Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

enero 31, 2007

De la desilusión generalizada al inventario de faltas ¿Y después?

Los escritos de mi compañera de camino

Un tiempo para intentarlo, un tiempo para lograrlo

Por Sara Plaza

Siempre nos ha sido más fácil –aunque nunca del todo sencillo– nombrar el qué que explicar el cómo. Tal vez nuestra confianza ciega en lo que vemos no nos permite observar bajo qué luz lo hacemos ni qué sombras proyecta una realidad, que está como está pero puede –y debe– dejar de ser la que es [1]. Hoy sabemos que las cosas no andan bien y podemos enumerar todas y cada una de las fallas de esa maquinaria imperfecta, injusta, inservible pero, al fin y al cabo, útil. Útil para quienes ese "mal" funcionamiento incrementa su poder y su dominio. Útil porque ese pésimo engranaje salvaguarda ciertas piezas, destruyendo –no sin cierto temor– las que no encajan. Útil donde la puesta en marcha de otros mecanismos tampoco resultó en una mejor distribución de la riqueza.

Por vergonzosas y humillantes que estas afirmaciones nos parezcan a quienes creemos y defendemos que otro mundo es posible, seguimos, en cierto modo, lamentándolas más que poniéndoles coto. Continuamos denunciándolas en calles y plazas, en aulas y auditorios, en silencio y a gritos, en pie y sentados, pero ¿cuándo nos pondremos realmente en marcha para detener tanta miseria? La propia y la ajena, la que nos mancha y la que ensucia cada esquina de este planeta. Se han escrito libros, se han dictado leyes, se han firmado tratados, se han sellado acuerdos, se han celebrado juicios y hasta condenado a quienes se declaró culpables. Todo ello debería habernos enseñado algo, sin embargo, ¿dónde está nuestro aprendizaje? Muchas cosas han cambiado, incluso algunas han mejorado, pero ¿qué pasa con todas las cosas que cada día van peor? Esas son muchas más y seguimos sin tener propuestas para resolverlas, mejor dicho, seguimos sin proponernos solucionarlas.

Hace unos días leía un libro que publicó hace varios años el UNICEF, la OMS y la UNESCO, un libro que se llama "PARA LA VIDA. Un reto de comunicación", un libro que ni la defiende, ni reta "a todo tipo de comunicadores", ni muchísimo menos va destinada a "todos aquellos que pueden ayudar a que dicha información pertenezca al patrimonio de conocimientos básicos de salud de todas las familias." Al menos tuvo la decencia de aclarar que "se dirige tanto a las mujeres como a los hombres." Y escribo esto porque sus autores jamás estuvieron en los lugares donde esa vida no vale nada ni cuenta para nadie, donde a esa vida se la mata dejándola morir. O si estuvieron, nunca descorrieron la cortina de humo que les hizo ver lo que se puede hacer pero no les permitió descubrir lo que primero se debe lograr. Escribieron su libro para que "políticos, educadores, líderes religiosos, profesionales de la salud, dirigentes empresariales, sindicatos, organizaciones de voluntarios y medios de comunicación de masas" transmitiesen su contenido a quienes se estaban muriendo por desconocerlo.

Entre sus voceros se olvidaron de nombrar a los bibliotecarios, por ejemplo. Tal vez no consideraron a las bibliotecas como lugares para el cambio, necesario y posible, que nuestra sociedad tiene que realizar. Se olvidaron también de que en ella –esa que en el año 2025 contará con 8.000 millones de habitantes– casi dos mil millones de personas "padecerán una severa escasez de agua" [2], y otros tantos habitantes del planeta "siguen careciendo de electricidad", y, según las mismas fuentes, "aun multiplicando por 100 el ritmo de progreso actual, se necesitarían al menos 400 años para satisfacerlos."

Cuando en ese libro se afirma que "Muchas madres no confían en su propia capacidad para amantar a sus hijos y necesitan recibir el estímulo y apoyo práctico del padre del niño, los agentes de salud, los familiares y amigos, los grupos de mujeres, los medios de comunicación de masas, los sindicatos y las organizaciones patronales.", ¿pensaron alguna vez sus autores que esas mujeres no tienen una pareja y fueron violadas en repetidas ocasiones?, ¿pensaron que los agentes de salud están muy lejos de donde ellas se encuentran?, ¿pensaron que los familiares y amigos les dieron la espalda?, ¿pensaron que los medios de comunicación de masas están en manos del poder económico y financiero del mundo?, ¿pensaron que los sindicatos en muchos lugares se olvidaron hace tiempo de sus bases para responder sólo ante ese mismo poder?, ¿pensaron que las organizaciones patronales no las contratarían jamás precisamente por ser mujeres? No, nunca pensaron en ello. ¿Madres que no confían en su propia capacidad? Sí, eso es exactamente lo que sus maridos, agentes de salud, familiares y amigos, medios de masas, sindicatos y patronales opinan de ellas, y lo que ellas mismas opinen no les importa, no lo quieren saber.

Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que quien se niega a escuchar. También leí una vez que cada poeta es un heredero del héroe de los cuentos de hadas que puede escuchar cómo crece la hierba [3]. Imagino que si no queremos quedarnos ciegos ni sordos, algún día tendremos que atrevernos a mirar y a escuchar, y tal vez, otro día nos atrevamos a ser poetas. Sin embargo, imaginando no conseguiremos nada ¿qué tal si más a allá de seguir los pasos de esos héroes de los cuentos de hadas, nos damos cuenta de que lo que hace falta es construir un camino propio?, ¿qué tal si además de leer los decálogos para la vida de organizaciones como el UNICEF, la OMS y la UNESCO, escuchamos lo mucho que tienen que decirnos aquellos que la historia ha silenciado?. Ellos no son mudos, ni han estado callados. Su pobreza, su miseria, su enfermedad, su hambre y su sed, son un grito. Ni nuestra riqueza, ni nuestra educación, ni nuestro sistema de salud nos han servido para ser mejores pues hemos permitido –y lo permitimos día a día– que la mayoría esté muchísimo peor que nosotros.

Vuelvo a afirmar que ya sabemos lo que está mal, que también sabemos por qué está mal y que, aunque muchas han sido las enseñanzas y pocos los aprendizajes, incluso sabemos cómo tenemos que empezar a cambiarlo. Lo hemos intentado poco y lo hemos intentado mal. No existen los milagros, pero milagrosamente el hombre sigue en pie a pesar de sus continuos tropiezos. ¿Por qué nos empeñamos en rompernos la nariz cuando ella nos permite oler la podredumbre? El hedor de los poderosos apesta ¿cuándo nos daremos cuenta de ello? Si metemos las manos en sus sucios negocios terminaremos convertidos en los mismos miserables. De cómplices pasaremos a ser verdaderos culpables. ¿Es eso lo que queremos?

Fernando Savater le trataba de explicar a su hijo Amador que tenía que darse la buena vida [4]. El filósofo español nos intentaba hacer entender que existe un egoísmo que nos sienta bien, que nos hace bien, que nos humaniza. Si ya nos hemos desilusionado lo suficiente, y hemos visto la necesidad de realizar un inventario con los fallos del mundo que estamos construyendo entre todos ¿por qué no hacemos ahora lo que más nos conviene? No le corresponde al otro, es nuestra elección, nuestra responsabilidad. Hubo un tiempo para los intentos, pero ha llegado la hora de que alcanzar algunos logros. Ubiquémonos en la realidad que nos rodea, la de la puerta para adentro y la de la puerta para afuera, la de las páginas de los diarios y las de los versos de los poemas, la mía, la tuya, la nuestra. Son muchas, pero ni tan diferentes, ni tan alejadas. Posicionémonos ante la vida y tomemos partido por ella, participemos en sus organismos y organizaciones, opinemos, sonriamos y lloremos. Que no nos digan lo que tenemos que hacer cuando ya sabemos –o deberíamos saberlo– qué es lo que más nos conviene. Defendamos los medios y el modo para lograrlo y consigámoslo. Porque otro mundo es posible y la posibilidad está en nuestras manos.

[1] Paulo Freire. Pedagogo brasilero. Experto en educación popular. Autor, entre otros, de los libros La educación como práctica de la libertad y Pedagogía del oprimido.
[2] Le Monde Diplomatique. El Atlas II. Buenos Aires: Le Monde Diplomatique, 2006.
[3] Gaston Bachelard.
[4] Fernando Savater, en "Ética para Amador".

Ilustración.

enero 24, 2007

Diario de viaje (23-28 de 28): Quito, Lima, La Paz, La Quiaca, Córdoba...

Diario de viaje (23–28 de 28): Quito, Lima, La Paz, La Quiaca, Córdoba...

Por Edgardo Civallero

El domingo 26 de noviembre amanecimos en algún punto del sur de Ecuador, sin haber dormido en absoluto gracias al pésimo servicio de la empresa "Rutas de América", que se esforzaba en mostrar peores condiciones que nuestra famosa y detestada "Ormeño".

Luego de pasar el río Babahoya y de cruzar campos y más campos de bananos cuyo verde profundo era atravesado aquí y allá por la blancura fulgurante de algunas garzas, llegamos a Puerto Inca, una típica población selvática en donde se detenían los camioneros que transportaban bananas y los pocos viajeros que cruzaban la zona rumbo al norte o a la frontera peruana. La suciedad de aquel puesto era digna de una novela sobre el "subdesarrollo". Sin embargo, y a pesar de todo, el lugar tenía cierto encanto: las cocinas al aire libre, los puestos de ventas de fruta en donde regateamos los precios con una joven vendedora de no más de ocho años, los viajeros de paso...

Siguieron más extensiones de bananos; enormes acequias y pequeños caminos de tierra que se perdían en el denso verde esmeralda; la silueta clásica de las manadas de cebúes (bóvidos que resisten mejor que las vacas los climas cálidos y húmedos); los poblados dispersos de casas sobre pilares para evitar las aguas de los innumerables ríos de corrientes turbias y anchas... Sara anotó en su cuaderno...

"Montañitas cubiertas de nubes, árboles muy altos, muchos ríos, haciendas, mercados de frutas, mucha gente comiendo en la calle, familias arriba de camioncillos tragando polvo y humo, cualquier cantidad de ropa colgada en la orilla de los ríos y las acequias...".

Cruzamos la frontera ecuatoriano-peruana –esa frontera tan complicada– entre Huaquillas y Aguas Verdes el mismo día de la votación presidencial. En Perú el panorama cambió: comenzaron los retenes policiales, que nos mantuvieron encerrados en ciertos lugares mientras revisaban el equipaje y el bus. Aquel mediodía vislumbraríamos, a través de los sucios vidrios de nuestro bus, kilómetros y kilómetros de arrozales, y luego el mar otra vez, y el desierto en seguida, ese mar y ese desierto que caracterizaban toda la costa peruana. En plena tarde llegamos nuevamente a la playa y centro turístico de Máncora, en dónde nos detuvimos para almorzar. No hubo más que desierto a partir de aquel punto, y, a veces, la vista de la costa y las siluetas de los rabiahorcados.

Era de madrugada cuando se rompió uno de los pistones del motor del bus, cerca de Trujillo. Varias horas después, y luego de un intento de rebelión por parte de los pasajeros, los conductores decidieron repararlo y pudimos continuar nuestra travesía hacia Lima.

El lunes 27 de noviembre amanecimos en la costa central del Perú. Solo cruzamos desierto y más desierto, mientras soportábamos un bus que apestaba, con baños sin agua, frío demencial, un volumen de películas que ensordecía a cualquiera y un trato dictatorial por parte de los conductores. El desayuno tuvo lugar 16 horas después de nuestra última parada, y ocurrió en una perdida estación de servicios situada en el medio de la nada. Calificarlo de "inmundo" sería poco, pero era tanto el hambre...

A mediodía llegamos, por fin, a Lima. La ciudad –ya una vieja conocida– no nos deparaba mayores sorpresas, a excepción de los resultados electorales, que, al menos en la capital, habían favorecido con la reelección a Castañeda. Nos alojamos en el mismo hotel que la vez anterior, y, luego de la necesaria ducha, salimos a las calles nubladas a almorzar algo decente. Pudimos probar el cuy, acompañado de cerveza peruana. Cuy (realmente "quy") es el nombre quechua del cobayo, un roedor con aspecto de hámster pero de mayor talla, que es criado por su carne. Desde tiempos prehispánicos este animalito se come asado, y es parte de los menús de todas las fondas y restaurantes de los países andinos, desde Otavalo al norte de Chile.

Luego de tan tradicional comida, debimos resignarnos a comprar pasajes en "Ormeño" para llegar hasta La Paz, al día siguiente, en un trayecto que nos insumiría 27 horas pero que, por el precio, probablemente sería un poco más cómodo y agradable que nuestras anteriores experiencias con la empresa. Aprovechamos la tarde para descansar y la noche para cenar.

