Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

marzo 29, 2007

Hay libros malos...

Hay libros malos

"(...) hay libros malos (...) que no se merecen que los recordemos. El olvido es su mejor castigo y nuestra mejor defensa." [1]

Por Sara Plaza

Vaya, vaya, vaya... ¿Será cierto? Porque si es cierto, Matilde de Anjou no debería de estar muy de acuerdo con las palabras que leíamos en la entrada anterior de este blog:

"Recordar no ayuda a entender. Tampoco a perdonar. Recordar ayuda, precisamente, a no olvidar lo sucedido. (...) Recordar ayuda a saber qué queremos y qué no queremos para nuestras vidas, para nuestros futuros... (...) Biblioteca y memoria son palabras asociadas íntimamente. (...) Si deseamos que la memoria siga celebrándose, hagamos de esta celebración un hecho cotidiano, y de nuestras bibliotecas un espacio de memoria."

Mientras para su autor el olvido tiene que ser superado y la memoria revitalizada, la abadesa de Fausse-Fontevrault considera que el recuerdo nos perjudica. Sin embargo, ambos otorgan mucha importancia a sus guardianes: los libros en boca de Matilde, las bibliotecas en palabras de Edgardo.

No es la abadesa la única que siente temor, son muchas las personas que tiemblan con cierta información en sus manos, con el descubrimiento de un secreto, de un misterio mejor o peor guardado... ¿Por qué? ¿Por qué asusta tanto lo que podría pasar si se tiene conocimiento de ellos?

Leía en la citada novela de Rosa Montero que "el terror gana batallas pero pierde las guerras, porque en el corazón de los humanos hay un irreprimible anhelo de libertad". No lo dudo. No queremos que nos aten, no queremos estar apresados, no queremos ser ni mudos, ni sordos, ni ciegos. Sin embargo, hay algo que nos da miedo.

Creo que es la responsabilidad de ser libres, creo que tiene que ver con la posibilidad de elegir, de escoger, de pensar, de decir, de actuar. Creo que está relacionado con atreverse, con intentar, con trabajar. Creo que hace referencia a nuestra dignidad, a nuestro coraje, a nuestro plantarnos frente al mundo.

Y sí, por supuesto que puede llegar a asustar, pero bajo ningún concepto debería ese miedo paralizar nuestras ilusiones, encadenar nuestros sueños, silenciar nuestros anhelos... No debería impedirnos recordar que somos porque otros han sido antes que nosotros, y que no dejaremos de ser cuando otros lo sean después.

La memoria nos mantiene vivos. Yo no estoy de acuerdo con las palabras de Matilde. Es cierto que hay libros malos, pero el poder para perjudicarnos se lo damos nosotros. Por eso precisamente, se vencen muchas batallas con el terror... Pero la guerra, o mejor dicho, la paz, sólo se gana cuando ese miedo es superado.

No están leyendo a una persona especialmente valiente, pero dicen los que me conocen que soy fuerte. Tal vez me ha endurecido un poco la vida, pero no por ello dejo de sentir curiosidad, ni las cicatrices me impiden tener muchas ganas de seguir viviendo, de ser libre y de continuar soñando.

Las cicatrices surcan países, continentes, el mundo entero ¿Cómo no iba a tener unas pocas yo misma? En las páginas de los libros, en los estantes de las bibliotecas, en la madera de una guitarra, en las cañas de un siku, en la piel y el corazón de cada uno de nosotros hay tantas...

La memoria duele, sí, el recuerdo hace daño, sí, pero ese poder, como queda dicho para los libros, no les corresponde ni a la una ni al otro, ese poder se lo otorgamos nosotros. Sin embargo, si olvidamos, ya no podremos volver a ejercerlo, y tampoco tendremos oportunidad de sanar nuestras heridas.

Quedarán nuestras venas abiertas, como las de América Latina, quedará nuestro presente tan ensombrecido como lo está nuestro pasado, como lo estará nuestro futuro si no nos decidimos, de una vez por todas, a hacernos mayores, a crecer y empezar a saber aquellas cosas que preferiríamos ignorar [2].

Ese crecimiento, ese paso adelante, ese mirar atrás, tiene que enseñarnos algo, tiene que servirnos, que sernos útil y, como dijera María Zambrano, mientras caminamos "hay que tener el corazón en lo alto para que no se hunda, para que no se nos vaya. Y para no ir uno mismo haciéndose pedazos".

Se habrán dado cuenta que ahí arriba es donde yo tenía el corazón cuando comencé a escribir estas líneas. Habrán notado incluso, cómo latía. Y es más que seguro que habrán percibido lo rápidamente que agarré mi lapicera y el ratito que aún estuve buscando un trozo de papel.

Me llevó su tiempo encontrar un pedacito usado, una servilleta, un cachito de diario [3], y comencé derramando la tinta a sabiendas de que muy pronto se ahogaría en los márgenes de ese espacio blanco, gris, ocre, más o menos arrugado, mejor o peor cortado, que albergaría sentimientos, palabras de una novela, citas y un poema.

Lo curioso es que me va a quedar una historia sin final, no porque no quepa en este mosaico de retales, sino porque les pertenece a ustedes. Empiezo este tipo de historias una y otra vez. Es como si al pensarlas, al soñarlas o imaginarlas pudiese hacerlas más reales, traerlas frente a mí, colocarlas un instante al alcance de mi mano... y ponerlas al siguiente entre las suyas.

