomendaciones, códigos de ética y declaraciones internacionales sobre el libre acceso a la información– que es vendible. Me pregunto también si habrá quedado alguna faceta de nuestra existencia que no haya sido cuantificada, medida, evaluada, cotizada e ingresada al mercado de valores: amor, saber, sueños...

Luego recuerdo que el hombre vende la naturaleza como si fuera su dueño –y no una parte débil, ignorante y desconectada de ella– y entiendo muchas cosas. (Remedando a uno de los personajes de "Mafalda", Libertad, repetiré: "¿No es triste que entendamos?").

[Recuerdo además cierto texto escrito por Alejandro Dolina –creo que en las "Crónicas del Ángel Gris"– en el que cuenta como los hombres realistas definen un libro: medio kilo de papel, un cuarto litro de tinta, un poco de hilo, cola, cartón...]

Las esperanzas que se buscan entre los libros son muchas, y muchos colegas habrán vivido esos milagros ínfimos, cotidianos y pequeñitos, que son los que uno recuerda con más cariño y los que salen a relucir cuando se intenta rescatar lo mejor de la profesión: estudiantes sin recursos que superan exámenes y obtienen títulos; niños que abren sus ojos a mundos nuevos y ancianos que desean retornar a ellos, cansados de tanto camino incierto; mujeres dispuestas a despojarse de los cepos que les endilgara una sociedad machista, y hombres que luchan por superar sus miedos y sus ignorancias para enfrentar una sociedad elitista y exitista; ciegos que ven, mudos que hablan, sordos que oyen, paralíticos que caminan...

Son, en definitiva, las esperanzas de seres humanos que intuyen, desde algún rincón situado de la piel hacia adentro, que el término "imposible" es un adjetivo creado por unos pocos para manejar la vida de esos "muchos" que aún creen en las definiciones de diccionario.

Generar o dar respuesta a esas esperanzas es nuestra función primaria. Cada uno encontrará, supongo, la manera más justa y equilibrada –de acuerdo a sus cualidades y posibilidades personales y profesionales– de acometer tal tarea. Lo importante es no olvidar la misión. Enseñarla, si somos profesores. Aprenderla, si somos estudiantes. Divulgarla, si somos trabajadores. Y encararla y ejercerla día a día, desde la investigación o la referencia hasta la clasificación o la docencia... Que se haga carne en nosotros, que se acepte como un deber, como una obligación moral, como un punto más de un código ético escrito o por escribir. Será, estoy seguro, un buen punto de partida. Para sentirnos más orgullosos de lo que nos sentimos. Para amar más nuestra profesión. O para comenzar a hacerlo, si aún no entendimos quiénes somos y que hacemos.

Porque, como alguna vez escribió Jorge Luis Borges, siempre imaginé el Paraíso como una especie de biblioteca. Y en ella, una inscripción, una copia positiva, de real bienvenida, similar a aquella dantesca.

"Buscad esperanzas, vosotros los que entráis".

Ilustración.

diciembre 15, 2004

Reflexiones

Reflexiones

Por Edgardo Civallero

La biblioteca de Alejandría fue uno de los mayores reservorios de saber y memoria de su época, de todas las épocas... Aunque la leyenda cuente que fue el conquistador árabe y musulmán el que ordenó la incineración de sus fondos para calentar el agua de los baños de la ciudad, la realidad –menos proclive a condenar y a etiquetar por razones raciales o religiosas– coloca tal "hazaña" en otras manos. Fuese quien fuese el responsable del hecho, a veces, tras el humo de mi pipa, me da por imaginar la mirada atónita, incrédula, de los responsables de todo ese acervo, viéndolo arder, viéndolo desaparecer. Pienso en todo el trabajo, en las interminables horas de copia y de ilustración, en la búsqueda de documentos faltantes, en las traducciones, en la organización, en todo el esmero y el arte derrochado, en los sueños... E imagino el dolor y la frustración, la impotencia, las lágrimas y la desesperación de aquellos colegas ignotos, nuestros predecesores, al ver años de trabajo y siglos de conocimiento esfumándose ante sus ojos en minutos.