El martes 28 de noviembre por la mañana emprendimos el viaje hacia La Paz, atravesando nuevamente los desiertos del sur del Perú. Otra vez desfilaron ante nuestros ojos los escenarios de poblaciones paupérrimas o asentamientos montañosos, con un fondo de mar gris o polvaredales infinitos. Ante nuestras miradas, de un lado del bus, cruzaban muros y más muros pintados con los nombres de los últimos candidatos electorales. Del otro lado, podíamos atisbar algunas playas privadas y otras públicas, adornadas aquí y allá con el perfil de algunas casas ricas y muchas pobres.

Los oasis creados por el hombre en los valles volvieron a asombrarnos con sus cultivos de zanahorias y algodón, papas y maíz, e incluso viñas en medio de la desolación. Pasamos nuevamente por Ica y por el campo sembrado de líneas arqueológicas de Nazca. Allá fuera, continuábamos viendo casas de adobe, mercados callejeros, mototaxis, carritos con frutas, vendedores ambulantes, más carritos. Sara apuntó en su diario que las iglesias tenían el color de la arena, el mismo color que, en realidad, tenía todo. Ese mundo exterior a nuestro bus estaba completamente cubierto de polvo.

Seguiría desierto y más desierto, piedras y más piedras. Cerca de Palpa, Sara anotó:

"¡Qué cosa tan bonita serpentear entre montañas de arena para, tras la última curva, encontrarnos en medio de un valle fértil, con maizales, algodonales, cañaverales, gran variedad de árboles y casitas de adobe y caña mirando el finísimo hilito de agua que aún discurre por la ancha cuenca del río!".

Almorzamos en el bus, con un servicio que nos asombró por su calidad. Caía la tarde cuando empezamos a atravesar olivares cerca del mar, mientras veíamos las primeras señales de tráfico con la leyenda "zonas de aneramiento". La carretera no era más que una delgada e inestable línea de asfalto colocada encima de un infinito campo de dunas nómadas, dispuestas a recuperar sus antiguos dominios o a cruzar por encima de esa franja negra cuando lo desearan. Pasamos la pequeña localidad de Tanaka y, desde Chala, giramos hacia el oeste, hacia Arequipa. Cenamos en algún pequeño lugar del camino, bajo una noche totalmente estrellada que invitaba a tenderse sobre las arenas, boca arriba.

El miércoles 29 de noviembre nos despertamos en el corazón del altiplano, tierras cubiertas de pastos cortos e "ichos" agitados por un viento que adivinábamos frío. Aquel territorio era la meseta del Collao, la llanura de altura que separaba las distintas cadenas andinas, y en la cual se abría, como un aljibe, el Titicaca, el lago navegable más alto del mundo. El nombre de ese "mar interior" es aymara: escrito originalmente Titiqaqa, significa "peña del felino".

Las poblaciones de la zona eran conjuntos dispersos de ranchos de adobe cubiertos por techos de paja al estilo tradicional andino, o de chapas de calamina más modernas. Alrededor de las pequeñas casas pastaban los animales y se extendían los pequeños cultivos familiares. Más allá se veían los campos de la comunidad, en los cuales todos colaboraban con su trabajo. Las "pirqas" (muros bajos de piedra sin argamasa) dividían las lomas y los valles: desde lejos, parecían costuras irregulares en un lienzo hecho con remiendos.

Temprano en la mañana llegamos a la localidad de Puno. Y pudimos ver, por fin, el gran lago Titicaca, una de las principales "mama qucha" de todos los Andes.

Las casas se descolgaban desde las lomas, las montañas enmarcaban las aguas con sus tonos violáceos o grises. En las orillas descasaban un par de "caballitos", tradicionales balsas aymaras hechas de atados del junco llamado "totora", que crecía abundante en las riberas, y que los campesinos de la zona cortaban y extendían en la misma costa para su secado y uso. Las redes circulares destacaban en el lago: la población ribereña complementaba su producción agrícola con las artesanías en totora y las capturas de la pesca.

Abandonamos Puno a media mañana y pasamos por Juli, ciudad que se abre paso entre el arrugado relieve costero del lago. Allí se estableció la primera imprenta de la zona, allá en el siglo XVII temprano, y fue allí donde el religioso Ludovico Bertonio publicó su famoso Arte y Vocabulario de la Lengua Aymara, el primero que se escribiría del "jaqi aru" (lengua humana), una obra que aún sigue siendo fuente de consultas por parte de lingüistas y antropólogos.

Aquella era ya zona aymara. Las mujeres vestían varias faldas de colores brillantes, superpuestas; cargaban hatos de colores y lucían sombreros "hongo" con cintas y borlas que, en los viejos tiempos, definían su status marital. Sus largas trenzas negras iban atadas con borlas de lana, y sus rebozos iban sujetos con tupus de plata o con sencillas alfileres. Todas lucían un mandil alrededor de su cintura, y una mirada curiosa en sus ojos.

En Juli era día de mercado ganadero y agrícola. La gente conducía sus rebaños de llamas y vicuñas, sus ovejas, incuso sus piaras de cerdos, a los que debían cargar, a veces, bajo los brazos. El mercado era al aire libre, a las afueras de la ciudad, y concentraba a los habitantes de un área muy amplia, que bajaban hasta la gran ciudad para mercar sus excedentes y obtener lo necesario para su vida en el campo.

Era mediodía cuando llegamos al puesto fronterizo de Desaguadero, un verdadero caos, como todas las fronteras que hemos cruzado hasta el momento. Entramos, finalmente, en Bolivia, con un sello más en nuestros pasaportes y cada vez más cerca de nuestro destino final. Desaguadero era profusión de colores, de suciedad mezclada con sonrisas, de mercados y puestos al aire libre, de contrabandistas silenciosos y gendarmes expectantes.

A partir de allí, solo encontraríamos rebaños pequeños cuidados por pequeñas pastoras, más casitas de adobe, y todo el aspecto de una pobreza extrema. La ciudad de El Alto (un suburbio de La Paz situado en pleno altiplano que, por su crecimiento, se convirtió en una urbe inmensa, de importancia paralela a la de la propia capital) comenzó a insinuarse varios kilómetros antes de llegar a la garganta del río Choqueyapu, ese valle angosto por el que se descuelgan las calles, plazas y casas que conforman la capital de Bolivia. La vista desde El Alto fue sobrecogedora: miles y miles de casas sin terminar, exhibiendo sus ladrillos rojizos, cubriendo cada parcela libre de terreno.

Ya en la Terminal de Buses, sacamos pasajes en la Empresa "Inti Illimani", que nos llevaría en un servicio nocturno hasta Villazón, ciudad fronteriza con Argentina. El "suruqchi" (soroche, mal de las alturas) se hizo sentir muy pronto: la cabeza nos estallaba, los oídos zumbaban, y el corazón latía como si estuviésemos corriendo una carrera. Decidimos aprovechar el tiempo de espera para pasear un poco por La Paz, ciudad que Sara aún no conocía. Desde la céntrica Iglesia de San Francisco, subimos por la calle Sagárnaga, deteniéndonos aquí y allá para curiosear instrumentos o textiles. Recorrimos la calle Linares, con todos sus luthiers, y el Mercado de los Brujos, lleno de fetos disecados de llama que aseguraban la fertilidad.

Cruzando el cauce invisible del río Choqueyapu, nos dirigimos a la Plaza Central, con su Catedral y el palacio de Gobierno (en cuyo frente, al lado de la gigantesca bandera nacional tricolor, pende la wiphala, la bandera multicolor de los pueblos andinos, colocada allí desde que Evo Morales iniciara su mandato). Desde allí, caminando bajo una llovizna tenue, nos dirigimos al Museo Etnográfico y Folklórico, en el cual apreciamos una bellísima colección de unkus (prenda tradicional andina) etnográficos y arqueológicos.

Recorrimos el Callejón de la Cruz Verde (hoy calle Murillo), pasando por delante del Museo de Instrumentos Musicales de Ernesto Cavour y de muchas de las más famosas peñas folklóricas paceñas. Las casas de aquel callejón conservaban todo el sabor de la Colonia, con sus puertas de madera, sus paredes enormes, sus farolas, sus balcones de hierro, sus macetas con geranios. La calle, empedrada e inclinada en fuerte pendiente, resonaba bajo nuestros pasos.

Comimos "salteñas" (empanadas) en un puesto cualquiera del mercado, mientras observábamos el trabajo incesante de los limpiabotas, que cubren sus caras con pasamontañas para no ser identificados (pues consideran que su trabajo es discriminado por la sociedad).

Temprano nos dirigimos a la terminal nuevamente, y temprano nos subimos a un bus mugriento, incómodo, destrozado, helado, roto... Ambos sabíamos (por anteriores experiencias personales) que el viaje La Paz-Villazón no es cómodo ni fácil. Es un trayecto que se padece más que se disfruta. El aire helado del exterior se colaba por ventanillas que se abrían solas por la vibración. El traqueteo sobre las rutas de ripio era infernal. Muchos niños dormían en el pasillo. Todos llevaban hatos y hatos y hatos de cosas.

Fue allí, en medio del altiplano y en medio de la noche, cuando alguien robó mi maletín, en el cual guardaba mi cuaderno de viaje, toda mi documentación y toda la información de mi trabajo profesional y mis contactos. Nadie se hizo cargo, nadie dijo nada, nadie se solidarizó. Perdí todo. De hecho, este diario de viaje lo he escrito con la ayuda de las notas de Sara y de mi memoria, y lentamente he podido recuperar la totalidad de mi trabajo y de mis contactos. Sin embargo, el mal sabor de boca va a quedar para siempre.

El paisaje de la prepuna boliviana nos pareció más desolador que nunca. Allá en Cotagaita, en Tupiza, todo nos pareció ceniciento, polvoriento, triste... Cuencas fluviales secas, árboles retorcidos, una carretera que deseábamos ver terminarse de una buena vez y unos compañeros de viaje a los que queríamos ver desaparecer de nuestro entorno cuanto antes.

Llegamos a Villazón a mediodía del jueves 30 de noviembre. En la comisaría local nos hicieron los documentos necesarios para poder salir de Bolivia y cruzar la frontera. Cargados con mochilas llenas de tierra (las bodegas del bus iban abiertas por debajo), decepcionados, cansados, sucios, hambrientos y preocupados por la pérdida de mis documentos, cruzamos a pie el puente que separa Villazón de La Quiaca, ya en territorio argentino. Sin mucho problema me dejaron salir de tierra boliviana, y, con algunas recomendaciones acerca de cómo desenvolverme en lo sucesivo, los gendarmes argentinos me cedieron el paso sin más cuestiones.

Ya en La Quiaca, la Policía argentina me hizo un documento especial cuya realización me tomó cinco horas, ocupadas en sacarme un foto carnet con el único fotógrafo de la ciudad y en imprimir un documento de Internet en el único cybercafé con impresora. Mientras tanto, Sara echaba raíces en la Terminal de Buses de La Quiaca, en medio de un torbellino de jujeños y bolivianos que acampaban en los pasillos del edificio para vender sus mercancías o pasar el día.

A la noche salimos en un bus hacia Jujuy, capital de la provincia del mismo nombre, que limita con Bolivia. Atravesaríamos los pintorescos pueblos de la Quebrada de Humahuaca (Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO), en donde la Gendarmería nos detendría a la una de la madrugada para hacernos bajar con todas nuestras cosas a helarnos de frío y a ser controlados en busca de contrabando e ilegales.

Llegaríamos a Jujuy a las 4 de la mañana y a las 7 conectaríamos con otro bus que, luego de cruzar todo Jujuy, Salta, Tucumán y Santiago del Estero (cientos y cientos de kilómetros) nos dejaría en la ciudad de Córdoba, exhaustos, cargados con un montón de paquetes y mochilas, el 1 de diciembre a las diez de la noche.

El viaje de regreso desde Quito había durado 6 días; el viaje en total, 28. Habíamos cruzado cuatro países –además del nuestro– y cinco fronteras, recorriendo miles de kilómetros y soportando 230 horas de bus en algunos de los peores medios de transporte de larga distancia que conocimos. Habíamos comido casi todos los platos locales en las fondas más populares que hallamos; habíamos visto todos los paisajes visibles desde Temuco al sur, hasta Peguche al norte. Habíamos recorrido la mayor parte de la espina dorsal de América, habíamos cruzado el territorio del antiguo Imperio Inca, habíamos asistido a tres Congresos internacionales de Bibliotecología. Habíamos conocido a gente verdaderamente maravillosa, habíamos reconocido someramente un poco de la realidad social y cultural del mundo andino. Habíamos oído sonar tres lenguas y muchos dialectos indígenas diferentes, y nos habíamos encontrado con culturas antiquísimas que, a pesar de todo y de todos, siguen luchando por su identidad y su supervivencia.

Habíamos visto miseria, pobreza, desolación, hambre, enfermedad, desigualdad, desequilibrio, discriminación y mucha, mucha injusticia. Y, ante todo eso, siempre nos preguntamos donde demonios estaban las manos que tanto hablan de ayuda. También vimos bibliotecas minúsculas, y oímos las historias mínimas de colegas que trabajan en condiciones infrahumanas para lograr dar un servicio a aquellos usuarios que lo necesitan. Y fue allí que también nos preguntamos dónde estaban los "grandes", los "catedráticos", los "académicos", o las finas presidentas de las finas Asociaciones nacionales con sus trajes finos y sus manos finas, hablando de finezas tales como "bibliotecas digitales", finezas que sus pueblos no podrán acceder jamás.