Pero lo verdaderamente maravilloso es que la tinta pueda evocar un horizonte, y este collage desnudar la distancia y dejar mis líneas frente a la presencia anhelada. La de ustedes. La de esos ojos, esas manos, esos oídos y ese corazón que las lean, que las acaricien, que las escuchen y que las sienta.

La biblioteca, los libros, mi lapicera, sólo dejarán un rastro de nostalgia si avanzan con miedo. Yacerán silenciosos si sus estantes, sus páginas y sus pasos se ocultan, si con ellos, en lugar de aflorar, se hunden un poco más nuestros recuerdos.

Por eso tenemos que lograr que el papel, o esta ventanita que hoy nos une, así como los diferentes soportes de nuestra frágil memoria, se vuelvan músculo y se sienta su latido. Tenemos que leer, tenemos que escribir, que hablar, que cantar... Tenemos que vibrar con las palabras y los sonidos.

Para ello es necesario que también escuchemos el silencio. Es importante que no olvidemos, que no dejemos de saber, que no perdamos la memoria. Es importante que recordemos, que conozcamos. Porque si no lo hacemos, estaremos convirtiendo en ciertas las palabras de Jaime Sabines ("Horal"):

El mar se mide por olas,
el cielo por alas,
nosotros por lágrimas.
El aire descansa en las hojas,
el agua en los ojos,
nosotros en nada.
Parece que sales y soles,
nosotros y nada...

Recuerden: la fuerza de los libros –y la de la memoria– no la albergan sus páginas, sino nuestros corazones y nuestras mentes agitándose al escribirlas, al leerlas, al pasarlas y desgastarlas. Sin embargo, en ellas y en cada una de sus arrugas (como en cada una de nuestras cicatrices y en las que recorren nuestro planeta) está el rastro, el recuerdo, de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que podemos llegar a ser un día.

[1] Así habla Matilde de Anjou, la abadesa de Fausse-Fontevrault, en la novela "Historia del rey transparente" de la escritora española Rosa Montero (Alfaguara, 2005, pp. 374–375).
[2] Adaptado de Montero, op.cit., p. 306.
[3] Mis notas no saben de estrenos, y les sienta bien la ropa de segunda mano.

Ilustración.

marzo 26, 2007

Memorias...

Memorias

Por Edgardo Civallero

El sábado 24 de marzo –feriado nacional en Argentina, declarado "Día de la Memoria"– comencé a revolver y revisar entre mis CDs –costumbre de músico viejo– rebuscando entre algunas antiguas placas que siempre hicieron mis delicias. El día amaneció lluvioso en Córdoba, una mañana especial para mates calientes (clásica costumbre argentina), buena música y algo de trabajo. Del álbum "Morena Esperanza" de los chilenos de "Illapu" surgió esta letra, ya casi olvidada.

En esta tierra donde nacimos
me da tristeza lo que vivimos...
¡Cuántas promesas de nuevos días
y la justicia no se avecina...!
El sol que viene de amanecida
no lo vislumbro, con tanta herida
que sigue abierta en la memoria.
Está de luto toda la historia.
Estoy atento por si algún día
un nuevo viento llega a mi vida
¡Qué los culpables cumplan condena
y las promesas se vuelvan ciertas...!

Era "Por si algún día". Poco después apareció "Tres versos para una historia", del álbum "Vuelvo amor, vuelvo vida", del mismo grupo.

Usted me busca, y no me encuentra,
pero yo estoy aquí, soy como usted...
No he desaparecido. Yo soy reflejo vivo.
Escucho trenes deprisa y gritos de vendedores...
Juan terminó la escuela,
y, aunque muy tarde sea,
irá buscando la verdad.
Usted y él me encontrarán.
¿Ves?, yo estoy aquí
dónde jamás me fui.
Estoy aquí, y a veces canto.
Te puedo ver, sola, bailando...
Para que nadie pierda la memoria,
porque soy parte de esta historia.
Están mis hijos, mi mañana

León Gieco cantó después, cuando ya el mate se enfriaba sobre mi escritorio. En "Mensajes del alma", del álbum del mismo título, clamaba contra los militares argentinos y contra los curas que los bendijeron mientras ellos asesinaban.

¿Qué piensas cuando te hablo de todo lo que pasó?
¿Viste que todas las cosas se saben con el tiempo?
Suelto y aun viviendo, el católico que bendijo
ya perdió hace mucho tiempo su lugar en el cielo.
Todos los días que te lleve saber cómo esto fue
te servirán para ser, en otro tiempo, algo más libre.

¡Que dignidad tan grande es la de creer siempre en la vida
con solo ver una flor brotando entre las ruinas!

Y luego, del álbum de Gieco "Bandidos rurales" rescaté "La memoria":

El engaño y al complicidad
de los genocidas que están sueltos...
El indulto y el "Punto Final"
a las bestias de aquel infierno.
Todo está guardado en la memoria,
sueño de la vida y de la historia.
La memoria despierta para herir
a los pueblos dormidos que no la dejan vivir
libre como el viento.

Todo esto era parte de un pequeño, mínimo homenaje personal a eso que muchos celebraban en marchas y manifestaciones a lo largo y ancho de todo mi país: la memoria.