Y pienso, para mi coleto: "¿Soy digno de esas lágrimas, de esa impotencia...? ¿Soy digno heredero de ellos, seres humanos con errores pero también con entereza, con sueños, con ganas de luchar y de ponerle cimientos al castillo en el aire que muchos intentarían –con poco éxito– revivir después? ¿Honro con mi trabajo la labor de los responsables de uno de los mayores logros de toda la historia occidental?"

Y me quedo callado, hundido entre las volutas de humo de mi tabaco, avergonzado. Porque pocas veces puedo dar una respuesta honesta a esas preguntas.

Ilustración.

diciembre 10, 2004

Vocación de servicio

Vocación de servicio

Por Edgardo Civallero

La labor del bibliotecario –ya sea como gestor de memorias, como agente alfabetizador, como promotor cultural o como conservador de patrimonio cultural intangible– es un servicio, es decir, una actividad destinada a satisfacer las necesidades de una población determinada. Puntualmente, necesidad de (in)formación y recreación: necesidad de satisfacer curiosidades, o de desterrar el aburrimiento, o de borrar la tristeza y la soledad... Necesidades que pueden expresarse o mantenerse ocultas y pendientes, que pueden atenderse abiertamente o necesiten ser extraídas del interior del individuo...

El servicio que brinda el bibliotecario es un servicio social, es decir, una actividad que parte desde la sociedad hacia la sociedad, y que se ocupa, curiosamente, de manejar un bien social, un bien común a toda la humanidad, que no debería ser susceptible de compra y de venta: la cultura.

Estas ideas nos son conocidas: cada vez que se habla de la labor que realizamos, salen a la luz definiciones o categorías similares. Sin embargo, estamos muy lejos de tomar conciencia de la importancia de aceptar esta labor de servicio. Todavía militan entre nuestras filas los famosos "cancerberos de estantes", esos profesionales que se ocupan de mantener su colección ordenada y en su sitio, olvidando que la razón de ser de esos fondos son las manos que los van a desordenar, los dedos que van a hollar sus hojas y los ojos que los van a curiosear. Todavía existen los profesionales burócratas, colocados detrás de un mostrador, verdadera barrera entre el lector y el libro, desanimadores de la lectura y de la cultura, y responsables de los estereotipos que nos caracterizan. Existen aún entre nosotros los que creen en la automatización de las colecciones y de las actividades, olvidando lo social del servicio, la importancia del contacto humano, de la conversación con el usuario, de la necesidad de dedicar el tiempo que cada persona requiere y merece...

Quizás no encontremos a estos personajes muy a menudo... o quizás haga falta mirar en un espejo para encontrarlos. Quizás me dirán que no creen que haya profesionales así... pero, como reza el viejo refrán gallego, "habelos, hainos...".

Existen también quienes no han descubierto a los duendes que se ocultan entre los libros, ni los tenues gritos de los tomos humedecidos, ni los espíritus de los personajes mirando curiosos a la hora del cierre. Pero eso no es condenable: la magia de la biblioteca se revela solo a unos pocos, enamorados desde niños del olor del papel y de la tinta.

Todos aquellos colegas que no hayan comprendido la necesidad de brindar un servicio –que es algo similar a brindar una vida– a nuestros lectores, se convierten, en definitiva, en verdaderas barreras entre los fondos y los potenciales usuarios. Y dudo que encuentren placer en lo que hacen.

Y todos aquellos que traten a los usuarios como clientes desconocen el verdadero significado de la palabra "servicio", y, sobre todo, olvidan el sentido maravilloso de no vender ni la cultura ni el trabajo que la maneja. La cultura se da, se difunde, es un bien que nos pertenece a todos, y está en nuestras manos el lograr que alcance cada rincón de nuestra sociedad.

