Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

noviembre 29, 2005

A los pies del Illimani

A los pies del Illimani

Por Edgardo Civallero

La ciudad de La Paz late, vital, en cada esquina, en cada rincón que puedan encontrar, en cada mercado o puesto callejero... El mundo indígena se combina completamente con el mundo occidental para dar paso a una mezcla increíble, apasionante, que destila tradición y alegría de vivir por sus cuatro costados.

Bolivia se prepara para las elecciones, el próximo 18 de diciembre, y las encuestas dan cierta ventaja al líder cocalero Evo Morales, enfrentado directamente con el candidato conservador Tuto Quiroga. Por ende, se vive un clima de cierta atención en la capital boliviana, al igual que en el resto del país. Va a ser una elección decisiva para el futuro de este país.

La Escuela de Bibliotecología de la UMSA (Universidad Mayor de San Andrés) me asombró, especialmente por la (pro)actividad de su Centro de Estudiantes, muy bien organizado y con un espacio propio que daría envidia, por su estructura y características, a muchos centros estudiantiles latinoamericanos que conozco. La carrera en sí proporciona una excelente formación, y todos los profesionales apuestan, en este momento, por obtener el grado de licenciatura (a los 5 años), superando el título técnico entregado a los 3 años y el de Bachelor entregado a los 4.

Las bibliotecas bolivianas tienen todo el aspecto de ser extremadamente activas y dinámicas en su trabajo. La Municipal de La Paz "Mariscal Santa Cruz" me sorprendió notablemente, en especial por la red de bibliotecas municipales (alrededor de 17) que lidera en todo el ámbito paceño. La región de El Alto (hoy en día, una ciudad anexa a La Paz, que comenzó siendo un barrio de inmigrantes altiplánicos) es una de las más combativas a la hora de buscar educación y de apostar por la formación y la alfabetización.

La calidad de los profesionales y de la profesión, por estas tierras, no deja lugar a dudas. Ciertamente, las condiciones laborales son bastante buenas, en especial en bibliotecas académicas y especializadas, y, día a día, se exige más de los bibliotecarios y licenciados, para así poder elevar el nivel de la disciplina y el del trabajo realizado.

Desde La Paz, a los pies del Illimani, les hago llegar los saludos de un buen número de colegas que miran al mundo con orgullo y esperanza, deseosos de intercambiar ideas y experiencias, y, por qué no, de enseñar y aprender.

Ama suwa, ama llulla, ama qilla!

Ilustración.

noviembre 27, 2005

Jallalla Bolivia...

Jallalla Bolivia

Por Edgardo Civallero

Saludos desde La Paz, Bolivia, la capital más alta del mundo, a casi 4000 mt de altitud. Los efectos de la altura se están haciendo notar en mi organismo: a pesar de toda la coca que llevo mascada en estos últimos tres días, el suruqchi, el mal de las alturas, apenas si me deja respirar...

El recorrido entre la ciudad de Córdoba (Argentina) y la de La Paz me llevó a cruzar el norte cordobés, la desolada región de las salinas de Santiago del Estero, la bellísima provincia de Tucumán, los yungas limítrofes con la provincia de Salta, y luego de atravesar esta última, detenerme en la ciudad de Jujuy. Desde allí recorrí uno de los Patrimonios de la Humanidad, según la UNESCO: la famosísima Quebrada de Humahuaca.

Todo lo que puede haberse dicho en relación a este lugar es poco comparado con lo que uno siente cuando se encuentra allí. Mucho más cuando se cruza la puna jujeña, el altiplano andino, extensa y desolada región llena de cerros redondeados y azulados, llanuras de color ocre y arroyos secos de arenas gris-verdosas en donde intentan pastar las llamas y las vicuñas, oteadas por algún cóndor desde lo alto.

Un verdadero espectáculo para los sentidos. Una recomendación para visitar. Y una recomendación, también, para venir a echar una mano. Se necesitan muchísimas...

Cruzada la frontera por la ciudad argentina de La Quiaca, Bolivia me deparaba muchas más sorpresas. Un universo distinto al que yo conocía, este país me ofreció, en uno de los viajes más disparatados que he hecho en mi vida, 18 horas de travesía de sur a norte, cruzando páramos de arenas y torrentes bermejos, cordilleras nevadas, aldeas y comunidades indígenas hechas de puro adobe y paja y colgadas de precipicios dignos de una película... Y, sobre todo, un pueblo distinto, un pueblo sonriente, que no pierde la costumbre de llamar "amigo" al forastero, que ofrece su ayuda en todo momento, y que demuestra un increíble sentido de comunitarismo.

Para muchas personas –especialmente argentinos, pero también europeos que vienen de visita– los países andinos son solo rincones para conocer rápido (historia, naturaleza, algún souvenir tradicional, alguna fotito típica), y que no deparan mucho más. Pocos se detienen a charlar con la gente, a interesarse por su vida y sus costumbres y sus problemas. Pocos se aventuran a probar todas sus comidas y sus bebidas, a dormir en todos sus sitios, a compartir todas sus cosas. Vayan estas palabras y estas páginas de mi blog –a lo largo de esta semana en la que también describiré sus servicios universitarios, sus luchas y sus bibliotecas– para destruir una imagen mental inadecuada y poco acertada, y para afianzar lazos entre países separados tan solo por una estrecha –y a veces seca– corriente de agua.