En algún texto del uruguayo Eduardo Galeano leí que un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro. Efectivamente, cuando un pueblo no sabe de dónde viene y no recuerda los obstáculos que ha superado, es imposible que se reconozca en su presente o que sepa hacia donde deben (o pueden) guiarlo sus pasos. Un claro ejemplo de este fenómeno puede encontrarse en muchas sociedades indígenas actuales de nuestro continente, que habitan en un limbo oscuro y nebuloso gracias a las campañas de aculturación, a las políticas discriminatorias y a los sistemas educativos nacionalizadores, que borran hasta el último vestigio de su propia memoria y su propia cultura sin proporcionar nada nuevo (si tal cosa fuera válida). Tales individuos caminan por la calle sin saber quiénes son: sus padres les dijeron una cosa, pero en la escuela les dijeron otra, y en la calle la gente les dice una tercera distinta.

A muchos sudamericanos (y a los argentinos en especial) quizás nos pase lo mismo. Preferimos olvidar el horror para que no nos duela, pero, al mismo tiempo, estamos borrando de nuestras mentes un aprendizaje enorme, infinito, valiosísimo.

El "Día de la Memoria" busca recuperar el recuerdo de los años de la "Guerra Sucia" en Argentina. No soy analista político ni historiador, y aunque lo fuera no podría hacer un análisis objetivo de lo acaecido porque ningún análisis humano puede serlo. Sólo sé que hubo muertos, que hubo muchos, y que la mayor parte de las muertes (crueles como pocas, inmundas en su inhumanidad) fueron innecesarias y aplicadas a individuos inocentes.

Sé que esto no pasó solo en Argentina. En Chile, en Uruguay, en Paraguay, en Perú, en Guatemala, en Colombia, e incluso en España, tales cosas sucedieron. Fueron miles los desaparecidos, los ejecutados sumariamente, los torturados, las mujeres violadas, los niños raptados. El catálogo del horror es infinito, y ha sido reflejado por libros como el argentino "Nunca más", o los informes chilenos y guatemaltecos. Leerlos es encontrarse con un mundo que creíamos olvidado en los campos de concentración de la II Guerra Mundial (que no fueron sólo nazis) o en las cámaras de Torquemada. Es encontrarse con lo más bajo del género humano, con los instintos más crueles aplicados a personas que, en muchos casos, sólo buscaban un poco de justicia y equidad –sin colocarse en posturas radicales ni violentas– en países en donde los sonidos de las botas se habían vuelto comunes resonando por las calles.

Recordar no ayuda a entender. Tampoco a perdonar. Recordar ayuda, precisamente, a no olvidar lo sucedido. Sólo eso. Nada más y nada menos que eso. Porque si alguna vez vuelve a ocurrir, podremos actuar en consecuencia. Y si bien la historia jamás se repite dos veces, algo habremos aprendido de nuestras experiencias anteriores como para saber desenvolvernos en forma diferente y no poner la otra mejilla, como recomendaron muchos.

Recordar ayuda a saber qué queremos y qué no queremos para nuestras vidas, para nuestros futuros. Recordar permite comprender que tenemos las herramientas suficientes y necesarias para poder trazar nuestro camino en forma libre, igualitaria y humanitaria sin por ello tener que caer en las manos de salvajes desorganizados o de radicales violentos. Recordar significa aprender de las caídas del pasado, y burlar el aforismo que dice que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.

Biblioteca y memoria son palabras asociadas íntimamente. La biblioteca es memoria hecha materia, pensamiento hecho documento, recuerdos en soportes físicos y tangibles. Y los bibliotecarios no somos más que gestores de esa memoria, la memoria de nuestra gente, de nuestros padres y abuelos y hermanos. Con nuestro trabajo, con el trabajo diario de organización, gestión y difusión, con los servicios de organización y análisis, con la apertura de los estantes, los bibliotecarios liberamos información, y al hacerlo, liberamos y repartimos memoria.

No agreguemos más cadenas a esa memoria que nuestra sociedad nos ha confiado. No pongamos más trabas en su acceso (un acceso garantizado como un derecho humano elemental). No desconozcamos a nuestros usuarios potenciales porque no tienen las mismas posibilidades (socio-económicas) que nuestros usuarios "preferenciales". Recordemos que, además de apoyo a la educación y a la información, difusores del saber, casa del pueblo, y lugar de encuentro y recreación, la biblioteca es la gestora de las memorias. Y, si no queremos caer nuevamente en las garras de un pasado odioso, es conveniente que esa memoria circule.

Que se cuente, que se lea, que se escuche: una biblioteca no debe contener sólo libros.

Que llegue a cada esquina: una biblioteca no debe quedarse encerrada y esperar a que los usuarios lleguen a ella.

Que sea accedida por todos en forma libre y gratuita.

Que pueda ser accedida en los idiomas maternos de nuestros lectores, o en aquellos sistemas que empleen para poder aprehender información (braille, libros sonoros...).

Si deseamos que la memoria siga celebrándose, hagamos de esta celebración un hecho cotidiano, y de nuestras bibliotecas un espacio de memoria. Porque tenemos un rol en esta sociedad en la que trabajamos, y no es precisamente el de ser conservadores de museos de libros, o ratones de bibliotecas encerrados en sus estantes. Tenemos un rol activo, participante, tremendamente importante en el desarrollo y crecimiento de nuestros países, de nuestras provincias, de nuestras ciudades. Ejerzamos ese rol, y garanticemos, a nuestros usuarios, el cumplimiento de sus derechos.