En definitiva, quienes abordan nuestras tareas sin verdadera vocación de servicio, no sólo se perderán los milagros cotidianos de la atención al público. También se perderán el verdadero sentido de una profesión milenaria, nacida para servir.

Ilustración.

diciembre 07, 2004

Sobre gurúes, santones y otras hierbas....

Sobre gurúes, santones y otras hierbas...

Por Edgardo Civallero

Los argentinos somos una mezcla profundamente heterogénea de descendientes de inmigrantes, gentes que, entre el ocaso del siglo XIX y el amanecer del siglo pasado (y en sucesivas corrientes posteriores de menor cuantía) llegaron a estas tierras meridionales en busca de una esperanza a la que aferrarse. Italianos, españoles, franceses y polacos –pero también armenios, croatas, galeses, griegos, turcos, rusos, ucranianos, judíos, vietnamitas, sirios, coreanos y árabes– poblaron un territorio ya ocupado secularmente por las sociedades originarias, y mestizado con sangre africana.

Las raíces del argentino actual –producto de tal reacción química– son una entidad indefinida y casi inexistente, aferradas a este suelo por mero instinto de supervivencia, pues provee de base y de alimento. Pero sus tallos y sus hojas (y sus flores y frutos), merced a una tradición que se inicia durante la Conquista y que fue perpetuada por "próceres" como Domingo Sarmiento, se orientan hacia Europa.

Hablando en forma general –es decir, aceptando de antemano la existencia de numerosas excepciones– Argentina, al igual que otras muchas naciones del "Tercer Mundo", aún toma como patrón de sus actividades al modelo europeo. Olvida así una tradición cultural propia, única, que tiene siglos de existencia y un patrimonio infinito e invaluable. Olvida, muchas veces, sus propios caminos. Y se rinde, por lo general, al que viene desde fuera con ideas "nuevas".

En nuestra profesión, empleamos tecnologías y herramientas que nos llegan desde el exterior, considerándolas buenas y pertinentes porque han sido creadas, "normalizadas" y empleadas con éxito en contextos euro–norteamericanos. Si mediara un análisis crítico previo de las mismas (instancia que se da en pocas oportunidades) notaríamos que nuestra realidad local está apenas contemplada en ellas. No sólo eso: en tales instrumentos de trabajo, en sus textos, todavía están presentes ideologías subyacentes de clara raigambre colonialista.

¿Un ejemplo? Intenten buscar en la CDU (o en la CDD, o...) algún código auxiliar que permita clasificar, puntualmente, un texto en / sobre lengua chorote, chulupí, toba, wichi, pilagá, abipón, chiriguano, tehuelche, ona, ranquel, chaná, charrúa... (etc.), importantes lenguas indígenas nuestras, algunas con una impresionante vigencia en nuestro país. El ejemplo es extrapolable a muchas naciones y culturas hermanas en Latinoamérica, África, Asia y Oceanía.

Inténtenlo, a ver si logran superar el nivel de "Otras lenguas indígenas".

¿Más? Busquen, en la misma CDU (tablas auxiliares 1f) y comprobarán que, todavía hoy, muchos seres humanos podemos ser etiquetados como pueblos o razas "primitivos", en oposición a los "desarrollados" o a los "altamente desarrollados". Estos términos provienen de una ideología denominada "evolucionismo", muy difundida entre 1870 y 1940 entre las "Ciencias Humanas", fruto de las políticas de colonización imperialista europea y de las aplicaciones racistas / etnocéntricas de descubrimientos científicos como las teorías de Darwin y Wallace. Fueron estas ideas las que llevaron a que se enunciaran frases célebres como "Civilización o Barbarie", y a que se impulsaran actividades como la "Conquista del desierto".