Tales cosas nos preguntamos siempre, y la respuesta fue siempre la misma: esos que hablan, esos que dicen, esos que proclaman, esos que publican, esos viven en un universo aparte, que jamás abandonarán porque no les conviene. Esos no saben nada del servicio real, de la ayuda real, de los problemas reales de la gente real, de esa gente que no puede bañarse porque no dispone de agua, o no puede leer porque nadie se acercó a enseñarle. Esos "grandes", esos "importantes" viven en el interior de burbujas rosadas, creyendo que su realidad es la de todos, ignorando (como buenos ignorantes que son) que "su" realidad es la de algunos afortunados. Nada más.

A través de esos miles de kilómetros, muchas cosas se destruyeron y muchas otras volvieron a crecer –de forma distinta– dentro nuestro. A la pequeña casa de Córdoba no retornaron las mismas dos personas que salieron un mes antes. Volvieron dos personas diferentes, más realistas, muy dolidas, asqueadas de tanta hipocresía y falsedad, y dispuestas a dejarse la piel a tiras por aquellas gentes desconocidas que, con su trabajo silencioso e ignoto, hacen que muchos niños aprendan a leer, que muchos jóvenes terminen la escuela, que muchos adultos adquieran un oficio y que muchos ancianos se entretengan. Si algo les enseñó este viaje a los dos viajeros que les han escrito este diario a lo largo de los últimos dos meses en estas páginas, es que hay una gran cantidad de personas –a las que escuchamos con admiración y a las que adornamos con títulos pomposos– que deberían cerrar la boca para siempre, por pura vergüenza nomás. Porque el mundo –ese que nos encontramos Sara y yo cuando salimos de viaje– es muy distinto del que nos quieren hacer ver. Es mucho más duro, es mucho más difícil, y si queremos vivir en él, debemos mirarlo directamente a la cara, a esa cara dolorosa y llena de cicatrices.

A todos aquellos que nos han seguido a lo largo de estas crónicas, muchas gracias. A todos aquellos que nos han acompañado a lo largo de nuestro viaje, que nos han ayudado, que nos han recibido, nuestro recuerdo más cariñoso.

Y a todos aquellos que aún se pregunten "¿cómo hacen Civallero y Plaza para viajar tanto?", les comentamos que lo hacemos con mucho sacrificio, incomodidad, suciedad, hambre y sueño, como lo hace la gran mayoría de la gente pobre –como nosotros– en nuestro continente. Y ni se les ocurra pensar que hacer eso es fácil. Si así lo creen, los invitamos a intentarlo. Verán que, como les decía antes, nuestro mundo no es tan bonito ni tan sencillo como nos lo pintan.

Un abrazo cordial de dos nómadas incorregibles que prefieren aprender de la realidad a seguir soñando quimeras imposibles.

Ilustración.

enero 23, 2007

Diario de viaje (19-22 de 28): volutas sobre el Tungurahua, callejas de Riobamba

Diario de viaje (19–22 de 28): volutas sobre el Tungurahua, callejas de Riobamba

Por Edgardo Civallero

El miércoles 22 de noviembre salimos de Quito en dirección a Riobamba, en dónde tendría lugar el IX Congreso Nacional de Bibliotecarios organizado por la Asociación Ecuatoriana de Bibliotecarios bajo el lema "La biblioteca del siglo 21". El trayecto lo hicimos, por primera vez en este viaje, en automóvil. Sería David Romero, conservador y restaurador del Ministerio de Cultura de la República, quién nos llevaría con él hasta la ciudad sureña, atravesando, en el camino, los departamentos de Cotopaxi, Tungurahua y Chimborazo.

Estábamos recorriendo la ruta que llevaba hacia el sur, atravesando bosques y valles, montañas y páramos. Era curioso observar las diferencias de paisajes y de estratos ecológicos que se sucedían velozmente en cuestión de kilómetros. Nuestros acompañantes nos comentaban que tales diferencias eran mucho más marcadas cuando se atravesaba el país de este a oeste: en cuestión de horas se pasa de un paisaje costero a las altas cumbres andinas, y de allí a la más densa selva amazónica.

Allá por Latacunga nos detuvimos a probar las famosas "chugchucaras" de doña Rosa, un plato regional que consiste, básicamente, en fritada de cerdo, incluyendo grandes pedazos de cuero. Un poco más adelante en nuestro camino, serían los famosos helados de cinco colores de la localidad de Salcedo, que incluían crema de coco. Pasamos a los pies del Cotopaxi sin poder ver su orgullosa cima, y ya caía la tarde cuando pudimos vislumbrar la silueta humeante del Tungurahua, volcán en actividad, que, al decir de los niños de la zona, "brama". Para nosotros fue una novedad bastante impresionante saber que una población de miles de habitantes alrededor del volcán viven habituadas a esos "bramidos", a las cenizas y a las circunstanciales explosiones de la montaña.

Era aquella zona –la de Ambato– la cuna de los Salasaca. Atrás, más al norte, habían quedado los Otavaleño. En Peguche nos habían contado que los Salasaca "distinto hablan, en seguida se nota que son Salasacas". También, según pudimos apreciar, vestían distinto, y era otro el orgullo en su mirada, muy diferente del que pudimos sentir en los ojos de los Otavaleños; más inseguros quizás, más golpeados tal vez, más resignados... Había oído, en alguna parte, algo de música Salasaca, y no tenía ninguna relación con la música del norte del país. Era muy curioso ver tan profundas diferencias regionales en gente de la misma cultura, la misma lengua y la misma raza.

Llegamos a Riobamba, capital del departamento Chimborazo y muy importante hito histórico ecuatoriano, bien entrada la noche, bajo una llovizna que nos había acompañado todo el camino y que nos impidió ver, al atardecer, la silueta del Chimborazo, uno de los volcanes más altos de los Andes, o la del Sangay, el volcán más activo del mundo, al que teníamos a tiro de piedra.

Recibidos por la Comisión Organizadora del evento, nos dirigimos, después de un rato de espera y de charla, a nuestro hotel, "El Rincón Alemán", una casa de familia bastante apartada del casco urbano, con unas instalaciones excelentes y una propietaria dotada de la más amable simpatía. Al rato, los organizadores nos recogieron para una cena en la que tuvimos que oír opiniones y expresiones de lo más desafortunadas, de la boca de los representantes oficialistas de la bibliotecología ecuatoriana, que –así lo quisimos creer– no representaban las opiniones de los bibliotecarios de a pie. Volvimos al hotel asombrados, dudando de la utilidad de nuestra presencia en medio de tal "circo" de "grandes figuras".

No recuerdo si nos fijamos en algo más: caímos agotados en las camas, y el universo desapareció de nuestras mentes por unas horas, mientras una pregunta resonaba en nuestras cabezas: "¿qué demonios hacemos aquí?"

El jueves 23 de noviembre se inauguraba oficialmente el Congreso de Bibliotecarios, así que, luego de desayunar, los organizadores nos condujeron a las instalaciones de la Escuela Superior Politécnica de Chimborazo, en cuyo auditorio tendría lugar el evento. El Congreso se centraba, básicamente, en la presencia de un pequeño grupo de expositores internacionales, es decir, gente procedente de Bolivia, Perú, Uruguay, España y Argentina. Excepto la conferencista española –que abriría el Congreso esa misma mañana– y yo, el resto de las disertantes eran archivistas que hablarían sobre conservación y preservación de documentos. Además de las conferencias, el Congreso serviría como reunión de los afiliados de la AEB, que elegirían sus nuevas autoridades y discutirían sus problemas internos.

A lo largo de los tres días que duró el evento comprendimos que habían cosas que funcionaban de manera patética, que la organización no era todo lo estable que debería ser, que algunos trabajaban duramente y otros sólo lucían el cargo, y que las conferencias "internacionales" eran una especie de relleno que diera sentido a un Congreso organizado, básicamente, para discutir problemas internos. Y esos problemas aparecían cada dos por tres, y no siempre expresados en forma suave y educada. La inscripción costaba 40 dólares, y si tenemos en cuenta que, a ojo de pájaro, contamos unos 200 asistentes... ustedes harán sus cálculos.

La primera conferencia fue dada, pues, por María del Pilar Gallego, presidenta de la Asociación de Bibliotecarios de Madrid. Si debo ser honesto, jamás sentí una vergüenza ajena ni un bochorno tan grande como cuando soporté la hora y media de conferencia de esta señora, una mujer ya entrada en años y con serios problemas de salud que, quizás en sus tiempos, fuera una docta conferencista, pero que esta vez solo leyó, muy penosamente, una conferencia sobre "Bibliotecas digitales" cuya actualización quizás pertenecía al siglo pasado. "Penoso" es poco para definir la actuación de esa señora. El público soportó diez minutos de su perorata y luego se levantó de sus asientos, charló, habló por celular, se saludó de punta a punta, se durmió y roncó, y se descontroló, en una actitud que me pareció, asimismo, bochornosa y digna de la peor educación.

Soportamos, con Sara, la lectura completa –incomprensible, plagada de errores de forma y contenido, lenta, sin apoyo de ningún tipo de imagen– del papel de la colega española, palabra por palabra y coma por coma, mientras a nuestro alrededor el público olvidaba que había una conferencista que, si bien era pésima, debía ser respetada. Aunque la gran mayoría de los asistentes estuvimos de acuerdo en calificar a aquella charla como espeluznante, aún debimos soportar la hipocresía de las alabanzas y las felicitaciones, algo, por cierto, bastante común en nuestro medio: palmaditas en la espalda y palabras huecas.

[Como conferencista, suelo seguir una máxima española muy castiza, que reza: "Si el sabio calla, malo; si el necio aplaude, peor"].

En fin, tras un inicio de actividades tan confuso y tan falto de presentadores y moderadores (inexistentes), llegó mi turno. A lo largo de mi conferencia presenté algunas nociones básicas sobre la brecha digital, su naturaleza, su realidad actual y su efecto y amenaza en tierras latinoamericanas, brindando, además, algunas nociones de cómo podía "disminuirse" el embate de tal problema (pues no es posible hablar de una "solución" al respecto). Entre las muchas preguntas, surgieron algunas que, por curiosidad, también incursionaron en mi trabajo con comunidades indígenas, bibliotecas rurales y promoción de la lectoescritura. Fue a partir de esas preguntas que Sara y yo logramos nuestros mejores contactos (y amistades) en Ecuador. Quizás eso sea lo mejor de un congreso: los lazos humanos que pueden construirse.

De esos momentos, Sara escribió en su diario:

"Nuestros momentos más felices y emocionantes llegaron al finalizar la exposición. Fuimos felicitados, agradecidos, abrazados, estrechados las manos por una bibliotecaria viejita indígena de orillas del Napo, fotografiados, mirados con ojitos brillosos y labios sonrientes. Nos propusieron colaboraciones, nos invitaron a volver al año siguiente para dar talleres...".

El almuerzo ocurrió en algún sitio que no logramos hallar. Luego de dar varias vueltas por el campus del Politécnico de Riobamba sin dar con el lugar designado (que terminó siendo un galpón alejado), terminamos comiendo en la fonda de los estudiantes (barato y delicioso, por cierto).

Asistimos luego, en forma parcial (pues los horarios no eran respetados ni por organizadores ni por asistentes) a la conferencia de la archivista peruana Carmen Pfuyo, y, canceladas las actividades de la tarde (excursiones y visitas) por una demora general de todos los horarios, nos retiramos un rato a nuestro hotel (con transporte por nuestra cuenta, por cierto) para poder asearnos y participar en las actividades nocturnas, que incluían fuegos de artificios y bebidas como el famoso "canelazo".

Cuando llegamos al horario y lugar indicado para disfrutar de las actividades, sólo encontramos cenizas y luces apagadas. Sabía Dios cuando ocurrió todo, o dónde estaban los que tenían que ocuparse de nosotros.

La noche había caído, la decepción era mucha y el cansancio, enorme. Por ende, preferimos retirarnos a descansar. Al día siguiente aún quedaban cosas por hacer.

El viernes 24 de noviembre se desarrolló la segunda jornada del Congreso de Bibliotecarios. Debimos llegar al lugar del evento en taxi (pues de la organización no tuvimos ni noticias) y enterarnos de las actividades de la noche anterior, que habían sido irregulares y desorganizadas. Dispuestos a tomarnos las cosas con calma, decidimos entrar a la charla de la archivista uruguaya María Laura Rosas, invitada a último momento ante la ausencia "imprevista" de otra invitada oficial. Poco interesados en el tema de conservación en archivos –que, honestamente, se sale un poco de nuestro dominio– decidimos recorrer el pequeño campus y charlar con las mismas personas que nos habían saludado el día anterior, y que ese día nos acercaron sus experiencias, ideas y trabajos. Así pudimos conocer interesantes proyectos en Ibarra, en la zona de selva, en el sur del país, en Guayaquil, en Quito... Aquí y allá, un buen número de profesionales buscaban intercambiar novedades o contar sus proyectos, y eso, como señalé anteriormente, fue lo más valioso que nos llevamos de Riobamba. Muchos nos trajeron regalos (nos deleitaron unos folletos de Archidona y la región del Napo, y una muñeca de Imbabura que conservamos con mucho cariño sobre nuestro escritorio), fueron innumerables las fotos... y hasta nos hicieron una entrevista que salió publicada en la edición digital del periódico local.

