Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

enero 30, 2006

Trabajo social...

Trabajo social

Por Edgardo Civallero

La labor social del bibliotecario no se centra en salir a la calle y salvar a la humanidad o al mundo. Estamos muy lejos de ser héroes. Creo que comprometerse con la realidad (desde cualquier profesión, situación o ángulo) no significa en absoluto asumir la responsabilidad de solucionar todos sus problemas, sus entuertos, sus conflictos o sus miserias.

[En primer lugar, porque todos tenemos nociones diferentes de lo que es un "problema". En segundo, porque la situación social actual es más compleja de lo que parece].

Comprometerse con la realidad social, sus conflictos y los problemas que acontecen en nuestro ámbito significa asumir una responsabilidad y un deber moral básico: aportar lo que se pueda en la estabilización, mejora, cambio o supresión de toda situación que resulte crítica o negativa.

Muchas veces, lo aportado –ese pequeño "grano de arena"– no sirve para nada. Pero, otras veces, hace mucho. Muchísimo.

¿Cómo saber qué situación es "crítica" o "negativa"? Creo que basta con aprender a mirar y a escuchar a nuestro alrededor: escuchar detenidamente las voces que nos rodean. Pronto encontraremos las necesidades: las manos que buscan apoyo, las personas que nos precisan... Encontraremos ese nicho en el cual nuestro aporte será útil. Y ahí, en ese preciso momento, nos comprometeremos con una causa. Pequeña, ridícula, irrisoria, estúpida quizás... Pero nuestra. Y valiosa para nosotros (porque nos permite ayudar y crecer) y para aquel que la recibe.

La labor social de un bibliotecario (o de cualquiera) no significa obligar a nadie a nada. No significa forzar a alguien a escucharnos, a seguirnos, a aceptarnos porque creemos que nos necesita, por muy buena que sea nuestra intención o nuestro servicio. Significa buscar las manos que necesitan y desean nuestra ayuda, y brindarles lo que ellos pidan y necesiten. Forzar, imponer, ha sido el gran error de muchísimos programas (inter)nacionales; por ejemplo, los de apoyo al desarrollo o a la educación. Los servicios no son maravillosos porque creamos que otros los necesitan. En este sentido, es necesario abordar el trabajo social desde una perspectiva de desarrollo de base.

Esta perspectiva señala que toda persona con problemas suele reconocer (a veces con un poco de ayuda) cuál es éste, cuál es su origen y cuál sería la mejor solución, o la que él/ella espera. Basta escuchar, o hacer las preguntas correctas... y escuchar. Escuchar cuál es la mejor solución que el destinatario aplicaría si pudiera afrontarla. Está en nuestra mano que pueda. O, que al menos, lo intente.

Toda actividad implementada desde este ángulo debe realizarse en total colaboración con la comunidad de usuarios finales. Poniendo las herramientas en sus manos y ayudando a que se usen y a que tal uso sea exitoso. De esta forma, la ayuda será natural, fácil, aceptable, y no un implante artificial pronto a ser rechazado por el receptor como algo incomprensible.

Quizás no cambiemos mucho, ciertamente. Pero les aseguro que, al menos dentro de nosotros algo cambia.

Como cualquiera que desee ser solidario, o que desee implementar novedades, hay que enfrentar indiferencia, falta de comprensión, respuestas cortantes, envidias, o incluso posturas agresivas. El desánimo suele llegar pronto; también la frustración. Pero siempre quedan buenas razones para seguir intentando, para que no se apague el fuego. Basta con no caer al primer intento, creer que es posible y seguir.

Y, si al final de un largo camino de intentos, siempre fuimos rechazados y jamás logramos un cambio, nos quedará la satisfacción de pertenecer al "Club de los que lo intentaron" y de haber abandonado la "Sociedad de los que se quedan cruzados de brazos por las dudas no vaya a salir bien".

Ilustración.

enero 23, 2006

Indiferencia y neutralidad

Indiferencia y neutralidad

Por Edgardo Civallero

Con una cerveza de por medio (y mi gastada pipa colaborando plenamente en la intoxicación de mis sentidos) conversaba, hace poco, con un colega –mucho más veterano que yo, dicho sea de paso– acerca del rol bibliotecario en la sociedad argentina en particular y en la latinoamericana en general.

Como un buen padre que aconseja a su hijo, mi colega me dijo que, a su entender, me convenía abandonar mis pretensiones de cambio y mejora social, y dedicar mis días y mis horas al mero trabajo técnico, dejando los delirios de lado, pues con ello iba a granjearme únicamente enemistades y problemas.

Tras un par de horas de semejante charla (cuyo contenido he oído o leído varias veces antes), mi buen amigo me dejó solo ante mi cerveza y mi pipa, y en mi cabeza –entre los vapores del alcohol y del tabaco– se alzó una sola pregunta: "¿Y no será que el mundo anda como anda porque está lleno de personas como ésta?"

Aún me lo pregunto. Y ahora estoy sobrio.

No considero que mi pensamiento sea el correcto... Tampoco compré la razón en un supermercado, ni bajó un arcángel de los cielos a entregarme la verdad en la mano. Pero a lo largo de mi breve vida profesional, me he dado cuenta del poder que tiene un libro para cambiar la vida de la gente. Acompaña al anciano solitario, abre mundos al niño, informa al adulto, brinda posibilidades, educa, entretiene... Y mucho más: si se sabe usar, la información rompe cadenas, desata mordazas y levanta vendas de muchos ojos y tapones de muchos oídos.