Incluyendo el de la memoria.

Un abrazo desde una Córdoba aún lluviosa...

Ilustración.

marzo 22, 2007

Bibliotecas y derechos humanos

Bibliotecas y derechos humanos

Por Edgardo Civallero

La colega Toni Samek, una profesora de bibliotecología canadiense de la Universidad de Alberta, acaba de publicar su libro "Librarianship and Human Rights: A Twenty-First Century Guide" (Oxford: Chandos Publishing, 2007). La traducción del título es "Bibliotecología y derechos humanos: una guía para el siglo XXI". En el texto incluye buenas prácticas bibliotecarias en relación con todo tipo de derechos humanos, desde bibliotecas en tiempo de guerra hasta activisimo bibliotecológico y anarquismo. De momento, el libro ha sido editado en inglés, pero no se desestima la traducción al castellano para el público latinoamericano.

Toni me concedió el honor de escribir el prólogo de su libro (que fue publicado tanto en castellano como en inglés), texto que incluyo a continuación, y que introduce un poco a las ideas expresadas en el trabajo. Propuestas de esta categoría y de este tipo deben ser aplaudidas y bien recibidas por la comunidad profesional internacional, pues demuestran una constante revisión de nuestras creencias como trabajadores de la información y como seres humanos, y un crecimiento de nuestro compromiso, de nuestra solidaridad y de nuestro despertar como ciudadanos libres de pensamiento independiente.

Mientras en Argentina nos preparamos para celebrar el día de la Memoria, en recuerdo de todos los caídos en la Guerra Sucia, me pregunto seriamente si no es tiempo de que los bibliotecarios asuman, de una vez, su responsabilidad con la comunidad a la que sirven.

Es una pregunta que podremos responder dentro de poco. O, al menos, eso confío.

Saludos desde una Córdoba lluviosa...

Prólogo

La información representa poder.

Poder econónico, social, político, humano... El poder para manejar recursos, para generar bienestar, para controlar vidas...

Y un poder tan grande siempre está en manos de unos pocos. Muy pocas veces se comparte.

Desde el amanecer de los tiempos, la información permitió comprender los ritmos de la naturaleza y aprovechar sus recursos. Fue entonces cuando los campos dieron a luz enormes cosechas, los ríos fueron domados y canalizados, las rocas y el adobe se elevaron en murallas, pirámides y zigurats, las enfermedades comenzaron a ser curadas y el hierro y el vidrio comenzaron a ser modelados. Toda esa información fue cuidadosamente protegida por minorías privilegiadas: chamanes, jefes y maestros artesanos.

Con el surgimiento de las ciudades y la progresiva complejización de las estructuras sociales, surgió la escritura como una herramienta necesaria para la organización del trabajo, los excedentes y las riquezas, o quizás para la preservación de una naciente pirámide social que se perpetuaría por siglos. Los cotizados escribas administraron los recursos humanos y materiales disponibles (dirigiendo los beneficios a las arcas de los ricos), escribieron historias (según la versión de los vencedores), proclamaron la excelencia de las castas gobernantes, loaron a los héroes y los dioses oficiales y anotaron las leyes del cielo y de la tierra, es decir, las normas que debían regir en esta vida y en la del Más Allá.

La escritura conservó para la posteridad una parte –mínima– del conocimiento humano, pero al mismo tiempo creó una de las barreras más implacables que ha sufrido el hombre: el analfabetismo. Los canales orales siguieron funcionando (hasta la actualidad) pero el conocimiento y la información estratégica se encerraron para siempre en el misterio de los signos escritos. En consecuencia, conocer la escritura y controlar la información significó poder: el poder que posee el que sabe.

Hasta el nacimiento de los sistemas de impresión, la información se mantuvo codificada en las tiras de fibras de los sacerdotes mayas y aztecas, en los códices de pergamino de los monasterios europeos, en los manuscritos islámicos y judíos, en las tablillas de bambú del Asia sudoriental o en las bandas de seda chinas. El resto continuó transmitiéndose de boca en boca, de generación en generación, e incluso así, el conocimiento oral más valioso quedaba en manos de algunos elegidos.

El saber permitió la mejora de técnicas de navegación y medicina que llevaron al descubrimiento de nuevos horizontes externos e internos; permitió el desarrollo de ingenios y artefactos que mejoraron la agricultura y la industria; permitió el crecimiento y el progreso económico... Pero también permitió la creación de armas que mataran en forma más eficiente. Todo aquello que tiene un lado luminoso tiene también un lado oscuro, y el saber no iba a ser la excepción.

Con la imprenta el conocimiento se liberó, los libros llegaron a millones de manos y con ellos se difundió el placer de la lectura y las posibilidades de la escritura. Leer significó expresar y aprehender ideas nuevas, ejercer derechos y libertades, cortar cadenas, aflojar mordazas... Sin embargo, la información realmente importante continuó en manos de minorías cultas: los científicos, los filósofos, los aristócratas...

Las clepsidras de la historia derramaron sus aguas lenta e inexorablemente. El mundo presenció revoluciones sociales e industriales, guerras sin sentido, maravillosos descubrimientos, hambre y muerte, plagas y enfermedades, hongos nucleares y manifestaciones por la paz, monstruos vencidos y fantasmas por vencer... De una forma o de otra, el saber jugó un papel crucial en todos esos acontecimientos. Y, de una forma o de otra, tal saber estuvo siempre en manos de unos pocos. El progreso, el desarrollo, el "Primer Mundo", la riqueza, el bienestar y el crecimiento sólo beneficiaron a una minoría: una enorme mayoría continuó del otro lado del gran muro de la educación, de la alfabetización, de la (in)formación, conservando a duras penas identidades y culturas e intentando sobrevivir en un mundo que los dejaba atrás, siempre atrás y abajo.