[Las observaciones puntuales vienen dadas porque, en la actualidad, trabajo dentro de los Comités de Redacción de CDU y CDD, intentando enmendar estas ausencias y estas posturas ideológicas, que "nadie había notado", según las declaraciones de los responsables de la redacción de los textos originales. Todavía tengo el enojo en las venas...]

Nuestro trabajo se basa en tales herramientas. Nuestra formación, por otro lado, se cimienta en textos extranjeros. Seamos honestos... ¿cuántos textos actualizados (evítenme el ejemplo de la argentina Josefa Sabor) escritos por autoras/es locales hemos leído en nuestras carreras? De ellos... ¿cuántos tienen en cuenta los matices de la cultura y la situación local, y cuántos continúan en el interior de la burbuja rosa del molde europeo? No leemos textos que aborden nuestras problemáticas (con honrosas excepciones), aún cuando contamos, en nuestra comunidad profesional, con mentes brillantes y plumas excelsas que tienen mucho para decir...

¿Cuántas publicaciones especializadas en bibliotecología, con textos sometidos a referato, tenemos actualmente en nuestro país? ¿Superan los dedos de una mano? ¿Y en Latinoamérica? ¿No escribimos o no tenemos espacios donde ser publicados? ¿O continuamos, quizás, empleando publicaciones extranjeras que nos hablan de mundos completamente ajenos al nuestro?

Nuestra formación en las aulas –por lo general, escasa– es complementada con cursos, seminarios y talleres extra–áulicos, organizados generalmente por instituciones ajenas a la Universidad. Por un lado, existe la tendencia de asistir a ellos para acumular certificados (pero no conocimientos). Pero, olvidando este detalle (un pecadillo bastante vergonzoso del que pocos estamos libres), hemos sentido en nuestro ámbito la presencia de "personalidades" foráneas que vienen a contarnos cosas que ya sabemos, con otras palabras, mostrándonos "nuevas" formas de trabajo, "nuevos" conceptos, "nuevos" paradigmas... Asistimos embelesados a clases en las cuales se nos muestra una realidad que difícilmente (por no decir "jamás") alcanzaremos sin un enorme trabajo previo (que nadie nos enseña a abordar); tomamos apuntes de experiencias que difícilmente (¿nunca?) podremos repetir si no contamos con la formación adecuada (que nadie se arriesga a darnos, no vaya a ser que...); nos admiramos de sus avances (¿no se tratará de eso, simplemente?), pagamos por el curso... y seguimos tan vacíos como antes, aunque quizás lo que aumenta dentro nuestro es la confusión y esa terrible sensación de seguir siendo el último orejón del tarro (repito: ¿no se tratará de eso?).

Muchos colegas adhieren a nuevas tecnologías y a costosas políticas de compra de bases de datos que violan, de la primera a la última, todas las recomendaciones de IFLA y UNESCO acerca del libre acceso al conocimiento, sin olvidar un número sustancial de derechos humanos básicos. Los traficantes del saber y de las TICs llenan sus bolsas en las puertas de nuestros templos, atendiendo apenas a nuestros problemas; nuestra sociedad, mientras tanto, sigue igual de necesitada, buscando afanosamente los datos precisos para solucionar un diluvio de crisis que parecen insalvables.

Debemos generar espacios de pensamiento crítico en torno a nuestras temáticas. Debemos formar recursos humanos que estén altamente capacitados para enseñar, para producir saber y para investigar, desde y para el ámbito local. Debemos taparnos los oídos ante los cantos de las sirenas, so pena de caer en un círculo del cual es difícil salir: el de la "Sociedad de la Información", un modelo muy criticado en la actualidad desde muchos sectores, pero tan convincente como esas publicidades que logran vendernos aquello que menos deseamos.

Debemos mirar un poco menos hacia fuera y un poco más hacia adentro. Porque vivimos en un país y un continente riquísimos, a pesar de las cadenas y las presiones de aquellos que se empeñan en que no levantemos cabeza para que sus añejas (y podridas) raíces no se tambaleen. Tenemos sangre nueva, tenemos saber milenario, tenemos ganas de hacer y de aprender...

