Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

mayo 03, 2005

Pequeños aviones de papel

Pequeños aviones de papel

Por Edgardo Civallero

Creo que cualquier ser humano es como un pequeño avión de papel. En algún punto de su camino (o mejor, en varios...) es lanzado a volar una vida independiente, ya sea profesional, emocional, laboral...

Algunos se enganchan en el primer cable que se cruza, o en alguna rama desafortunada, y ahí quedan... Otros ven truncado su vuelo tempranamente... Otros navegan juguetones y aventureros.

Las manos que los impulsan varían, dependiendo de la ocasión: padres, amigos, parejas, profesores...

Creo que, como profesionales, somos pequeños aviones de papel, lanzados por nuestros docentes, artífices del milagro cotidiano de la educación.

Y uno, que tantos aviones reales ha hecho volar en su niñez, sabe que no es lo mismo tirarlos desde la acera o desde la plaza que desde el 12º piso de un edificio. La altura inicial, la del punto de partida, influye y ayuda mucho a definir la longitud del vuelo y su recorrido.

[Aunque también debo aceptar que las caídas en picado, desde esas alturas, son las más estrepitosas].

La altura, el nivel de la educación de partida, es un factor determinante en la profesión. Y no me refiero a niveles formales (terciario, universitario, técnico) o a años de estudio. Esas son trivialidades oficiales. Me refiero a calidad de educación. Esa altura permite ver una amplia perspectiva de horizontes lejanos, los mismos que vemos desde un 12º piso al lanzar nuestro avioncito, y que los peatones, allá abajo, no pueden atisbar, y quizás ni siquiera intuir.

Quedarnos a nivel del suelo implica desconocer la existencia de esos horizontes, y enviar nuestro avioncito en vuelos cortos. O suponer (o soñar, o enterarnos por los gritos del vecino del 12º piso) la existencia de horizontes lejanos, y subir por nuestra cuenta hasta allá arriba. Esto es loable, y es, quizás, una de las mejores experiencias de la vida, sobre todo para aquellos que son dueños de almas emprendedoras. Pero el tiempo invertido (si bien es una bellísima inversión, y muy fructífera) podría haber sido empleado y aprovechado en vuelos y más vuelos de nuestro avión.

Ciertamente, una vez lanzado el planeador (desde la altura que sea), suele ocurrir que algún viento le da un poco más de ímpetu a esas alitas de papel. Algunas brisas hacen revolotear al avión en círculos complejos que no llevan a ningún sitio. Los ventarrones los destrozan. Y los vientos viajeros se los llevan lejos, fuera de la vista y de la mano que los soltó.

¿Hacia qué realidad volar? El mundo nos muestra dos caras, las dos máscaras del teatro clásico, una sonriente, dramática la otra. Personalmente, aprovecho lo mejor del desarrollo y la inteligencia humana y lo canalizo, desde mi profesión, con las pocas herramientas que poseo, hacia la realidad que me rodea, que no siempre es la mejor. ¿Hacia qué otra realidad voy a trabajar, sino hacia la latinoamericana, mi realidad, la realidad que me duele, la realidad donde nací, la realidad que veo cada día y cada minuto? Llámense indígenas, campesinos, villeros o estudiantes, llámense niños o ancianos o profesionales, es la gente a la que me debo, y a la que debo proporcionar mis servicios.

Mi cara y mi mente están vueltas hacia los avances de otros mundos, de otros ámbitos. Mis manos y mis pies están aquí, junto con mi corazón... ¿Hacia qué realidad debemos orientar nuestra profesión? Hacia la nuestra. Los modelos europeos o americanos se revelan, a veces, "ingenuos" o inútiles para nuestras características. Adaptémoslos, aprovechemos sus logros, y reconstruyámoslos desde nuestras perspectivas, desde nuestras categorías. No pretendamos vivir realidades imposibles; aprovechémoslas, sí, pero a la vez reconozcamos nuestra realidad, propia e independiente, trabajemos en ella, por ella y con ella y conduzcámosla hacia donde deseamos llegar.

¿Qué perfil es preciso diseñar? Un perfil más humanista, más social. Una formación que permita comprender la realidad, las condiciones y las necesidades del usuario latinoamericano. Y una profesión que nos comprometa con el cambio, con la lucha por superar crisis y con la traducción –a nuestro espacio– de los avances tecnológicos. Así borraremos brechas y tenderemos puentes. ¿Qué otra responsabilidad profesional puedo tener, sino la de servir a mi comunidad, si mi profesión es servicio?

¿Quiero que la realidad sea como la pienso, utópica y perfecta, o pensaré de acuerdo a mi realidad, casi deshecha? Creo que somos seres humanos, almas libres y voladoras, avioncitos de papel encarcelados en un tapiz de piel y carne, rodeados de cemento... Somos mentes prisioneras de una realidad que nos moldea, pero que no nos limita. Y si bien no podemos cambiar las inmensas estructuras sociales (que nosotros mismos nos hemos tomado la molestia de construir), podemos aportar granos de arena que permitan limar sus bordes cortantes, sus asperezas y astillas, las cuales, desde hace tanto tiempo, nos lastiman...

¿Podemos cambiar los planes de estudio, los perfiles profesionales, las responsabilidades sociales? Claro que podemos... ¿o son realidades impuestas por alguna divinidad superior, o por fuerzas naturales incontrolables? Las creamos nosotros, y, como tales, podemos cambiarlas. Empecemos por dejar de lado las jerarquías y las verticalidades, y comencemos a trabajar juntos en sentido horizontal, en equipo. No es cuestión de poder: es cuestión de formación y de ganas. No esperemos a que los docentes, los directivos, los rectores, los responsables de nuestro mundo profesional bajen de sus altares: abordémoslos, hagámoslos bajar mediante reclamos justos, continuos y bien planteados. Pues se trata de nuestra formación, de nuestra vida y de nuestros sueños y proyectos.

¿A cuántos de nosotros nos enseñaron a investigar, a escribir un artículo, a diseñar proyectos, a pedir becas y subsidios, a aplicar instrumentos de desarrollo y evaluación social, a alfabetizar, a animar a la lecto-escritura, a construir una biblioteca de la nada? ¿A cuántos nos explicaron las posibilidades de cambio que pueden lograrse empleando solamente nuestras manos? ¿A cuántos nos dijeron que la única manera de cambiar las estructuras y las ideas es involucrarse en los organismos de poder y hacer que nos escuchen mediante discursos inteligentes? ¿O quizás fundieron nuestro plomo y nos moldearon como un soldadito más, para ocupar un lugar más en un puesto predeterminado, con el cuento de que el mundo es difícil e inmutable, y de que no vale la pena esforzarse en cambiar nada?

Somos más que eso, somos más que lo que nos dijeron que somos.

Quizás para muchos de nosotros ya sea tarde: una mano desafortunada y desconocida ya nos lanzó. Pero nos duele –desde nuestra posición, enredados en un cable o en una rama– ver que otros tantos avioncitos serán lanzados hacia el mismo destino, hacia el mismo vacío lleno de ramas y cables. Confiamos en que la altura aumente, en que no se pierda de vista el suelo, en que se vuele en equipo, y en que se aprovechen los miles de vientos viajeros que a diario cruzan nuestro aire y que son pasaporte para ciertos de horizontes lejanos, aún por alcanzar.

Ilustración.