Vivo en un mundo complejo, en una realidad dolorosa, pero no puedo anestesiarme e ignorar lo que ocurre a mi alrededor, lo que pasa en mi sociedad, en mi país, en mi familia. Soy parte integrante de todo, soy uno más de esos millones condenados a vivir una vida que, normalmente, muestra injusticias a diario. No soy pesimista: amo y admiro la vida y sus desafíos. Pero no dejo de ser realista, y de ver que hay muchos más problemas que soluciones.

Ser indiferente, y creer que todo lo que ocurre no me toca o no es cosa mía, no me sale. Porque lo que pasa a mi alrededor es enorme, es brutal, duele muchísimo, y hay que ser muy ciego o muy cobarde para desviar la vista hacia otro lado. Quizás mi "juventud" me lleve a comprometerme en cosas en las que colegas más avezados prefieren no involucrarse. Pero he oído opiniones igual de indiferentes en las bocas de algunos adolescentes.

¿Qué está pasando?

Después de terminar una carrera universitaria y sentir que tengo una mínima oportunidad de cambiar algún mínimo aspecto de la realidad, no puedo cruzarme de brazos y decir que soy neutral, que no puedo comprometerme porque mi trabajo es solamente técnico o meramente informativo. Sencillamente, porque el tener una educación superior (algo a lo que no todos tienen acceso) me obliga moralmente a aplicar fuera de las aulas lo que aprendí dentro de ellas. Y el saber que, con lo poco que sé, puedo cambiarle la vida a unos pocos –o a unos muchos– me empuja, éticamente, a luchar por hacerlo, por lograrlo.

Leemos a diario acerca del poder de la formación, del valor de la información, del papel que juega la biblioteca en el desarrollo, la identidad y la memoria de un pueblo. Lo escuchamos en cientos de conferencias, seminarios, talleres, cursos, encuentros y foros. También sabemos de todas las carencias y los problemas que acarrea la falta de educación. Entonces, ¿qué ocurre? ¿Olvidamos las palabras y las ideas valiosas cinco minutos después de haberlas aplaudido o de haberlas leído...? ¿O nos quedamos en las palabras bonitas, y dejamos las acciones para los idealistas locos?

El concepto de neutralidad del bibliotecario me asusta. No he sido nunca testigo de un evento neutral. O quizás ocurra que soy muy radical y los grises y los medios tonos me espantan. En mi opinión, no existen posiciones neutrales: lisa y llanamente, es una forma de no tomar posición y de evitar el problema.

Y, hasta donde mi experiencia me permite ver, los bibliotecarios tomamos decisiones a diario, igual que cualquier otro profesional, que cualquier otro ser humano. ¿Qué libros incluimos en la colección? ¿A quién se permite el uso de los fondos? ¿Bajo qué condiciones? ¿Se permite el fotocopiado de los documentos? ¿En qué servicios se invierten los (escasos) recursos económicos disponibles? Estas son sólo algunas de las decisiones (y, por ende, de las posiciones asumidas) que tomamos. Y tras todas ellas hay motivos: ideológicos, éticos, filosóficos...

No somos neutrales. Pero muchos colegas son indiferentes, cosa muy distinta. Son indiferentes a lo que pasa fuera (e incluso dentro) de los muros de su biblioteca. No sé si tal actitud es buena o mala (que yo no la comparta no me habilita a establecer un juicio de valor... aunque este texto no sea más que eso). Indiferencia hay en todas partes. Lo que sé es que no podemos disfrazar la indiferencia de neutralidad. Y que tenemos un deber ético, como profesionales, hacia nuestros usuarios, hacia sus necesidades y hacia el servicio que debemos brindar.

Fuera, en el mundo exterior, ocurren cosas que nada tienen que ver con las AACR2R o con la CDU o con el préstamo interbibliotecario o las bases de datos digitales. Ahí afuera se necesitan manos, esfuerzo, y cabezas que piensen. No vamos a cambiar nuestra realidad de hoy a mañana (tal vez no lo hagamos nunca). Pero, a veces, basta un grano de arena para ayudar. A veces, una sonrisa cambia una vida. Una lágrima, hace años, cambió la mía para siempre, y me convirtió en lo que soy. Muchos lo lamentan... Pero unos pocos –aún cuando no haga falta que lo digan– lo agradecen.

Basta comprometerse con algo, por mínimo que sea o por tonto que parezca. Basta con eso para que muchos encuentren que su profesión no es tan insulsa, que no somos tan invisibles, que no somos neutrales en absoluto (no podemos serlo), que valemos muchísimo más de lo que los estúpidos estereotipos remarcan. Que todo tiene sentido. Basta dejar la indiferencia y el mutismo de lado... por un rato, al menos.

Basta abrirse y buscar esas manos que necesitan ayuda. Nuestra profesión tiene una notable vertiente social, que nadie se ocupa en enseñar en las aulas de nuestras escuelas. No seamos indiferentes, o neutrales, o como quieran llamarlo. Comprometámonos. El pago ofrecido es nulo. Quizás una sonrisa o un abrazo. Pero les aseguro que ese pago mínimo durará por siempre, ahí adentro, en el rincón del corazón en el que guardamos todas aquellas cosas que realmente valen la pena.

Ilustración.