Hoy la información se ha convertido en un bien de consumo, el eje en torno al cual gira el actual paradigma socio–económico: la "Sociedad del Conocimiento". La (r)evolución digital y el desarrollo diario de las tecnologías de telecomunicación permiten recuperar, almacenar y manejar conocimiento, permiten estar en contacto permanente, veloz y directo con puntos lejanos del planeta y permiten llevar una biblioteca en el bolsillo, en una sencilla chapa de plástico.

Pero, a pesar de tantos descubrimientos y creaciones y de tantas nuevas puertas abiertas, el sistema y la estructura siguen igual: poco ha cambiado. Aún hay informados y desinformados, aún hay pueblos enteros condenados a la ignorancia y al silencio, aún hay analfabetos, aún hay ricos y pobres. Sólo han cambiado las etiquetas y los actores. La "Sociedad del Conocimiento" ha generado nuevos núcleos de poder, ha creado nuevas brechas y diferencias y ha inventado nuevos analfabetismos. Una gran parte del mundo continúa a la sombra del desarrollo social y del progreso mientras los poderosos de siempre –a pesar de sus discursos– mantienen el poder en sus manos y las compañías multinacionales ponen precio al saber valioso (medicina, biología, ingeniería, agricultura, genética, informática, telecomunicaciones) y alimenta sus cuentas bancarias.

La información pasó a ser propiedad de aquel que puede pagarla. Los férreos derechos de autor hacen que incluso el arte y la literatura sean para los que puedan comprarlos y que la libre difusión se convierta en algo casi ilegal. El conocimiento disponible en las redes digitales –abundante en cantidad y diverso en calidad– solo puede ser accedido por aquellos que dispongan de la tecnología y los conocimientos adecuados.

El poder de la información sigue estando en manos de unos pocos, y los mecanismos que reproducen este sistema se han vuelto muy sutiles. Las sociedades pobres, desventajadas, dejadas atrás (porque para que exista el poder y el poderoso debe existir su contraparte) siguen aquí, junto a nosotros, entre nosotros, con nosotros.

Por nosotros.

El bibliotecario ha sido testigo de todo este largo proceso desde que se escribió el primer signo sobre una tableta de arcilla o un papiro. El rol de la biblioteca ha ido cambiando a lo largo de los siglos, adaptándose flexiblemente a las necesidades de aquellos a quienes sirvió. De mero depósito de documentos pasó a ser nido de intelectuales, refugio de clásicos en edades oscuras, escaparate de tesoros adornados, fuente de saber básico, apoyo al desarrollo y gestora de memorias. Muchas veces ha sido cómplice del poderoso y lo ha servido. Muchas otras ha luchado por la alfabetización y la difusión del conocimiento, por la libre expresión y el libre acceso al saber, por la igualdad y la solidaridad.

El bibliotecario pocas veces ha sido consciente del poder que descansa en sus manos y de la inmensa responsabilidad que significa gestionarlo. Inmerso en sus actividades tradicionales de conservación y organización, mareado quizás por los cambios vertiginosos que le han traído los nuevos tiempos, el bibliotecario parece no darse cuenta del importantísimo rol que puede jugar en la sociedad actual.

Puede garantizar libertades y derechos humanos, tales como educación, información, libre expresión, identidad, trabajo... Puede proporcionar herramientas para la solución de problemas de salud, violencia, adicciones y nutrición... Puede borrar todo tipo de analfabetismo, puede recuperar tradición oral, puede difundir conocimientos perdidos y recuperar lenguas en peligro... Puede luchar contra el racismo y la discriminación, puede enseñar la tolerancia y el respeto, puede facilitar la integración en sociedades multiculturales... Puede dar voz a los que son mantenidos en silencio, fuerzas a los caídos, manos a los débiles... Puede demostrar la igualdad de todos los seres humanos, de todos los sexos, edades, credos y razas... Puede difundir la solidaridad y la fraternidad, puede contar la historia de los vencidos, puede expresar las facetas mínimas de una maravillosa diversidad humana, puede perpetuar memorias insignificantes y grandiosas... Puede difundir el acceso abierto, puede liberar información de sus cadenas comerciales...

Puede lograr que, por una vez en la historia, el poder no permanezca en las manos de unos pocos. Puede lograr cierto equilibrio. Puede derribar murallas y tender puentes. Puede hacer que los hombres logren mirarse a los ojos de igual a igual.

En realidad, no puede hacerlo. Debe hacerlo.

Esta Guía demuestra claramente que muchos bibliotecarios ya han reconocido ese poder y ese deber y han asumido un rol social activo, creativo, imaginativo, consecuente y solidario. Demuestra que muchos han despertado de un sueño de siglos, han derribado los muros de sus bibliotecas, han desencadenado los estantes y han hecho llegar libros y saber a cada rincón de sus comunidades. Demuestra que muchos bibliotecarios gritan y sueñan, reconocen la dolorosa realidad que los rodea y buscan soluciones para los problemas y las necesidades de sus usuarios trabajando a su lado... La autora muestra en este texto que muchos se organizan, investigan, proponen, construyen, dialogan... Muestra que muchos se manifiestan, protestan, se quejan y convierten sus lugares de trabajo y sus vidas en verdaderas trincheras, peleando por sus ideales: paz, justicia, libertad, igualdad, esperanza...