Luego del almuerzo –que tuvo lugar en un comedor comunitario, sentados sobre algunas mesas, comiendo de un plato con la mano– nuestro colega David Romero se hizo cargo de nosotros y nos llevó a conocer Riobamba, en especial el Museo de la Ciudad, que mantiene una hermosa colección de pintura local, información sobre los parques nacionales cercanos y una historia muy peculiar. Según la guía turística que nos mostró la enorme casona colonial en la que tiene su sede la institución, el edificio había pertenecido a una mujer adinerada que, por practicar el famoso juego de la tabla de ouija, quedó embrujada y levitaba. Así, hasta el fin de sus días, la mujer flotó por las calles de Riobamba, no pudiendo nunca comulgar en la iglesia ni ser exorcizada.

(... Jamás supimos si tomarnos la cosa en serio ...).

Las iglesias y plazas de Riobamba son de una belleza particular; las calles guardan mucho de su sabor provinciano, con una significativa presencia indígena. David –conocedor, por su profesión, de todos los vericuetos del arte local– nos proporcionó la mejor guía que pudiésemos pedir.

Aquella noche también había "fiesta de confraternización", pero no sabíamos en dónde ni a qué hora. Nadie nos buscó en el hotel, nadie nos llamó, nadie se preocupó por nosotros. Así que nos quedamos viendo, en TV, el debate electoral entre el candidato Noboa (que nos pareció dueño de un discurso repugnante) y Rafael Correa, que resultaría siendo ganador de las elecciones y sumaría un régimen más a la izquierda preponderante en el continente.

La noche llegó, y descansamos –más decepcionados que nunca– para preparar nuestro retorno a Quito, al día siguiente. Ese sábado a la noche emprenderíamos el viaje de retorno a casa.

El sábado 25 de noviembre finalizaba el evento ecuatoriano, ya signado por una auténtica desorganización. La primera conferencia de la mañana (y la última del Congreso) quedaba en manos de la archivista boliviana Lidia Gardeazabal, quien mostró interesantes fotos de un taller de restauración que dirige en Cochabamba, en el marco de la Biblioteca Nacional de Bolivia, en la cual se desempeña. Tras su ponencia, tuvo lugar la Asamblea General de la AEB, con lectura y aprobación de estatutos y elección de junta directiva. Preferimos retirarnos de la sala para no ser testigos de la discusión de problemas y diferencias internos que, como queda dicho, asomaban aquí y allá a cada momento, y que no eran de nuestra incumbencia ni de nuestro interés.

El Congreso terminó a mediodía, después de un verdadero caos de voces y participaciones a voz en cuello para tomar decisiones de las cuáles no quisimos saber nada. En vista y considerando que nadie de la organización se hacía cargo de nosotros para llevarnos de regreso a Quito, y temiendo perder nuestro bus, decidimos regresar por nuestra cuenta y riesgo. Nos despedimos de un par de "organizadores" y nos acercamos a la Terminal local, para abordar el transporte –cómodo y barato– que nos devolvería a Quito bajo un cielo plomizo y tormentoso, que en ningún momento nos permitió siquiera adivinar la silueta del Cotopaxi o del Chimborazo. De ese viaje, Sara anotaría en su bitácora:

"´Peritas, duraznos, claudias, manzanitas para el viaje´. Así recitaba su oferta culinaria el señor que subió al bus que nos llevaba de Riobamba a Quito. Ante nuestros ojos se iban sucediendo un manto de remiendos conformado por campos y más campos, sembrados unos, con frutales otros, con chanchos, llamas, vacas y burros. ´Habas, habitas, vayan saboreándolas ya´. ´Helados, heladitos de crema y Salcedo...´".

Volvimos a Quito, a la mesa y a los brazos de nuestra "familia adoptiva" Proaño-Añazco, quienes nos deleitaron con una merienda de despedida que borró todas las penas y vicisitudes anteriores y nos reconcilió con la vida y con Ecuador. Ellos nos llevaron a tomar nuestro bus, y ellos nos despidieron agitando las manos.

Nos miramos con Sara, mientras nos secábamos algunas lágrimas. Ecuador había sido un país hermoso, y al margen de las decepciones profesionales (que hemos encontrado siempre, a cada paso que dimos, especialmente en nuestro propio país) nos dimos cuenta que extrañaríamos mucho aquellas calles, aquella familia que tan bien nos recibió, aquella gente tan cálida, aquellas comidas tan deliciosas, aquellos colegas que nos habían abrazado y tomado de las manos y mirado a los ojos tan profundamente, compartiendo sus ilusiones y decepciones.

Sí. Extrañaríamos aquel país y su gente, aquellos mercados de Otavalo, aquella cascada en Peguche, aquellas bibliotecarias del oriente. Extrañaríamos la amabilidad y la dulzura con la que todos nos trataron, lo sueños que nos confiaron, las tristezas que vimos, las lloviznas inesperadas y el clima loco, y aquel "no-sé-qué" que envolvía todo y lo convertía en algo tan bello, tan inolvidable.

Si algo debíamos agradecer a los organizadores del Congreso de Bibliotecarios fue tener la oportunidad de conocer su gente y su tierra. Fue lo más maravilloso que encontramos a lo largo de aquel viaje que se había dilatado más de tres semanas.

El Congreso, como queda de manifiesto, no fue de nuestro agrado en absoluto. Creemos que cualquier evento (especialmente los que se autoproclaman "internacionales") debe ser construido sobre una base sólida, pensando a quién se invita y por qué, y no convocando a un par de personas para que hagan bulto. Creemos también que la organización debe ser llevada adelante por todo un equipo, y jamás por dos o tres voluntariosas personas que jamás podrán con todo. Creemos que los tiempos, cronogramas y actividades deben ser respetadas religiosamente, que la planificación debe ser perfecta, que no puede haber problemas grandes de último momento, porque eso deja ver una falla severa en la organización.

Creemos, por último, que no puede culparse de los errores a la cara visible de la organización de un evento, porque sabemos que esos son los que se dejan la piel a tiras para que las cosas salgan bien. Los verdaderos culpables son los que se quedan de brazos cruzados y, encima, cosechan los éxitos. Vaya para ellos nuestro total repudio.

Ahora era tiempo de volver a casa. Eso nos tomaría seis días más de bus e incontables problemas. Pero eso se los contaremos en la última entrada de este Diario de viaje.

Ilustración.

enero 22, 2007

Diario de viaje (16-18 de 28): de callejas e iglesias a la sombra del Pichincha

Diario de viaje (16–18 de 28): de callejas e iglesias a la sombra del Pichincha

Por Edgardo Civallero

Amaneció húmedo el día en la húmeda cama de la húmeda habitación del húmedo y frío hotel en el cual decidimos alojarnos en una Quito húmeda e inestable. Las malas lenguas adictas a las leyendas urbanas decían que en la capital ecuatoriana, para protegerse de la lluvia, bastaba cruzar la calle: en la acera de enfrente no sólo no estaría lloviendo, sino que haría un tiempo totalmente distinto. Esta disparidad del clima y de las lloviznas, si bien no era tan extrema como contaba el "mito", era ciertamente real. Fuera como fuese, decidimos salir a caminar la ciudad, a recorrer aceras y calles para poder encontrarnos con los quiteños y su vida cotidiana.

Nuestro hotel estaba situado en el centro de la ciudad, en los barrios que antaño habían sido reducto de gente adinerada y que en la actualidad habían descendido de categoría. Hacia el este se hallaban los barrios nuevos, los de gente rica, y hacia el oeste se emplazaba el casco antiguo, que fue el primer Patrimonio Cultural de la Humanidad declarado por la UNESCO, si no entendimos mal. Hasta allí nos separaban unas 40 manzanas, así que iniciamos la caminata temprano, después de desayunar en una fondita callejera en la cual nos pusieron café, un vaso enorme de jugo natural de frutas, pan con queso y un huevo. En días sucesivos comprenderíamos que ese era el desayuno básico de todo quiteño, y que la profusión de frutas exóticas que había en el país era bien aprovechada para producir deliciosos jugos y batidos.

Tomamos, pues, la céntrica Avenida 10 de Agosto, bordeando el parque "El Ejido", área verde de la ciudad en la cual, a cualquier hora del día, los quiteños se relajan, e incluso pueden acceder a unos buenos libros en la Biblioteca Pública situada en un extremo del parque, y que lleva su mismo nombre. Esas bibliotecas en plazas y paseos públicos –viejas conocidas y amigas de mi infancia– son, quizás, el mejor ornamento que puede tener una zona recreativa situada dentro de una ciudad.

Del parque "El Ejido" pasamos a la "Alameda", donde se alza un majestuoso monumento al Libertador Simón Bolívar, y en donde se levanta, asimismo, el antiguo Observatorio Astronómico, antaño hermoso y hoy en plena reconstrucción. Continuando nuestra caminata por la Av. 10 de Agosto, llegamos al Barrio de San Blas, con su iglesia antigua y su plazuela, situadas ambas en la intersección con la tradicional calle Guayaquil, que guiaría nuestros pasos hacia el casco antiguo. Allí mismo, frente a la iglesia de San Blas, se expone, en letras de metal, la proclama que informa que Quito es patrimonio cultural de la humanidad.

Descubrimos ese patrimonio a lo largo de las calles Guayaquil y Venezuela, y de todas aquellas que las cortan o son paralelas... El centro histórico es un entramado cuadriculado de callejas estrechas de pendiente pronunciada, ornadas por muros altos y encalados, balcones de madera, puertas macizas y oscuras y portadas labradas en piedra. Era imposible recorrer dos cuadras sin tropezarse con una iglesia, una ermita, una catedral o un convento, todos ellos exhibiendo la belleza de su arquitectura colonial o republicana temprana. La iglesia y convento de San Agustín, la iglesia y monasterio de Carmen Bajo, la iglesia de Santa Bárbara, la de Santa Catalina... fueron sólo unas pocas de las más de 25 que nos cruzamos a lo largo de aquella mañana.

Detenerse en una de aquellas esquinas significaba ver una calle estrecha y empedrada bajando en pendiente, con todas las puertas de sus comercios abiertas, con sus pequeñas aceras, con sus balcones poblados de macetas con geranios, con sus tejados de tejas rojizas y, allá atrás, como un marco, la silueta del Pichincha y de las sierras andinas, verdes a veces, nubladas de tormenta otras, pero siempre allí, eternas, cada vez más cubiertas de casas. Quedarse en una esquina un par de minutos era ver lo atestado del tránsito en aquellas zonas protegidas, y apreciar la multitud que se aglomeraba en aquella zona desde temprano. Era sentir el ritmo de una ciudad moderna latiendo en un escenario que ya contaba con varios siglos de historia, y que otras multitudes de otras épocas también habían recorrido.

La Plaza Grande (o "de la Independencia") incluía, como en casi todas las capitales hispanoamericanas, el Palacio de Gobierno y la Catedral Metropolitana. Ambos edificios eran de una belleza magnífica, en especial la Catedral, que agrupaba otros conventos, como el del Sagrario. Notamos que se estaban llevando a cabo un buen número de restauraciones en los edificios del Centro Histórico, lo cual era una buena noticia para una ciudad que soporta actividad volcánica frecuente y una presencia humana (y automotriz) muy fuerte.

Ya en la Plaza, intentamos buscar algo de información turística –mapas y planos de la ciudad y el país– que nos permitiera movernos con un poco más de organización y un poco menos de improvisación, pero, lamentablemente, encontramos que tales servicios, en Quito, están en manos de la Policía, la cual, honestamente hablando, no hace un muy buen trabajo. En realidad, fuimos afortunados al obtener un sencillo e incompleto mapa de la ciudad de manos de uno de estos uniformados: otros turistas ni siquiera pudieron conseguir los datos que necesitaban para moverse.

Deslumbrados por la belleza de la Plaza central, seguimos recorriendo la parte trasera de la Catedral para encontrarnos, un poquito más allá, con la Iglesia de la Compañía de Jesús, y, aún más allá, con la Iglesia y Convento de San Francisco y la Capilla de Cantuña, construcciones magníficas que exhibían lo mejor de los estilos coloniales en sus fachadas. Aquellas plazas –iluminadas por los claroscuros que dibujaban los nubarrones de tormenta que ya ocupaban el cielo– y aquellos edificios eran la memoria viva de una era que ya había desaparecido, con sus historias grandes y pequeñas, con sus logros y sus fracasos, con los ecos de personas conocidas y desconocidas repicando entre aquellos muros enormes y gruesos.