Olvidemos las voces de los exóticos santones "desarrollados", y de los que los sirven entre nosotros, y emprendamos el camino de nuestra propia construcción. Leamos entre renglones, revisemos todo –incluso lo más trivial–, critiquemos constructivamente, reformulemos nuestras estrategias y nuestros objetivos. No somos Europa. Somos América, somos esos millones a los que cantó Neruda, un día no muy lejano, lleno de esperanza.

Olvidemos a las aves de paso que vienen a alimentarse de nuestra inocencia y de nuestra comodidad, y apostemos por nosotros mismos. Será, en definitiva, una apuesta por nuestro futuro, por nuestro bienestar y por nuestro crecimiento.

Ilustración.

diciembre 06, 2004

Sobre nuestra educación como bibliotecarios

Sobre nuestra educación como bibliotecarios

Por Edgardo Civallero

Establecer que nuestra profesión se ocupa de gestionar la memoria de la humanidad es vincular las disciplinas de la información y el libro a un objetivo amplio, bello y ambicioso. Un objetivo que, sin duda, nos llena de orgullo y nos motiva (o, al menos, debería hacerlo, aunque no siempre lo logre) para el trabajo comprometido y solidario, para la lucha, para el desarrollo de destrezas y conocimientos nuevos y pertinentes, y, en definitiva, para el crecimiento profesional y personal.

En otra ocasión analizaré –quizás demasiado críticamente para el gusto de algunos...– los motivos que empujan a cada bibliotecario a elegir su carrera, y las consecuencias que tal elección acarrea. Por el momento, me conformaré con preguntarme y preguntarles: ¿estamos correctamente formados para abordar una meta tan importante?

Generalizando (craso error que me arriesgaré a cometer), diré que, por lo general, no estamos suficientemente preparados para tal misión, al menos en los países etiquetados como "en vías de desarrollo" (vaya una cadena psicológica que nos intentan poner, ¿verdad?). Iré un paso más allá, y diré que, desde mi punto de vista, existe una tremenda falta de educación especializada en nuestro campo.

Hablaré de mi experiencia personal, y luego cada lector/a podrá realizar un análisis honesto e introspectivo de su propia preparación, y sacar las conclusiones propias que guste y considere oportuno. Fui educado como un mero técnico, destinado a cumplir –con mucha suerte– funciones entre los estantes de alguna biblioteca universitaria. Tal labor es más que digna, y muy hermosa, por cierto, pero la profesión no se acaba allí. Ni en el estante ni en el mostrador. La formación que obtuve en áreas como las relaciones humanas, los idiomas, la producción de nuevos conocimientos, la investigación, la redacción, la preparación de proyectos, el diseño de redes de información, el planeamiento de bibliotecas desde cero, la documentación y la construcción de tesauros (y un dilatadísimo "etcétera") fueron muy pobres. La formación humanística –la cultura general que nos vincula a esa memoria que pretendemos conservar, organizar y difundir– rozó la inexistencia.

Somos muchos los que reconocemos (algunos en privado, otros a viva voz) estas ausencias, estos vacíos que debemos ocuparnos de llenar personalmente, por otras vías y en otros espacios. Que notemos estas carencias o no depende de la fuerza de nuestra vocación. Quien busque solamente un puesto de trabajo que le permita vivir estará convencido de que la educación que se le proporcionó fue más que suficiente para desempeñar sus tareas, punto que acepto aunque pueda ser vehementemente discutido. Empero, quienes buscamos en nuestra profesión algo más que el sueldo comprendemos rápidamente que necesitamos de sólidos conocimientos, de información actualizada, de saber válido que nos permita crecer, avanzar, abrir puertas que servirán, en última instancia, para el avance de nuestros usuarios, muchos de los cuales necesitan en forma urgente de nuestra ayuda.