Ilustración.

noviembre 11, 2005

Universidad y trabajo de "extensión"

Universidad y trabajo de extensión

Por Edgardo Civallero

Siempre creí que la inteligencia –la real, la verdadera– no se limitaba al simple y mecánico almacenamiento de datos en algún punto indeterminado del interior del cráneo, sino que implicaba el procesamiento y la elaboración de los mismos –la silenciosa, humilde y creativa conversión a información– y su empleo imaginativo, solidario y enriquecedor en la mejora del entorno físico, social o espiritual.

Asimismo, siempre mantuve la íntima convicción de que, por el mero hecho de haber tenido la gran oportunidad de pisar un aula o de acceder a un programa de estudios, contraía una "deuda" moral o ética que me "obligaba" a devolver esa ganancia –intelectual o material– en forma de ayuda al desarrollo y al bienestar de aquello(s) que me rodea(n). Este código de ética particular me obligó siempre a volver útiles mis conocimientos fuera de las aulas, y a saldar mi "deuda" con aquellos que, a lo largo de su vida, no pudieron ni podrían siquiera hojear un libro.

Al elegir mi carrera universitaria, busqué –además de un medio que me permitiera sobrevivir a los cambios de la fortuna– un instrumento para insertarme en un mundo real que me dolía hasta las entrañas. Quizás haya pecado de romántico o de idealista al pensar que podría cambiar situaciones que, por su crudeza, injusticia o desequilibrio, exceden las posibilidades de acción de un ser humano (o de miles). Pero resultó que los dos adjetivos anteriores se ajustaban perfectamente a mis sueños y a mi personalidad. Por lo tanto... ¿por qué negarme la ilusión?

El ansia por poner mi grano de arena, por intentar ganar una lucha perdida de antemano desde hace siglos, me ayudó a superar muchos obstáculos. Estudié bibliotecología. Y si bien la formación que obtuve fue mucho más pobre de lo esperado, la Universidad me permitió entrar en contacto (en ámbitos extra-áulicos y extra-académicos) con formas de pensar y actuar, ideas, herramientas y elementos que me habilitaron para salir –título en mano– a luchar a ese mundo exterior que tanto me conmovía. A llevar el libro, la biblioteca, la educación y el saber (en alguna de sus formas, la que pudiera) a sitios donde fueran útiles, insuficientes o necesarios.

Fue así que descubrí la existencia de la palabra "extensión", cuyo uso siempre me pareció curioso, especialmente cuando se lo asocia a "Universidad": siempre creí y entendí que una entidad pública, que trabaja por y para el pueblo, no puede manejar este tipo de ideas, que implican una "apertura" a la comunidad (con lo cual se reconoce la existencia de un previo "cierre"). El concepto, en todo caso, sería intrínseco a la propia naturaleza institucional, y sería esperable que cualquier individuo universitario asimilase naturalmente que su actividad es de extensión, es decir, de aplicación de su saber fuera del ambiente académico y en pro del bien común.

Y es esta actividad –aplicar el conocimiento adquirido o construido, en forma creativa, en el entorno necesitado– la que realmente vale la pena en un universitario. Y, en forma muy especial, esta sensación se multiplica en un bibliotecario, un profesional al total servicio de la comunidad. Hace sentir que el esfuerzo de cinco años (o más... o menos...) tiene un valor que va más allá del sueldo mensual. Es algo que vale la pena vivir, y que no puede explicarse con palabras. Hace olvidar muchas penurias, hambrunas, noches en vela, lecturas inútiles, prácticos engorrosos y profesores ineptos dictando clases paupérrimas, y hace pensar en el inmenso poder que tenemos entre nuestras manos los graduados y estudiantes: el poder para cambiar la realidad, aunque sea en facetas ínfimas; el poder de abrir puertas luminosas y de cerrar ventanas oscuras; el poder de hacer algo bien en un país y un continente azotados por errores seculares.... El poder, en fin, de escribir y contar otra historia, de dar otra oportunidad, de plantear otra mirada y otro camino.

Haciendo llegar la Universidad –y su poder transformador– a la comunidad (especialmente a los grupos desfavorecidos) pueden implementarse proyectos e ideas que no coloquen otro cepo, ni otro grillete, ni otra traba, sino que liberen, que proporcionen alas y que busquen facilitar el crecimiento. De eso se trata la "extensión". En realidad, de eso se trata la Universidad: de formarse para comer, pero también para que otros coman. Para dejar de mirar hacia adentro con vergüenza y buscar salidas afuera, cuando hay tanto por hacer aquí, en este continente nuestro, y cuando hay tanta materia prima valiosa dentro de nuestras fronteras como para construir países nobles, sólidos y fuertes.

Y para sentir que tanto esfuerzo personal, tanto sacrificio, tantas horas y meses y años y nervios y gastos, valieron la pena. Porque el día en que cerremos los ojos para volver a la tierra por siempre, no nos llevaremos con nosotros la riqueza material. Pero quizás queden flotando en la brisa nuestros recuerdos, los recuerdos de aquellas cosas valiosas que hicimos y que, de una forma u otra, nos llenaron de orgullo.

Quizás mi visión les resulte utópica. En efecto, lo es. Porque si hay algo que en realidad siempre creí –y siempre repetí– es que, el día en que me falten las utopías y los sueños, ya no me quedarán motivos para luchar.

Y, sin razones para la lucha, dudo que me queden razones para seguir viviendo.

Ilustración.