Nuestra marcha se interrumpió por la tormenta, que se desencadenó sorpresivamente y que, fiel a su carácter quiteño, mojó dónde quiso, cuando quiso y cómo quiso. Empapados –pero felices– volvimos al hotel, a descansar y a esperar a que la lluvia amainara para volver a salir. Pero eso ocurriría recién a la mañana siguiente...

Aquel martes, 21 de noviembre, decidimos que nuestra mejor opción –antes de que la lluvia y el inestable clima de Quito nos forzaran a quedarnos en el hotel– era recorrer los museos, instituciones que el día anterior habían estado cerradas por respetar (como en gran parte de Hispanoamérica) la costumbre de no abrir los lunes. Dirigimos nuestros rumbos hacia el sur del parque El Ejido, al parque "El Arbolito", en donde se levanta la Casa de la Cultura Ecuatoriana. El enorme edifico de esta notable entidad cultural agrupa al Museo del Banco Central del Ecuador, las diversas salas museísticas de la propia CCE (cerradas desde hace unos años, a la espera de mejores tiempos), la sala de Teatro "Simón Bolívar", la Asociación de Escritores Ecuatorianos y otros espacios destinados a la pintura, la escultura, la danza, la música y el arte en general. Además, allí se encontraba la Biblioteca Nacional, unidad por la que, desafortunadamente, no pudimos pasar. La CCE cuenta, asimismo, con un par de bibliotecas especializadas que ofrecen servicios de referencia y ponen a la venta las publicaciones propias de la institución.

Debido al cierre de las pequeñas colecciones especiales de la CCE (entre las cuáles se encontraba una de las mejores exposiciones de instrumentos musicales populares de América Latina), debimos "conformarnos" con la visita a la Sala Arqueológica del Museo Nacional del Banco Central. La colección de dicha sala –una de las mejores que vimos a lo largo del viaje, por su estructura y diseño– abarcaba la historia ecuatoriana desde el 12.000 a.C. hasta la ejecución de Atahualpa y la subsiguiente caída del Imperio Inca. Poseía, además, una sección especial destinada a la metalurgia y al trabajo del oro. Las restantes salas del Museo Nacional exhibían arte colonial, arte del siglo XIX y arte contemporáneo, así como exposiciones temporales. La organización cronológica, el empleo de técnicas pertinentes de gestión del espacio, la redacción de las explicaciones, y la interesante combinación de restos arqueológicos con maquetas, mapas y gráficos, convertían a la sala en un verdadero paseo de descubrimiento. Desconocedores de la historia prehispánica ecuatoriana, nos deleitamos ante cada una de las vitrinas: aquí, con los restos de conchas de Spondylus usadas para adornos ceremoniales; allá, con la cerámica erótica; más allá, con herramientas cotidianas de madera. Al final de la secuencia –que abarcaba todos los ámbitos geográficos del país, desde la costa hasta la selva– nos encontramos con la sección inca.

La exposición de la sala arqueológica termina con la muerte de Atahualpa, hito histórico que estaba representado, en una de las enormes paredes del museo, con una leyenda escrita en enormes letras, leyenda que ya habíamos hallado en Perú: chawpi punchaw tutallarqa (el sol oscureció a mediodía). Así se decía, así contaba la tradición: en el momento de la ejecución de Atahualpa, el día se hizo noche. Parecía que ese llanto mítico del sol cerraba, en la realidad, una puerta en la historia.

La Sala del Oro nos proporcionó información valiosa sobre las avanzadas técnicas metalúrgicas prehispánicas. Aquellos orfebres, con escasos instrumentos, lograban unos resultados verdaderamente espléndidos, de un elevado nivel artístico y técnico. Desde filigranas a espirales, desde trenzas de hilos delgadísimos a perforaciones diminutas, el metal dorado –el mismo que tantas ambiciones enfermizas había llevado a aquellos horizontes americanos– nos miraba, resplandeciente y antiguo, desde los ojos vacíos de una máscara o desde las alas de algún pájaro mitológico labrado.

Salimos del Museo fascinados por todas las miradas de barro, las mismas que nos habían contemplado, a través de los milenios, desde las vitrinas del Museo de Lima. Desde la CCE nos acercamos a la Editorial Abya Yala, situada cerca de la Universidad Católica, en la Av. 12 de Octubre. La editorial –que es, a la vez, centro cultural– es una de las principales productoras sudamericanas de libros sobre pueblos originarios. De hecho, en su librería pudimos encontrar documentos sobre las etnias del oriente ecuatoriano (especialmente sobre los Achuar y Shuar, antiguamente conocidos como "jívaros"), así como manuales, documentos fotográficos, mapas, diccionarios, textos de antropología y lingüística, revistas especializadas y un buen número de libros dedicados a la investigación y a la educación. Asimismo, contaba con literatura relativa a la situación indígena en otros países de Latinoamérica y el mundo.

Resolvimos volver allí al día siguiente para realizar algunas compras y visitar el Museo de la Amazonía –situado en el mismo edificio– y nos refugiamos nuevamente en el hotel ante la amenaza de la lluvia, no sin antes haber recorrido la Av. Amazonas –vía turística por excelencia, dedicada a los visitantes extranjeros– y de haber obtenido nuestro pasaje de retorno a Lima, esta vez con la Empresa "Rutas de América".

Esa noche, el Banco Central presentaba la edición del libro "Las Sociedades Originarias de Ecuador", presentación que incluía la actuación de Enrique Males (músico y cantante indígena de Ibarra) y la de Papá Roncón, un grande de la música afroecuatoriana esmeraldeña. Invitados por Eduardo Proaño, nos deleitamos con los sonidos de los instrumentos prehispánicos de Males y con los fragmentos de tradición oral de Roncón. El libro presentado –en realidad, dos volúmenes– era una obra de texto para las escuelas, en la cual se incluía la historia, arqueología y etnografía de los pueblos nativos ecuatorianos existentes antes de la llegada de los europeos. La idea me pareció más que interesante: son muchos los textos escolares argentinos que no presentan ni una actualización ni una mejora en sus contenidos, y son muchos los docentes y bibliotecarios que desconocen por completo la historia originaria de su propia nación. Por ende, este tipo de propuestas son siempre bienvenidas. Con la complicidad de Eduardo, conseguimos un par de copias (incluyendo las guías docentes, en las cuales Sara estaba muy interesada) para poder llevárnoslas con nosotros y aprender, de paso, un poco de las huellas dejadas por el hombre en aquellas tierras.

Cenamos con nuestros amigos y su familia. Fue noche de jugo de "naranjilla", té de cedrón, y antiguos vinilos con músicas viejas y clásicas. Fue una noche de amigos. Fue una velada inolvidable.

A la mañana siguiente –nuestro último día libre en Quito– decidimos visitar la biblioteca del Tribunal Andino de Justicia, en donde trabajaba nuestra amiga Gloria Añazco. Después de apreciar las colecciones legislativas –códigos, leyes y jurisprudencia varia– organizadas en los estantes de la pequeña unidad, decidimos visitar la biblioteca del Banco Central, situada cerca de la CCE. La unidad contaba con varios fondos –todos ellos con bases de datos disponibles a través de Internet– entre los cuáles nos interesaba el "Jijón y Caamaño", la colección de incunables y libros valiosos y raros. Por desgracia los ejemplares –conservados en una cámara especial, con temperatura, humedad y luz monitoreadas– no eran accesibles al público en general; sin embargo, algunos de los documentos más notables de aquella colección estaban digitalizados, y su acceso a través de la web era libre. Aún así, no quisimos desaprovechar la ocasión, y nos hicimos con algunos folletos conteniendo información sobre los primeros impresos e impresores del Ecuador, los libros raros y curiosos de aquel fondo y los americanistas incluidos en los catálogos de la colección. Siendo una biblioteca americanista especializada, no fue raro encontrar, entre sus títulos, a los trabajos de Alexander von Humboldt, de los argentinos Serrano y Lehmann, de Bertonio, de D´Orbigny, de Herrera, de Montesinos. Además, nos trajimos un catálogo explicado de la colección de libros de Eugenio Espejo, el primer "bibliotecario" ecuatoriano, cuya efigie, si no me equivoco, pueden encontrar en el logotipo de la Asociación de Bibliotecarios del Ecuador.

Desde aquella biblioteca nos dirigimos a visitar nuevamente la Editorial Abya Yala, de la cual nos llevamos algunos libros y unos cuentos tradicionales escritos en tres lenguas (quechua, inglés y español) y bellamente ilustrados. Luego recorrimos la sala del Museo de la Amazonía, situado en el mismo edificio, y organizado en base a materiales recolectados por las misiones salesianas en el este del país, en la zona fronteriza con Perú y Colombia, cubierta por las selvas características de la gran región amazónica. En el pequeño museo, apenas organizado y con una infraestructura bastante pobre, nos encontramos con grupos de artefactos pertenecientes a las distintas etnias que pueblan el área oriental. Sin embargo, la mayor parte de la exhibición está dedicada a las culturas Shuar y Ashuar, que, junto con los Aguaruna y Huambisa (que viven en Perú) forman la gran nación conocida antaño como "jívaros". Estos pueblos indígenas se hicieron famosos a principios de siglo (y hasta hace poco) por su costumbre de cazar cabezas humanas (literalmente) y reducirlas usando una técnica especial de hervido en hierbas y calentamiento con arena. Los trofeos así logrados (llamados "tsantsas") se convirtieron en caros suvenires para turistas, hasta que los propios "jívaros" comenzaron a reducir cabezas de mono o a falsificar las "tsantsas" para hacer negocio. Hoy en día, es muy raro encontrar una auténtica cabeza-trofeo, excepto en museos, y si bien los Shuar y Achuar continúan, de vez en cuando, con su costumbre de cazar cabezas, es extraño que las comercialicen.

Las "tsantsas" se caracterizan por tener el pelo largo, la boca y los ojos cosidos con nudos de los cuales caen hilos largos, las orejas adornadas con tarugos de madera y un color ocre apagado en la piel. El proceso de elaboración –deshuesado de la cabeza humana, limpieza y hervido de la piel, relleno con arena caliente, modelado, cosido y adornado– se realizaba, originalmente, para impedir que el alma del enemigo asesinado regresase a buscar venganza. La obtención y conservación de cabezas-trofeo fue algo muy habitual entre los pueblos originarios de América. Muchas vasijas preincaicas muestran a guerreros transportando cabezas, y naciones selváticas como los Ava ("chiriguano") del oriente boliviano y el noroeste argentino las llevaron a cabo durante siglos. Una variante –muy popularizada por el cine y la literatura– fue el "scalping" o toma de cabelleras, realizada no sólo por algunos pueblos nativos del sudoeste y de las praderas de los Estados Unidos, sino también por pueblos del Gran Chaco sudamericano como los Nivaklé y los Yofwafja argentinos.

Entre instrumentos musicales y canoas de grandes troncos ahuecados, entre animales disecados y muestras de delicada cestería, entre armas y bolsos tejidos con fibras, transcurrió nuestra mañana, descubriendo las palabras y los sonidos de una lengua difícil de comprender, y los rasgos de una cultura hasta entonces sólo adivinada a través de algunos libros.

Tras un improvisado almuerzo –siempre en alguna tasca popular o en algún pequeño restaurante– visitamos por última vez el casco antiguo de Quito, esta vez para conocer la Musicoteca del Banco Central, una pequeña unidad de información que, si bien no posee la tecnología de última generación necesaria para la reproducción de materiales audiovisuales, logra –con los recursos disponibles– proporcionar un servicio a estudiantes, profesionales e investigadores. Si bien los contenidos documentales están orientados abiertamente hacia la música clásica y académica (existiendo, por ende, una marcada ausencia de materiales populares), los artículos, videos y conferencias grabadas compensan esta carencia.

Bajo una pertinaz llovizna, volvimos caminando al hotel, despidiéndonos de cada rincón de aquella ciudad, bella en sus monumentos, pobre en sus rincones, histórica donde las haya, poblada de conflictos, de ruidos y de humos, cubierta de vez en cuando por las cenizas del volcán Pichincha... y preocupada por su futuro político, en cuánto las elecciones presidenciales –polarizadas entre el candidato conservador Noboa y el izquierdista Correa– tendrían lugar en breve.

Al día siguiente partiríamos hacia Riobamba, para participar en el IX Encuentro de Bibliotecarios del Ecuador. Nuestra travesía, nuestra participación en el evento y nuestro retorno a Quito para comenzar el largo, largo viaje de regreso a casa a través de Ecuador, Perú, Bolivia y el NO de Argentina, serán la materia para nuestras dos próximas entradas, las últimas de este dilatado diario de viaje.