¿Culpar a nuestros profesores, a las instituciones a las que concurrimos buscando formación, a los planes de estudio o a las políticas educativas es la solución? Permítanme dudarlo. Así como existen docentes y ámbitos deplorables que no buscan en absoluto la excelencia en su labor educativa (llámenlo "comodidad", "facilismo", "irresponsabilidad" o como ustedes deseen), también existen los que se desviven por dar a sus educandos lo mejor de sí. Ocurre que los estudiantes expresamos pocas veces nuestro deseo de saber más (repito: llámenlo "facilismo", "comodidad", etc.) y pocas veces luchamos por un cambio que es más que necesario.

La culpa, por ende, es compartida.

Se precisa, en principio, de una toma de conciencia de la importancia de la biblioteca en nuestra sociedad, como educadora, como proveedora de información, como espacio para practicar uno de los medios de recreación más saludables... Se nos educa como técnicos, no como gestores del saber / animadores culturales / alfabetizadores / protectores de patrimonio cultural intangible... Y tal educación mentaliza a muchos colegas de que son técnicos, limitando sus horizontes y sus perspectivas, y convirtiéndolos, en la realidad, en auxiliares encadenados mentalmente a un estante o a un mostrador.

[Apunto que no condeno en absoluto las labores de atención al público. Sin embargo, muchos creen que la bibliotecología se limita a eso, lamentable mentira que dista mucho de ser aclarada].

Por otro lado, es necesario que, en general (y aquí generalizo nuevamente), los docentes asuman la enorme responsabilidad que tienen entre manos. Que busquen su propia excelencia y que la exijan de sus alumnos. La mediocridad es una plaga que azota muchas de nuestras aulas, y que, a la larga, cierra caminos a nuestras sociedades, tan necesitadas de manos expertas y mentes lúcidas que construyan progreso, desarrollo, crecimiento, esperanzas... y tan hartas de soportar gurúes extranjeros que llegan a nuestras costas a vendernos (una vez más) espejitos y cuentas de vidrio a cambio de nuestros tesoros (¡Maldición de Malinche...!)

Debe abandonarse la auto–complacencia, esa que empuja a alabar nuestros logros. Repetiré hasta el hartazgo que la botella nunca está medio llena: está medio vacía. No se trata de pesimismo, sino de ansias de superación. Pues sólo tomando conciencia de lo mucho que nos falta para ser excelentes profesionales nos preocuparemos por lograr los cambios necesarios. Si seguimos anclados en el conformismo de ver la botella medio llena, jamás nos preocuparemos por llenarla por completo.

Por último, los estudiantes deben exigir a sus profesores más, mucho más, siempre más. Deben exigir docentes especializados en bibliotecología e información, que brinden contenidos pertinentes y relacionados directamente con nuestra profesión. Existe la tendencia de colocar profesionales de otras disciplinas, sin (sólidos) conocimientos de bibliotecología, dictando materias importantes, con los desastrosos resultados previsibles.

Los alumnos deben abandonar la comodidad y tomar conciencia del deber ético que asumen por el mero hecho de pisar un aula y obtener un título. Muchos esperan, fuera de las aulas, por una mano que les informe, que los eduque... Mientras más sepan nuestros estudiantes, mejores profesionales tendremos y mejor servicio brindarán.

Pocos reparan en la importancia de un libro o de la información que éste contiene. Permítanme terminar el texto de hoy con una anécdota personal. Trabajo desarrollando bibliotecas en comunidades aborígenes del noreste de mi país [Argentina], algunas muy aisladas. En mi primer contacto con una de ellas, me topé con la dura realidad de la mortalidad infantil, provocada por diarrea, una enfermedad que puede ser fácilmente combatida con la información adecuada, pues su tratamiento se limita a hidratar al bebe o al niño con una mezcla de agua hervida, sal de algún tipo y algún elemento dulce. Curiosamente, esa información (que apenas si ocupa una página en los folletos de la OMS) jamás había llegado a esos lugares. Los bebés seguían muriendo. Y la muerte por diarrea es atroz, amén del dolor que deja en una familia la desaparición de un niño.