Esta Guía demuestra que la utopía no ha muerto. Y mientras exista la utopía, existirán motivos para seguir adelante.

Como bibliotecario y como anarquista, confío y deseo que las palabras y la información que mi amiga y colega Toni Samek libera y difunde en estas páginas logren reventar los muros y derretir las cadenas de miles de mentes, y empujen a muchos a comprometerse en esta lucha sin armas.

La lucha por la libertad.

Edgardo Civallero
Córdoba (Argentina), invierno austral del 2006

Ilustración.

marzo 19, 2007

Leer...

Leer

"... [Leer] en despaciosa lectura tras lenta lectura, en muchas sentadas, en toda la vida..."[1]

Por Sara Plaza

No era una niña cuando comencé a leer por leer. Había superado ya la adolescencia, y escuchaba los bostezos de una joven que recién se echaba los libros a la espalda camino de la facultad de ciencias. Lo hice por aburrimiento. Sí, sí, por aburrimiento. Pasaba muchas horas subida en un autobús, recorriendo los casi 100km que separaban mi pueblo, en la sierra pobre de Madrid, de la capital, donde por entonces empezaba a estudiar Ciencias Físicas. Tenía que madrugar muchísimo, pues cada mañana se formaban enormes atascos para entrar a Madrid, y regresaba de noche, porque los mismos se producían al caer la tarde, y había veces que el autobús iba tan lleno que no paraba en la universidad y aún me demoraba una hora y media más... Por eso empecé a leer por leer, porque me aburría muchísimo en la parada y el viaje en autobús duraba una eternidad.

Por eso, además de las odiosas tablas de logaritmos y un verdadero tratado sobre química que tuve que memorizar el primer año, empecé a echar en mi bolsa negra una novela tras otra. Luego fueron las biografías, más tarde los ensayos. Acudí a algunos clásicos, pero me moví sobre todo entre autores contemporáneos, nacionales e iberoamericanos al principio, norteamericanos, ingleses, africanos, indios y chinos mucho después. Leí historia, leí filosofía, leí poesía y alguna obra de teatro. Leí en español, en italiano y en inglés. Leí libros muy viejitos y los recién horneados, leí cuentos, leí revistas, leí diarios, leí guiones y diccionarios. ¿Pero por qué digo leí? Desde que empecé no he podido parar. La verdad es que no he querido. Y no me he vuelto a aburrir jamás. No salgo nunca de casa sin un libro. Lo lea o no lo lea ese día, igual lo llevo conmigo, igual lo miro, lo agarro, lo abro y lo cierro aunque sea un instante... porque lo necesito. Eso es, necesito saber que puedo leer.

Y hoy lo hago por amor. Lo hago con verdadera pasión, con esa que dicen que hay que vivir. Lo hago con una sonrisa, aunque a veces llore. Lo hago con infinita paciencia, aunque a veces lleve prisa. Lo hago en silencio, aunque a veces lo quiebre para compartir una frase o una idea. Lo hago, no he dejado de hacerlo desde aquellas tardes en que mi bolsa negra bullía con cifras y teoremas, con símbolos y medidas... Aprendía algunas leyes físicas, pero sobre todo me quedó una lección para toda la vida: el puro gusto de leer. Es curioso como a lo largo de ella, tantas y tantas cosas las hayamos descubierto por azar, o digamos, sin saber del todo que las estábamos buscando. Dicen que eso pasa también con el amor, a mí no me cabe la menor duda de que es así cómo sucede con la lectura. Si es cierto que sus mejores profesores son los buenos libros, debo de haber encontrado auténticas maravillas entre las muchas páginas que mis manos y mis ojos han ido desgastando. Sin embargo, considero que también los libros pésimos aportan una experiencia valiosa: uno sabe entonces qué es lo que no quiere volver a leer y va desarrollando una conciencia de lector.

Lo importante es que esa conciencia, ese gusto propio, sea el nuestro y sea libre. Necesitamos que nos dejen leer, y que nos permitan no hacerlo, si ese es nuestro deseo. La obligación es mala consejera, pero peor lo es la prohibición. Hay que tener oportunidades para leer y probar. No nos va a gustar todo, ni nos va a apetecer cualquier cosa en cualquier momento. Nos vamos a equivocar un montón de veces, pero qué importa si estamos eligiendo. No es un deber ni una condena, es un derecho. Además ¡hay tantos libros! ¿Cómo no vamos a dar con un buen puñado de compañeros que echar en la mochila? Hoy se puede leer sobre casi todo, y se puede hacer de mil maneras. Se pueden leer letras, símbolos, imágenes, fotos, sonidos... Si "no hacen falta alas para alzar el vuelo" [2], deberían bastarnos el buen sentido y el empeño para construir nuestra pequeña gran biblioteca. No precisa estantes, ni catálogo, no tiene horarios, ni bibliotecario... va siempre con nosotros, anda nuestros pasos y nos descubre otras huellas, desata nuestra imaginación y nos colorea el horizonte con una paleta de sueños.