Ilustración.

enero 18, 2007

Diario de viaje (15 de 28): las voces de Peguche

Diario de viaje (15 de 28): las voces de Peguche

Por Edgardo Civallero

Habíamos llegado a Peguche el sábado anterior, huyendo de las primeras gotas de una lluvia que se presagiaba torrencial, y buscando un techo bajo el cual poder descansar de un viaje que, hasta ese momento, había sido ininterrumpido. Cegados por los colores del mercado sabatino de Otavalo, con todos los aromas aún metidos en la cabeza y todos los sonidos –los de la música, los de la lengua quechua– todavía resonándonos en los oídos, llegamos a aquella pequeña comunidad, situada a sólo un par de kilómetros al norte de la plaza de Otavalo. El taita Imbabura se veía amenazador sobre nuestro horizonte, coronado por todas las nubes de tormenta, iluminado por todos los relámpagos.

Nuestro contacto en Peguche era Helena Huenala, una maestra cuyo apellido –lo sabríamos después– era de larga raigambre en la comunidad. Hablante nativa de quechua, poseedora de una cultura exquisita y de una cortesía impoluta, viajera empedernida y sobreviviente de todos los males que la habían azotado, Helena nos recibió con los brazos abiertos –aún sin conocernos– y nos abrió, asimismo, las puertas de su hogar y las de su familia. Tardamos muy poco en sentirnos como de la casa y en estar charlando en su pequeña salita, bebiendo un té de hierbas.

La mañana del domingo 19 de noviembre nos encontró a Sara y a mí asomados por las ventanas de la habitación en la que dormimos, mirando hacia un lado –la cima del Imbabura, descubierta de nubes– y hacia el otro –la cumbre del Cotacachi, totalmente nevada– y descubriendo ante nosotros un pueblito de casas con tejas, huertas y calles transitadas, ya desde temprano, por gente que caminaba con paso rápido a sus quehaceres, o quizás a misa. Era curioso ver que vestían mayormente su indumentaria tradicional, algo que hasta entonces sólo había visto en las calles de La Paz, con las mujeres Aymara.

Bajamos a ayudar con el desayuno, mientras nos enterábamos que, en la estructura andina de pensamiento, las montañas, además de ser la sede de los espíritus protectores de las comunidades ("apus"), tienen sexo. Así, el Imbabura era varón, y tenía, además, nombre de tal: José Manuel. El Cotacachi era hembra, y se llamaba Blanca Nieves. Las leyendas que unían a ambos montes en relaciones de distinta índole eran numerosas, y ocupaban una gran parte de la tradición oral de las poblaciones indígenas de la zona.
Y eran muchas esas poblaciones. Desde Ibarra a Otavalo, desperdigadas entre las montañas y valles, se levantaban infinidad de pequeñas villas, cuyos nombres me recordaban las letras de muchos sanjuanitos tradicionales: Tabacundo, Iluman, Chimbaloma, Cotacachi, Carabuela... En cada una de ellas se fabricaba un tipo particular de artesanía, ya fueran sombreros de fieltro, zapatos o textiles, productos estos de los que la propia Peguche se enorgullecía.

Mientras Helena preparaba el desayuno, su hermana nos mostró la huerta y los productos que daba la tierra, entre los que encontramos algunas frutas que desconocíamos –la uvilla y la granadilla, entre ellos– y otras que, aunque conocidas, nos deleitaron con su sabor al comerlas recién arrancadas de la mata. Recordábamos como muchos niños criados en la ciudad no saben siquiera que la mandarina sale de un árbol, o cómo es la forma de la planta de maíz, o que la papa de sus "snacks" es un tubérculo que crece bajo tierra. Quizás la biblioteca y la escuela tengan un rol importante en volver a naturalizar lo desnaturalizado, en acercar de nuevo a los niños y niñas –futuros hombres y mujeres– a la tierra.

El desayuno incluía jugo de "tomate de árbol" (otra fruta desconocida para nosotros), pan, queso fresco, té de hierbas y "kanguila" (palomitas de maíz). Antes de comenzar a desayunar llegó el padre de Helena, un hombre ya entrado en años pero con una lucidez mental que asombraba (más tarde nos enteraríamos que ni siquiera él sabía cuántos años tenía). Se trataba de uno de los principales músicos de la comunidad, así que, luego de disfrutar de sus historias y de saciar su curiosidad –y la del resto de la familia– sobre nuestros respectivos países y sus condiciones de vida, nos trajeron una derrengada flauta dulce de plástico y comenzó el verdadero diálogo entre nosotros. Canción va, anécdota viene, aquel músico veterano comenzó a desgranar gran parte de su vida artística, compartiendo con nosotros su orgullo por ser el autor del "himno" de la comunidad, titulado "Peguche tio" (Señor de Peguche). Era curioso notar, en los diálogos mantenidos en la mesa –tanto en quechua como en español– el respeto mutuo exhibido en el trato entre padres e hijos. Y era curioso también notar como el viejo músico se dirigía a nosotros hablándome a mí hasta que se decidió a incluir a Sara –dejada ligeramente de lado hasta ese instante– en la conversación.

De todas esas bocas, a lo largo de ese rato, fuimos oyendo historias de viajes, de idas y venidas, de fracasos, de envidias dentro de la comunidad, de conflictos, de sacrificios... Comprendimos plenamente algo que ya nos habían comentado como característica principal de los otavaleños: su espíritu de lucha, su enorme iniciativa, su inteligencia y su capacidad de adaptación. Aunque también descubrimos, bajo todo eso, un inmenso apego al terruño, una melancolía enorme, un sentimiento que yo ya había visto antes, allá en España, en los ojos de mis amigos ecuatorianos emigrantes.

Tras el desayuno, la hermana de Helena nos invitó a visitar la Cascada de Peguche, uno de los mayores atractivos turísticos del área, emplazada a un par de kilómetros del centro de la villa. Caminando despacito por las calles –empedradas algunas, de tierra las otras– fuimos descubriendo la vida matutina de la comunidad. Aquí, un vendedor de guavas –enormes vainas cuyo interior dulce es comestible– ofrecía su mercancía; allí, un par de mujeres cargaban fardos y niños; más allá, algún abuelo se sentaba a la puerta de la casa. "Ñanda mañachi" saludaba nuestra guía: "préstame el camino" estaba diciendo en quechua, un saludo que semejaba una especie de petición de permiso para poder pasar delante de otra persona mostrando respeto. Las calles estaban sembradas de las enormes semillas de la guava, mientras la hermana de Helena nos contaba un poco de la historia de la comunidad, de la pertenencia de las tierras a una estancia y del trabajo que los comuneros debían realizar allí, de cómo Peguche había recuperado sus tierras, de las divisiones y los usos de la misma. Cruzábamos "chaqras" (chacras, campos de maíz) en los que las pequeñas sementeras recién brotaban, mientras nuestra amiga iba compartiendo con nosotros sus conocimientos sobre las plantas de las zonas, comentándonos las costumbres, las relaciones dentro y fuera de la comunidad, el estilo de vida... En un momento se detenía para contarnos la composición de una mezcla de hierbas y frutas considerada un remedio milagroso para el "chuchaki" o resaca alcohólica; en otro, nos mostraba una planta crasa –el "penco", parecido a un agave de pequeño tamaño– cuyas hojas, cortadas en tiras, eran usadas como jabón para lavar a orillas de las acequias, dejando la ropa blanca y limpia sin ensuciar el agua con espumas y otros compuestos dañinos. Unos pasos más allá nos contaba los usos del "cháwar" o agave real, cuyas fibras se usaban para textiles y cuya pulpa, fermentada un poco, daba el "cháwar mishki" (una bebida de sabor dulce y agradable) y, fermentada un mucho, algo muy parecido al pulque mexicano, con una graduación alcohólica bien alta. Mientras caminaba mostraba sus ropas a Sara y le contaba cuáles eran las antiguas tradiciones de las mujeres para vestirse, mientras señalaba que, en tiempos pasados, hombre y mujer eran iguales, respetando la concepción dual del universo andino... pero que luego llegó el machismo. Aún así, comentaba nuestra amiga con una enorme sonrisa pícara, las mujeres otavaleñas tenían aún una fuerte autodeterminación e independencia, algo que nos había quedado muy claro el día anterior, al notar que la mayoría de las comerciantes del Mercado de Otavalo eran mujeres y adolescentes, e incluso niñas que habían regateado con nosotros con una destreza magistral...

Totalmente conscientes de lo afortunados que éramos ambos al tener a nuestro lado a una persona con esos conocimientos y esas ansias de compartirlos, seguimos andando hasta que un cartel nos dijo "Bienvenidos a la faccha". Allí, mi cabeza estalló. Ese mismo era el título de una canción que yo amaba (del grupo italiano "Trencito de los Andes") aún cuando nunca supe qué era la "faccha". Allí mismo me enteré que esa palabra era "cascada" en quechua.

La canción de la que les hablo describía, paso por paso, una visita a aquella caída de agua, que era lugar de ceremonias, encuentro y leyendas para las comunidades de la zona. Así que, de la mano de aquella letra –almacenada en mi cabeza desde mi adolescencia– y de la de Sara, fuimos recorriendo los senderos sombreados por un bosque de eucaliptos, y los bordes de las acequias –antes de piedra, hoy de cemento– hasta que llegamos al río, que antaño había sido lugar de molinos, y al enorme salto de agua, encajonado entre altas rocas en un entorno natural impresionante. Nos dejamos mojar por la espesa nube de agua que provocaba la "facchita", mientras nuestra amiga nos contaba algunas de las leyendas asociadas a la cascada, como la del caldero de oro escondido en su seno, que muchos aún siguen buscando y que, según cuentan, brama algunas noches.

A la vuelta, nuestra anfitriona nos contó un poco de la realidad cultural de la región. Sin bibliotecas en las comunidades, con pocos programas de educación bilingüe, con varios esfuerzos pequeños y poco organizados, con muchas manos extranjeras que venían a ayudar y terminaban yéndose sin haber hecho ningún cambio en la realidad... la gente de Peguche parecía pedir una biblioteca a gritos. Según nos contaba, antaño había existido una colección indigenista en Otavalo, en desuso en la actualidad.

Parecía haber muchas cosas que antaño existían pero que ya no. Mientras oía todo eso, pensaba en las miles de manos inútiles, en los miles de colegas que no saben qué hacer con su profesión, en los miles de estudiantes que no saben hacia donde encarar sus estudios o ni siquiera pueden decir por qué estudian bibliotecología. Pensaba en los grandes discursos de los grandes personajes, pensaba en tantas reuniones sin sentido, en tantos imbéciles escribiendo sandeces, en tantos libros que siguen olvidando a los olvidados, silenciándolos aún más. Pensaba en tanta hipocresía, en tantas vidas desperdiciadas en pos de sueños que no sirven, cuando hay sueños reales que sólo necesitan un empujoncito para nacer y florecer, un empujoncito que nadie se molesta en darles.

Pensaba en todo eso, y, como siempre me ocurre, sentí náuseas, y una rabia enorme, y una frustración infinita.

Bajábamos de la cascada, saludando "ñanda mañachi" aquí y allá y conversando sobre escuelas, educación, problemas comunitarios, celos de una familia por los recursos y el bienestar de la otra (algo que no solía ocurrir, pero que llegó de la mano de la "cultura" moderna), cuando nos encontramos el más clásico ejemplo de "turista extranjera" que nos podíamos cruzar en el camino: una estadounidense. Sin siquiera molestarse en pronunciar una palabra en castellano, nos abordó en inglés diciéndonos que buscaba cierta tienda de telares y textiles. Criticando sin cesar todo lo que había visto y oído, nos pidió ayuda para encontrar el lugar, pues quería regatear y conseguir precios baratos por artesanías que valían una fortuna, al menos en horas de trabajo. Llegados al sitio, quiso comenzar el regateo, pero decidimos dejarla librada a su suerte. Nos pareció horroroso que se ofreciera tan poco dinero por artesanías que costaban un enorme esfuerzo y en las que el tejedor –que trabajaba a la vista– ponía lo mejor de su técnica y de su arte. Nos pareció enfermizo comparar esas obras con las baratijas –ciertamente regateables– de los mercadillos de turistas. Y nos pareció honestamente asquerosa la actitud general de esa persona, aún cuando sabíamos que son miles los visitantes extranjeros que la mantienen, en Ecuador y en cualquier sitio. Quizás un poquito de educación no les vendría nada, nada mal.

Al final del camino de regreso me tropecé con una casa en la que, en forma totalmente, artesanal, se fabricaban instrumentos, así que decidí entrar para curiosear precios, elementos y ambiente. Entramos, al grito de "minga chiway!", a un patio interno en el cual se acumulaban atados de cañas de distintos grosores y tamaños, mientras que, en una pared, se exhibía el trabajo terminado: rondadores, zampoñas, quenas, mohoceños, tarkas, quenachos, pífanos, flautas traversas... El artesano estaba ausente, y mientras la esposa me explicaba, en quechua, un poco de la labor realizada por su esposo, yo disfrutaba viendo el banco de trabajo, imaginando las manos callosas eligiendo los distintos tubos, probando su vibración y su sonido, limpiándolos. No, ni averigüé precios ni regateé nada: sencillamente disfruté de una imagen que, en otras partes de nuestro mundo, ya se ha perdido, y que aquí aún sobrevive.