Hay mucho por hacer. ¿Qué esperamos para hacerlo, para ser mejores, para cambiar la realidad con nuestras mentes? ¿Qué esperamos para abandonar las auto–alabanzas del tipo "nuestros profesionales son excelentes" y generar profesionales realmente excelentes, con conocimientos en idiomas, en sistemas de información, en servicio, en investigación...? ¿Esperaremos a que profesionales del "Primer Mundo" nos digan qué hacer, cómo trabajar, qué es lo mejor para nosotros? ¿O tomaremos de una buena vez las riendas de nuestros destinos y demostraremos al mundo que, en verdad, somos excelentes profesionales y podemos dar vuelta la cara de esta realidad inmunda y dolorosa en la que vivimos?

Ilustración.

diciembre 03, 2004

Los gestores de la memoria

Los gestores de la memoria

Por Edgardo Civallero

Pocas veces tomamos real conciencia de la enorme magnitud de la labor que realizan las bibliotecas en las sociedades "grafas" (utilizo el término en contraposición a "ágrafas"), es decir, aquellas que confían su memoria a soportes tan lábiles y frágiles como el papel o los discos magnéticos y ópticos... Somos los gestores de la memoria de nuestra civilización, los organizadores de sus recuerdos más nobles y más vergonzosos, los conservadores de sus éxitos y sus fracasos, los difusores de sus logros, de sus temores y de sus expectativas... Todo ese contenido está confiado, inconscientemente quizás, sin meditarlo mucho, a materiales que pueden destruirse muy fácilmente por una enorme cantidad de causas comunes (humedad, calor, insectos y alimañas varias...).

[Existe en nuestras sociedades una progresiva pérdida de las herramientas de revitalización de esa memoria escrita –lectura y redacción– en contraposición al constante ejercicio de la tradición oral en los grupos ágrafos... Esta decadencia de la lecto–escritura no sólo lleva al empobrecimiento cultural, al incorrecto y paupérrimo empleo de la lengua propia, etc., sino que, además, pone en riesgo nuestra propia memoria y nuestra propia identidad, que, sin cimientos, puede ser fácilmente presionada por culturas extrañas... Pero ese es un tema sobre el que escribiré in extenso en otra ocasión...]

El análisis de esta "importancia" profesional viene motivado por el comentario de una colega que anotaba su orgullo –después de 32 años de experiencia profesional– por ser "gestora de memorias". ¿Cuántos colegas encaran su profesión con tal orgullo? ¿Cuántos, empero, agachan la mirada y susurran un tímido y avergonzado "soy bibliotecario"? ¿Cuántos títulos alternativos nos han vendido (o hemos construido, o hemos deseado comprar) para sentir que nuestro "status" profesional se elevaba (¿hacia dónde?)? ¿Cuántos de nosotros decimos –o aceptamos– abiertamente que somos ratones de biblioteca, amantes del olor del papel, del tacto de las encuadernaciones, del milagro de voces muertas hace siglos que nos hablan desde esas páginas, del placer del "saber que no ocupa lugar" y de los "libros que no muerden"?

El mundo se ha llenado de gurúes (de quienes también charlaremos en otro momento) que nos cobran altos precios por enseñarnos cosas que ya sabemos, cambiando y complicando los nombres para que luzcan "más importantes" (?). Ellos nos dicen quiénes somos, qué hacemos y cuáles son nuestros objetivos, algo que está claro desde hace milenios: somos bibliotecarios (si, simplemente eso...) y brindamos un servicio a un usuario con una necesidad puntual de saber, de divertirse, de no bostezar de aburrimiento, de no sufrir soledad o de cumplir con obligaciones académicas... Eso somos: los que alimentamos, desde nuestras (más o menos) pobladas estanterías, el ansia del ser humano por conocer cosas nuevas o por recordar cosas viejas...