No sé si se ha dicho todo, escribirse desde luego, se ha escrito mucho sobre libros, escritores, lectura, biblioteca, escuela... ¿Nos ha servido de algo? ¿Somos mejores lectores? ¿Lo somos siquiera? Quiero que pensar que sí, que entre todas esas páginas han habido buenas ideas, que somos o, mejor dicho, nos hacemos mejores lectores cada día que leemos, precisamente por eso, porque leemos. Tal vez sea lo último sobre lo que me gustaría hablar: qué leemos y cómo leemos. Lo mismo que el camino se hace andando, los lectores se forman con sus lecturas, y en uno y otro caso se aprende más de los tropiezos y de los errores, que de los aciertos, pero es importante que acertemos de vez en cuando. Hay que empezar por el principio, adelantando uno de nuestros pies y agarrando el primer libro. Después vendrán las encrucijadas, los abismos, las dudas, los malentendidos... Nos perderemos y nos hallaremos de vuelta, y a lo largo de todos esos pasos y de todas esas páginas habremos dejado de ser los mismos, pero seremos más nosotros.

Creo que una buena idea es que intentemos saber siempre dónde estamos parados, qué queremos, qué pensamos, en qué creemos... Normalmente las respuestas las tenemos nosotros, lo difícil es preguntarnos. El qué y el cómo leemos depende de cada uno, podemos pedir ayuda, consejo, opinión, pero al final los que leemos somos nosotros y el mismo libro no es igual para cada lector. Ni siquiera es el mismo cuando lo leemos dos veces. De manera que démonos tiempo y oportunidad, busquémoslo y encontrémosla. Leamos, salgamos a caminar, miremos a nuestro alrededor, escuchemos, charlemos... Tenemos tanto para descubrir, tanto para hacer, tanto para leer... es cuestión de empezar, de seguir, de llegar; es cuestión de soñar, de emprender, de intentar; es cuestión de elegir, de actuar, de lograr; es cuestión de crecer, de sentir, de vivir.

[1] Pedro Salinas. Poeta y escritor español
[2] Silvio Rodríguez. Cantautor cubano.

Ilustración.

marzo 12, 2007

Sin sentidos, sin sentido…

Sin sentidos, sin sentido

Por Edgardo Civallero

Nacer desprovisto de uno de nuestros sentidos –o perderlos, total o parcialmente, a lo largo del camino– es un hecho que marca la vida de un ser humano para siempre. Si bien puede vivirse, sin lugar a dudas, una vida completa, plena y rica sin vista u oído –o sin el habla– el mundo pierde muchísimas de sus complejidades y adquiere otras nuevas para una persona ciega, sorda o muda. El tiempo sigue, también el sendero vital, y esas personas se acostumbran a su pérdida o a su carencia y aprenden a lidiar con los asuntos cotidianos con una maestría brillante. Aún así, en ningún caso puede decirse que sea "lo mismo" poder oír, ver o decir que no poder hacerlo.

Con estas palabras iniciales no deseo en absoluto señalar con mi dedo asombrado a ciegos, sordos y mudos como si fueran monstruos, o personas "diferentes", o discapacitados que merecen nuestra lástima y conmiseración. Pero tampoco me iré al otro extremo y emplearé eufemismos como "invidentes", "desprovistos de habla" o "hipoacúsicos". Tal cosa me parece hipócrita. Esas personas carecen de un sentido, y eso no los vuelve ni mejores ni peores, ni más o menos frágiles o desdichados. Simplemente, poseen una particularidad que los fuerza a adquirir una serie de destrezas para poder desenvolverse en un mundo y una sociedad que, generalmente, no gusta de los "grupos con particularidades", sean homosexuales, indígenas, emigrantes, paralíticos u oligofrénicos.

Siempre sentí una enorme curiosidad por los sordomudos, por su esfuerzo infinito por comunicarse, por su alegría de vivir. Siempre me planteé cómo sería vivir sin sonido, especialmente para mí, músico desde pequeño. Pocas veces tuve respuesta, sencillamente porque, para gran parte de nuestra sociedad, "esa gente" es "gente con problemas", vistas como "especímenes raros", como curiosidades que se cruzan de vez en cuando por la calle haciéndose señas ininteligibles y riéndose con "sonidos patéticos" que ni ellos mismos pueden escuchar, o escribiendo en una pizarrita para poder ser comprendidos. Pocos saben algo más de ellos. Muchos tienen esa imagen de tales personas, una imagen que discrimina, que no abre los brazos, que pone barreras (más y más barreras, murallas y cercos) y que no se esfuerza en acercarse y aprender, entender y crecer.

Si esta apreciación mía les parece exagerada, pregúntense cuánto saben de la cultura sordomuda. Habrá gente que sepa, por supuesto, pero son los menos. Hagan la prueba... Pregúntense, por ejemplo, como hacen los sordomudos para aplaudir, si para ellos el aplauso –una expresión totalmente sonora– no tiene sentido. Pregúntense como hacen los sordomudos de nacimiento para aprender a escribir y a leer, si tales elementos están basados –en casi todas las sociedades del planeta– en el habla y en la escucha. Una palabra no se aprende bien hasta que se la asocia a un sonido y a un significado. Pregúntense cuántas veces han dicho "gracias" a un sordomudo, o han devuelto un "de nada".