Antes de nuestra partida, la familia Huenala nos obsequió un almuerzo con carne de conejo, plato que no se consume todos los días en Peguche. Mientras Sara participaba activamente en la cocina, revolviendo pailas y compartiendo recetas e historias, yo preparaba la mesa y los bancos, pensando que aquella estadía en Peguche había sido, hasta el momento, lo mejor que habíamos experimentado a lo largo del viaje: quizás por su pureza cotidiana, quizás por su simplicidad, quizás por su autenticidad, quizás por todo lo que aprendimos, todo eso que jamás aprendimos ni vimos en uno de los tantos Congresos profesionales a los que asistimos. No... Las cosas importantes no están en los sitios "importantes": están a la vuelta de la esquina, en lugares como aquella casita de Peguche. Son las motas de felicidad que nos tocan sin avisar.

Almorzamos comiendo con la mano, sin cubiertos de ningún tipo. Fue ensalada, trozos de conejo frito, papa y maíz recién cosechados de la chaqra, y agua por todo líquido. Nos marchamos poco después, bajo una lluvia mansa que había salido desde detrás del Imbabura horas antes, casi por sorpresa. Al subirnos al pequeño bus de la empresa "Imbaburapak" que nos llevaría a Otavalo, nos sentimos, por vez primera en nuestras vidas, realmente distintos: todos los pasajeros eran indígenas, vestían su indumentaria tradicional, y el único idioma que se oía era el quechua. Sin embargo, las miradas eran amables, risueñas quizás, educadas siempre. ¿Cuántos citadinos occidentales pueden enorgullecerse de ser tan respetuosos con aquellos que son "distintos"?

Desde Otavalo, un cómodo coche nos llevaría a Quito, en donde nuestros amigos Gloria Añazco y Eduardo Proaño nos recibirían para disfrutar de una deliciosa "merienda" (que cumple el papel de nuestra "cena") y llevarnos al hotel en el que residiríamos en la gran ciudad. Al día siguiente –que también pronosticaba lluvia– saldríamos a conocer el casco histórico de la villa. Quedábamos, así, a la espera del desarrollo del último congreso de nuestra lista, el IX Encuentro de Bibliotecarios Ecuatorianos. Pero esta es otra historia para otra entrada de esta bitácora...

Un abrazo...

Ilustración.

enero 12, 2007

Diario de viaje (14 de 28): a los pies del “taita” Imbabura...

Diario de viaje (14 de 28): a los pies del

Por Edgardo Civallero

Ecuador siempre representó, en mi imaginario personal, un país maravilloso. Me crié muy lejos de mi tierra natal, como un inmigrante latinoamericano más de todos los que poblaron tierras españolas en los 80. Allí, mis mejores amigos –aquellos con los que comencé a tocar música en las calles– eran ecuatorianos, indígenas quechuas de la región de Otavalo. En las largas horas que compartíamos no hacían más que hablar de la belleza de sus campos, de sus montañas, de sus mujeres, de sus mercados, de sus comidas... Con ellos aprendí la lengua quechua y la magia de las flautas y las cuerdas andinas.

Una de las promesas que me hice al retornar a Sudamérica, a finales de los 90, fue visitar los valles de los que mis amigos hablaban con tanta emoción, con ese brillo en los ojos que denotaba la nostalgia y los recuerdos. Sería recién ahora, a lo largo de este viaje de miles de kilómetros y decenas de horas de bus, cuando podría, por fin, cumplir mi deseo.

Llegamos a Quito después de 36 horas de trayecto que demolieron lo poco que quedaba de nuestras estructuras corporales. La fatiga nos había quitado muchos ánimos y había disminuido un poco nuestro buen humor, aunque no por ello dejábamos de mostrarnos animosos ante los horizontes que se presagiaban. Abrimos los ojos en un paisaje de montañas pobladas de praderas, arboledas inmensas, altas cumbres y valles alfombrados de todos los verdes que puedan imaginarse. Aquello era un cambio radical de temperaturas y ambientes que nuestras pupilas –habituadas ya a la dureza del desierto– agradecieron en cierta forma. Esas tierras altas que cruzábamos nos hablaban de agua, de lluvia, de nieblas, de vida...

Llegamos a Quito el sábado 18 de noviembre, muy tempran.. Nuestro conocimiento de aquella ciudad era nulo, pero afortunadamente teníamos amigos que nos estaban esperando. Ellos dos –Gloria Añazco y Eduardo Proaño, bibliotecarios y excelentes compañeros– nos abrieron las puertas de su casa y de su familia, y nos adoptaron como hermanos e hijos, incorporándonos automáticamente a sus actividades. No creo que haya forma de agradecer la infinita amabilidad, la cordialidad, el cariño y el respeto que nos prodigó esa familia, cada uno de sus miembros, durante el tiempo que compartimos con ellos. Baste decir que hay cosas que nunca se olvidan, risas y abrazos que quedan siempre marcados en un rincón del corazón, a la espera de ser revividos y disfrutados nuevamente.

Recibidos en forma tan hermosa, nuestro cansancio se disipó, y luego de un desayuno y una merecida ducha, decidimos –en forma bastante abrupta, como suelen ser todas nuestras decisiones relativas a viajes– que visitaríamos Otavalo. Aquí es preciso detenerse un minuto para comentar que las sociedades de habla quechua del Ecuador se subdividen en distintos grupos, uno de los cuales es el otavaleño, es decir, el que se asienta en la ciudad de Otavalo y en las comunidades que se arremolinan a su alrededor. Estas gentes poseen una personalidad tremendamente fuerte: conservan sus tradiciones, su indumentaria, sus costumbres y su lengua, pero a la vez son muy dinámicos y progresistas, y son aquellos que han viajado al exterior para vender sus artesanías y para promocionar la música y los sonidos andinos por el mundo. Las trenzas y los ponchos azules de los hombres son un signo distintivo de estos comerciantes-artistas de piel cobriza y acento dulce (aún cuando hablan castellano, el acento de su quechua inunda cada frase). Cada comunidad se ha especializado en una artesanía distinta, y cada miembro de la misma está muy orgulloso de su pertenencia, existiendo disputas tradicionales entre pueblos.

En fin: Otavalo, junto con Ibarra, son las dos urbes más importantes de la zona. El resto son pueblos, villas y comunidades campesinas esparcidas entre las montañas, al pie del padre ("taita") Imbabura y de la madre ("mama") Cotacachi, dos volcanes que suelen estar, sino cubiertos de nieve, al menos tapados por las nubes de tormenta.

El valle de Otavalo (llamado poéticamente "el valle del amanecer") es foco de artesanos, músicos y tradiciones. Los sábados, la ciudad es centro de un mercado de artesanías y productos famoso en el mundo entero (al menos, entre los viajeros conocedores). Queríamos aprovechar aquella oportunidad única para visitar tanto el valle como la ciudad en día de mercado, pues en ese momento se concentran gentes de comunidades circundantes que bajan a la ciudad para mercar sus comestibles por telas, sus telas por granos, sus granos por animales, sus animales por cerámicas y así sucesivamente. Podríamos ver instrumentos, comer algún plato tradicional, observar vestimentas típicas, oír mucho quechua, oler aromas y vislumbrar colores con siglos de historia y, en definitiva, escuchar como latía la sangre indígena en el corazón de América. Además, cumpliría un sueño personal, pisando las calles que mis antiguos amigos habían caminado desde niños.

Así que, al tiempo que decidíamos viajar, preparábamos un equipaje mínimo, mientras nuestros anfitriones nos buscaban un contacto en el pueblo de Peguche, pequeña comunidad nativa cercana a Otavalo. El contacto sería una maestra llamada Elena Huenala. Y el viaje se concretaría media hora después, cuando nos subíamos al bus que treparía por las sierras que rodean la enorme urbe de Quito, dejando a un costado al volcán Wawa (hijo) Pichincha, que domina la capital ecuatoriana, activo aún, y que de vez en cuando la cubre de cenizas.

No, no tuvimos tiempo de conocer el centro quiteño, ni sus calles coloniales, renombradas por su belleza. Pero ya lo haríamos en días sucesivos. Ahora, embarcados en una nueva pequeña aventura –las que más disfrutamos– veíamos desfilar ante nuestros ojos las casas con tejas que caracterizan a aquel valle del norte, y las vacas, y los pastizales fecundos, y las huertas y cultivos, y las cimas andinas dominando todo. En aquel trayecto recordaba que aquellas habían sido tierras que resistieron por años el embate incaico, que luego habían sido parte del Chinchaysuyu gobernado por Huáscar, el malogrado hermano de Atahualpa. Y que luego no fueron más que un dominio más de la corona hispana. Un dominio que siguió el destino de los virreinatos americanos hasta que el movimiento iniciado por Bolívar y continuado por sus generales alcanzó aquellas lomas y aquellos valles y logró la independencia.

El camino era una ruta zigzagueante que llevaba, como destino final, a la ciudad de Tabacundo (más al norte de Otavalo) de donde procedía uno de los sanjuanitos más famosos del Ecuador: "Tabacundeña". Los sanjuanitos son ritmos musicales propios de aquella zona; originalmente se interpretaban en las fiestas de San Juan, pero luego se volvieron algo así como un "himno" de la música folklórica andina. El sonido de sus instrumentos, especialmente el del rondador (una flauta de pan de estructura y timbre similar a la usada por los afiladores callejeros de cuchillos) le da un toque que lo caracteriza en forma particular.

Otavalo ya mostraba una actividad ajetreada cuando nosotros nos bajamos –bostezando y estirándonos– del cómodo bus. No sabíamos ni en dónde estábamos ni dónde teníamos que ir, pero un poquito de experiencia en el asunto nos empujó a seguir a la multitud. Así que comenzamos a seguir a las mujeres, vestidas con sus blusas más coloridas y sus faldas monocromáticas, y cargadas con enormes fardos atados con telas de tonos brillantes, y a los hombres que acarreaban cajas, y a muchas abuelas que guiaban una cohorte de niños (los más educados que vimos en todo el viaje) vestidos también con sus trajes típicos. Mientras andábamos aquellas callejas ya cubiertas de vendedores, gritos, invitaciones a comprar hechas en quechua o perfecto castellano y aromas de comidas recién preparadas, nos preguntábamos si todo aquello no sería más que un circo preparado para visitantes como nosotros. Pronto entenderíamos que no, que aquello era una celebración a las costumbres, a la vida tradicional que esos pueblos decidieron mantener... sin por ello renunciar a la modernidad.

Caminamos un rato, pues, dejándonos llevar por aquel flujo humano que iba y venía a sus quehaceres, esperando llegar, en algún momento, a la "Plaza de los Ponchos", es decir, al Mercado Artesanal. Hay tres mercados en Otavalo los sábados: el de productos, el de animales y el de artesanías. El último es el recomendado a todos los turistas. Pero la mano de alguna deidad –sabedora de que no somos turistas comunes– nos guió hacia el mercado de productos, es decir, el que nunca pisan los extranjeros porque está destinado a la venta y trueque local de frutas, verduras y otros comestibles y elementos. Allí desembocamos, en una especie de mercado techado que ocupaba una manzana entera... y allí nos quedamos casi toda la mañana, caminando muy despacito, recorriendo cada metro, parando en cada puesto para observar aquella profusión de tactos, formas y colores que nos eran desconocidas o que, de ser conocidas, eran bien diferentes de lo que teníamos en España o Argentina. De alguna radio salían sanjuanitos, y de todas las calderas y ollas que hervían en el corazón del mercado –en el Comedor– salían olores que anticipaban un delicioso almuerzo. Desde semillas a fideos secos, desde cangrejos que aún se movían (y que eran vendidos en atados por algunos jóvenes) hasta los productos de los negros del Chota (uno de los grupos de origen africano que aún quedan en Ecuador), desde mangos tropicales al arroz (infaltable elemento en la cocina ecuatoriana), todo estaba allí, expuesto. Las vendedoras, que charlaban animadamente en quechua, nos miraban con la misma curiosidad con la que nosotros admirábamos sus adornos y trajes. Los refrescos de mil frutas, las malteadas y los batidos coloreaban aún más los mostradores de los vendedores.

El comedor –la zona central de aquel mercado cubierto– era una serie de largos mostradores-mesas tras los cuáles las cocineras se afanaban sobre los hornillos de gas para terminar de preparar las fritadas (trozos de carne de vaca o cerdo fritos), las tortillas (bolas de puré fritas, a veces con agregados de verduras o chicharrones), el pollo, el "seco de res" (guisado a base de carne de vaca) y otras delicias que componían la gastronomía local. Suponíamos que en muchas comunidades, el mero hecho de comer carne era una fiesta: al igual que en Argentina, los campesinos que crían animales los cuidan como su mayor capital, matando alguno para alguna fecha particular, como algo muy especial. Así que aquel comedor ofrecía, por un dólar, platos que no eran degustados a diario precisamente.