Un ansia por conocer que desaparece cada día, merced a novedosos medios para convertir a la gente, desde pequeños, en obedientes entidades sin pensamiento crítico, sin opinión propia, más pendientes del último juego, el último coche, la última dieta o el último chisme que del último desastre ecológico (¿qué era eso?), la última violación a los derechos humanos (?), el último manejo político, la última ejecución, el último grito de pueblos olvidados...

Aunque no lo parezca, podemos aportar un enorme grano de arena para que esto cambie. Quizás sea poco, pero, como dice el Himno Nacional del Japón, Sazare ishi no – Iwao to narite – Koke no musu made: "Hasta las montañas más altas se convierten en piedras y se cubren de musgo..."

Quizás debamos recordar que somos herederos de una larga tradición profesional, y que tenemos una responsabilidad y un deber ético que nos obliga a comprometernos con la realidad y con nuestros usuarios... Quizás debamos aprender (porque, por lo general, no nos lo enseñan) el enorme poder del saber... Quizás debamos tomar conciencia de que nuestra actividad no es un mero empleo para ganar un sueldo: es mucho, muchísimo más.

Quizás así, la próxima vez que nos pregunten nuestra profesión, respondamos radiantes: "Bibliotecari@".

Ilustración.

diciembre 02, 2004

Un primer acercamiento

Un primer acercamiento

Por Edgardo Civallero

Es curioso que deba buscar espacios de expresión en ámbitos tan impersonales como los que brinda la Internet. Pero la vida está llena de curiosidades, de situaciones ridículas que quizás difícilmente llegue a comprender algún día.

Un espacio de expresión público implica poner bajo el juicio de extraños, de desconocidos lejanos o cercanos, mis opiniones, mis creencias, mis sentimientos, mis miedos, mis dudas, mis esperanzas y mis sueños... Si uno encuentra, en los meandros del camino, a desconocidos inteligentes –aquellos que puedan o quieran construir saber a partir del debate, o aquellos que quieran regalar una frase o un momento de su tiempo– entonces la iniciativa puede tener algún sentido. Me queda aún la duda: ¿qué porcentaje de gente inteligente queda circulando por la red? ¿Pertenezco a ese porcentaje, o hace tiempo que quedé fuera de él? ¿Qué hacer con todos los no–inteligentes que andan dando vueltas, y que, indudablemente, querrán dejar su marca?

Creo que deberé responder a estas preguntas sobre la marcha.

Busco expresar en este espacio mis opiniones acerca de mi profesión y de aquellos puntos de mi realidad que me duelen, que me dan asco, que me dan risa o que me provocan una reflexión o mucha tristeza. Son opiniones, y por ende, parten de un marco personal, pueden no ser compartidas, y son discutibles. Pero siempre creí que, a partir de la discusión inteligente –una sana costumbre perdida hace tiempo en estos ámbitos virtuales, en donde el anonimato protege insultos y descalabros varios– puede generarse conocimiento verdadero. Quizás sea el único camino para ello.

Bienvenidos, colegas y curiosos... Este es mi cuaderno de bitácora. Espero que dejen sus huellas, huellas que me ayude a crecer, a comprender y a creer.

Ilustración.

diciembre 01, 2004

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"Bitácora de un bibliotecario" fue un blog creado en 2004 por Edgardo Civallero, al que tres años más tarde se sumó Sara Plaza, y que ambos mantuvieron hasta 2015. Los contenidos bibliotecológicos continúan en el blog "Bibliotecario" y se complementan con los publicados en "Civallero y Plaza". Para contactar con los autores, escribir a edgardocivallero (arroba) gmail (punto) com.