Allí nos sentamos a la hora de comer, dos más entre aquella muchedumbre que comerciaba, se contaba las últimas noticias, comía o descansaba de una larga mañana de caminata y compras. Aún estábamos convencidos de estar en el mercado artesanal turístico, y nos asombraba no ver a ningún otro extranjero.

Salimos de aquel mercado deleitados, y mientras Sara se detenía junto a una madre para aprender cómo hacían las mujeres para atarse los niños a la espalda con sus rebozos, yo intentaba comprender aquel idioma indígena tan bello, que yo hablaba despacito, despacito, y que me resultaba difícil a aquella velocidad. "Alli punzha... Imanallataq kanguichiq, wauqekuna?" (buen día... ¿cómo estáis, hermanos?) se escuchaba por allí... Era realmente emocionante escuchar hablar así, en forma corriente, una lengua tan valiosa como aquella. Era estar disfrutando una parte tremendamente importante de nuestra identidad, de nuestro patrimonio cultural.

Nuestros pasos nos llevaron por las calles adyacentes, en donde se alineaban docenas de puestos de artesanías, esta vez destinados a turistas y visitantes, aunque la calidad de lo vendido era excelente: tallas en madera, instrumentos musicales, CDs, textiles, metalurgia... Poquito a poco, probando un charango aquí, curioseando algunas ropas allá, mirando algo de música acullá, fuimos avanzando hasta llegar a la "Plaza de los Ponchos", en donde nos encontramos con todos los extranjeros, y en donde finalmente comprendimos que, en vez de realizar el circuito turístico, habíamos seguido el circuito local. Lo cual, al fin y al cabo, nos hizo muy felices, porque era algo más adecuado a nuestra idiosincrasia.

Paseamos un rato más por Otavalo, y nos sentamos un largo rato en la plaza Rumiñawi, en donde se alza una cabeza descomunal en honor al general inca, cuyo nombre significa "ojo de piedra". Llegando allí, recordé una canción del grupo otavaleño Charijayac, que, cuando yo era sólo un jovencito, compuso el tema "Otavalo y punto", en el cual decía "construyendo el Parque Rumiñawi". Cuando, con mis amigos músicos, oía ese tema allá en España, tan lejos en tiempo y espacio, me comentaban que aquella plaza estaba en construcción, y que hubieran deseado estar allí para verla inaugurada y poder pasear de la mano de sus enamoradas, o con sus hermanos y madres. Estar allí, parado en aquella plaza ya construida, fue pensar en aquellos otavaleños que estaban tan lejos, en aquel muchacho que fui, en todos los sueños y las ganas de visitar aquella ciudad que había tenido a lo largo de todos estos años. Y pensé que, de una forma o de otra, la vida nos va dando las oportunidades para hacer las cosas. Y, si a veces esas oportunidades llegan tarde (a nuestro entender) quizás sea porque llegan en el momento más oportuno para que sepamos apreciarlas y disfrutarlas.

Atardecía cuando buscamos un taxi que nos llevara a la vecina población de Peguche, en donde la amiga Elena Huenala nos había ofrecido alojamiento. Peguche es una pequeña población de raigambre campesina, emplazada a los pies de la inmensa mole rocosa del Imbabura. Es muy conocida por ser nido de artistas y músicos, y por sus producciones textiles, comercializadas en el mundo entero a través de sus incansables vendedores itinerantes. Es una población muy cercana a Otavalo: podríamos haber ido caminando fácilmente pero las nubes que cubrían las cumbres amenazaban con descargar tormenta, así que buscamos posada cuanto antes.

Encontrar a Elena, su casa y su familia fue fácil. Enamorarnos de todo ello fue más fácil aún. Pasaríamos con ellos esa noche y el día siguiente. Pero de todo ello les hablaremos en la próxima entrada, pues ese día –quizás el más hermoso de todo nuestro viaje– merece un tratamiento especial.

Desde una Córdoba estival, plagada de mosquitos voraces, les hacemos llegar un abrazo...

Ilustración.

enero 10, 2007

Diario de viaje (12-13 de 28): “la bibliotecología es un trabajo rutinario”

Diario de viaje (12–13 de 28):

Por Edgardo Civallero

El martes 16 de noviembre comenzamos otro viaje de 36 horas en otro bus perteneciente a la empresa "Ormeño". Era una de las pocas que las oficinas de turismo en Lima recomendaban para realizar ese trayecto internacional (no quisimos imaginar cómo era el servicio de las demás). Antes de partir de la ciudad, aquella mañana, dejamos de lado la visita a otros museos (habíamos pospuesto el recorrido por el Museo de la Nación y el del Oro) para participar en un conversatorio en la Biblioteca Pública de Lima, situada en pleno centro, en el antiguo edificio en donde se ubicara, previamente, la Biblioteca Nacional, y en el que también existiera, en su momento, una Escuela de Bibliotecología. La invitación para el conversatorio venía de parte de la colega Rosa María Merino, interesada en mostrarnos su lugar de trabajo a la vez que generaba la oportunidad de intercambiar ideas y experiencias entre profesionales peruanos y nosotros, cargados con historias de otros horizontes sudamericanos.

El edificio donde se situaba la Biblioteca era verdaderamente hermoso, con una fuerte influencia clásica en sus altas paredes, sus elegantes escaleras y su jardín interno. Contaba, además, con todos los servicios esperables en la unidad pública de una gran ciudad.

Las salas estaban invadidas por una multitud de jóvenes y adultos que estudiaban, buscaban información o simplemente leían como pasatiempo. El área infantil, preciosa y muy bien organizada, fue el marco de nuestro encuentro.

Durante la primera parte de nuestra conversación, charlamos sobre el tipo de problemas que enfrentaban tanto las bibliotecas peruanas como las argentinas, encontrando que, en general, se trataba de situaciones parecidas a lo largo de toda Latinoamérica: carencia de recursos, algunos errores, muchas deficiencias. Sin embargo, en la segunda parte, otra colega peruana –que trabajaba en forma independiente implementando software de acceso abierto en bibliotecas de la Sierra Central– se unió a nosotros. La discusión –muy acalorada– entre ella y el encargado de su área de trabajo en la Biblioteca Pública puso fin... al conversatorio. De su debate –a lo largo del cual salieron a relucir temáticas internas que, definitivamente, no eran de mi incumbencia– lo que más nos sorprendió fue la afirmación del colega de la BP, que sentenció que "la bibliotecología es un trabajo rutinario". El buen hombre recalcó su posición agregando que nuestro trabajo no era más que una serie de tareas repetitivas y de poca importancia y complejidad, sin innovaciones ni sorpresas. Tales palabras nos dejaron a Sara y a mí con la boca abierta, mientras nos preguntábamos como es que tales "personajes" ocupan altos cargos bibliotecarios trabajando en forma totalmente improductiva, sin defender, hacer o lograr nada, sino, por el contrario, dañando a nuestra profesión. En Argentina conozco algunos ejemplos de estos elementos. En realidad, los he encontrado en todas partes: personas que no muestran ni respeto ni estima por sus cargos, su disciplina o su trabajo, y que no hacen nada que no sea su propia conveniencia, y la autoalabanza de su propio [ineficiente] trabajo en los lugares y los momentos adecuados.

De todas formas, conocer aquella biblioteca fue un verdadero placer. Fue nuestra última visita profesional antes de despedirnos de Rosa María y subirnos al bus que nos sacaría de Lima y nos conduciría hacia el norte del país.

El paisaje costero del norte de Perú era muy parecido al de las regiones meridionales que ya habíamos cruzado durante nuestro viaje a Lima: desiertos cortados aquí y allá por valles que eran verdaderos oasis en el medio de esas áreas arenosas y resecas. Las costas continuaban exhibiendo su asombrosa profusión de tonalidades azules, con islotes de rocas negruzcas arañando las interminables playas de arenas claras, ensombrecidas por las alas de los rabihorcados y las gaviotas. El bus era, nuevamente, incómodo, sucio y ruidoso, características compartidas por la mayoría de los buses de "Ormeño" a los que nos subimos.

La noche nos alcanzó cerca de Trujillo. Nos detuvimos en un punto indeterminado, a las afuera de una ciudad. Mientras Sara intentaba descansar un poco, me senté al costado de la ruta, en la oscuridad. A lo lejos, las luces de la urbe teñían el cielo con tonos anaranjados. Desde allá me llegaban ritmos afroperuanos, cruzando el aire, voces que cantaban, palmas... Recordé que las elecciones municipales tendrían lugar en tres días en todo el territorio peruano. Y pensé que quizás, al igual que ocurre en Argentina, algunos candidatos no tenían mejor forma de ganar votos que ofrecer música, bebida y comida a la gente, evitándoles, de paso, el duro trabajo de tener que meditar sus programas electorales (por lo general, ridículamente vacíos). Pero la política en nuestros países suele funcionar de esta forma: en algunas regiones del mío, aún hoy, los votos se compran con un asado y unas botellas de vino; en muchas otras ni siquiera se compran: se fuerzan. Muchas veces me he preguntado si tenemos los gobiernos que merecemos. A veces, cuando veo la estupidez de los votantes, me inclino a creer que quizás sí.

Al amanecer del siguiente día aún estábamos cruzando la línea costera peruana, dunas y más dunas y algunas poblaciones. A la hora del almuerzo llegamos a Máncora, un centro que explota la belleza de sus playas y la fuerza de sus vientos para atraer turistas. Los visitantes extranjeros eran muchos: sus velas de windsurf cortaban las crestas de las olas. Mientras los pasajeros del bus almorzaban, nos hicimos una escapada para pisar un poco de arena de aquellas playas y dejar que el agua de mar nos cubriera de sal los cabellos. Nos habían comentado que Máncora era el sitio en el cual algunos presidentes de la Nación pasaban sus vacaciones. La infraestructura es adecuada, los restaurantes ofrecen lo mejor de la pesca de la zona, y las artesanías muestran trabajos realizados en concha y nácar. En fin, todo un entramado dispuesto para que el visitante se encuentre a gusto. Sin embargo, cruzando las espaldas de los hoteles y los comercios, nos encontramos con la Máncora real, las casas de los hombres que venden chucherías por un dólar, la de los niños que ofrecen sus servicios, la de las mujeres que cocinan en los restaurantes. Casas de muros de caña en medio de los arenales de la playa, con sus ropas colgadas al viento...

Cuando nos acercábamos a la frontera con Ecuador, la ruta se separó abruptamente de la línea costera y se internó en una región poblada de arrozales y palmeras. El verde brillante de aquellos cultivos de arroz me trajo a la memoria similares estampas entrevistas en amaneceres neblinosos en Seúl, saliendo de la isla de Incheon. La presencia de grandes ríos en aquella zona permitía la irrigación artificial de los extensos campos, limitados por filas de cocoteros y enmarcados por las siluetas violáceas, lejanas aún, de las sierras andinas. Evidentemente, el paisaje había dado un cambio radical, presagiando las extensiones de cultivos tropicales que nos esperaban en el sur de Ecuador (y que no podíamos apreciar en el viaje de ida porque los cruzaríamos de noche). Definitivamente, comprendimos que la infinidad de paisajes, de vistas, de visiones, de colores y de ambientes que exhibía nuestro continente jamás dejaría de asombrarnos con alguna nueva sorpresa. Y nos sentimos, de alguna forma, afortunados por tener la posibilidad –a pesar de las incomodidades que pagábamos como costo– de poder admirar aquellos cambios, aquellas progresiones de verdes y pardos, aquellos arenales y cocoteros, aquellas costas y montañas.

Dicen que se ama lo que se conoce. Nosotros nos estábamos enamorando de aquellas tierras, a pesar de las cicatrices y las heridas abiertas que mostraba por sus cuatro costados. Si algo me enseñó el amor, es que hay que querer todo, no la parte que más nos convenga o guste. Quizás este sea uno de los más graves errores de los latinoamericanos.

El cruce fronterizo entre Aguas Verdes (Perú) y el lado ecuatoriano fue caótico. La frontera no está claramente definida: hay que detenerse en dos o tres puntos, para sellar el pasaporte, para los controles de aduana y para chequear nuevamente los pasaportes. Los problemas, quizás, estriban en que aquellos que cruzan por su cuenta (y no como nosotros, que cruzábamos orientados por la gente de "Ormeño") se arriesga a caer en manos de algunos individuos que se ofrecen para guiarlos y ayudarlos con los papeles dentro de aquel laberinto de oficinas tan distantes unas de otras, en el marco de dos pueblos que son verdaderamente caóticos. Estos individuos piden un precio al principio, y luego de cumplido el trato piden otro, usualmente un 800% más alto, y lo cobran ayudados de amenazas y la colaboración de algunos compinches malencarados. Supimos de compañeros de viaje que perdieron 100 dólares de un solo golpe, gracias a las argucias de estas personas. Por ende, desoímos el "canto de las sirenas" que nos ofrecían sus servicios cada tres pasos, y nos subimos sin novedad al bus, cuando ya comenzaba a caer la tarde.

El día siguiente nos encontraría en Quito. Pero esto será tema para nuestra siguiente entrada.

Ilustración.