Probablemente no tengan respuestas a estas preguntas, como no las tenía yo hasta hace poco. Ocurre que Sara y yo tenemos una amiga sorda que, poco a poco, ha visto como los audífonos le sirven cada vez menos y tiene que ayudarse cada vez más de la lectura labial y del lenguaje de señas. Ya la curiosidad y el reconocimiento de una necesidad por parte del otro nos empujaban, pero el detonante fue una conferencia sobre servicios del lectura en comunidades indígenas que dimos en el marco del encuentro presencial del PROPALE, y en la cual colaboraron dos colegas que habían desarrollado un programa de cuenta-cuentos en comunidades nativas Qom, pero que habían iniciado su labor con sordomudos (uno de ellos, Rubén López, es un cuentero fabuloso del grupo Venique Tecuento). Oír sus experiencias, sus ideas y sus descubrimientos fue el empujón que necesitábamos para anotarnos en EDOSLOESCOR, en Córdoba, e iniciar, el sábado pasado, el curso de lenguaje de señas.

No, no se trata del conocido juego "dígalo con mímica", aunque a veces lo parezca, y se necesite un mucho de dotes actorales para poder expresar una idea con congruencia. No se trata tampoco de hacer señas con las manos: la expresión facial, el tiempo, el movimiento de los signos y la ocupación del espacio también son parte del vocabulario y la gramática de esta lengua.

Se trata de un verdadero lenguaje, con vocabulario completo, números y letras, expresiones formales e informales, y una compleja gramática que permite mantener una charla entre amigos y dar una conferencia especializada. Sí, mis palabras suenan asombradas porque estoy compartiendo con ustedes algo que yo ignoré durante mis 34 años, y que me llenó de esperanza, de alegría y de un sano sentimiento de superación.

El mundo y la cultura de los sordomudos es extremadamente particular, como lo es la de cualquier "minoría" (odio esa palabra, pero en este momento no encuentro ninguna mejor para expresar lo que quiero decir). Mientras con Sara aprendíamos los rudimentos de la lengua y de la cultura, me preguntaba cuántos bibliotecarios habrían tomado clases allí. Supuse que pocos. Pocos encuentran provecho en aprender algo que van a utilizar en escasas ocasiones, aún cuando sirve para hacer sentir a una persona –aunque sea a una sola– un poco más comprendida, más aceptada, más incluida.

Lo distinto asusta, lo pequeño no interesa, lo problemático debe ser olvidado y lo nuevo amenaza. Esa parece ser la filosofía del ser humano en general y del bibliotecario en particular. El resultado de esta filosofía puede ser vista en las noticias: sociedades enteras que se derrumban internamente, que se aniquilan entre ellas, con las raíces podridas de racismo e incomprensión, agujereadas por el odio hacia minorías apartadas del camino y por la indiferencia de mayorías mudas, que prefieren no pensar. Bibliotecas que se vacían, que se empobrecen, que pierden usuarios. Una disciplina que no muestra señales de avanzar, que sigue mirando su ombligo y auto-adorándose, satisfecha por haber incorporado la computadora a los estantes. Y escuelas de bibliotecarios que siguen sin enseñar absolutamente nada, especialmente cosas que nos hagan crecer (cosas como, por ejemplo, solidaridad, pensamiento independiente, conciencia social, sentimientos).

Esto nos pasó con los sordomudos. Pero un tiempo antes habíamos estado con Sara en la Biblioteca Córdoba, la única biblioteca "pública" (las demás son "populares") de la ciudad en la que vivimos. La Biblioteca Córdoba tiene un servicio importante destinado a ciegos y disminuidos visuales, y Sara estaba tremendamente interesada en colaborar en la grabación de libros sonoros. Con su acento madrileño y su enorme sonrisa, hubiera sido raro que no la hubieran aceptado con los brazos abiertos. Hizo muchos amigos por allí, y poquito a poco fue conociendo el universo de la biblioteca para ciegos y el de la propia comunidad invidente cordobesa.

Para mí, el contacto con dicho universo llegó mucho antes, hace cuatro años, cuando cursé un seminario optativo sobre "bibliotecas para ciegos" durante mi licenciatura en la Escuela de Bibliotecología de Córdoba. Si bien esa Escuela –y sus integrantes– me sigue pareciendo de un nivel bajo, debo reconocer que esa propuesta puntual fue una de las pocas que realmente captaron mi interés a lo largo de mi carrera. No sólo aprendí a leer y a escribir braille, sino que conocí la realidad de los tiflolibros, la estructura y los servicios de una biblioteca para ciegos... y muchas curiosidades en torno al universo de las personas total o parcialmente desprovistas de ese valioso sentido.

Es curioso que para nosotros, los ciegos sean poco menos que personas de lentes oscuras y bastón blanco que caminan dando golpecitos por las calles, o piden en las peatonales mientras hacen música. Esa es la imagen popular del ciego. Detrás de ese estereotipo vulgar e insensible hay mucho, muchísimo más. Nuevamente los invito a preguntarse cuánto saben ustedes –como personas y como profesionales– de los ciegos, de su cultura, de sus necesidades, de sus particularidades y características únicas.

La biblioteca para ciegos cordobesa cuenta con muy poco presupuesto para máquinas o libros. Tiene que grabar sus libros sonoros con la ayuda de voluntarios, y hay enormes listas de espera para los más pedidos (p.ej. "El Código Da Vinci"). Los libros en braille son un bien lujoso. Para poseerlos, dependen especialmente de la producción propia, algo que no resulta tan sencillo ni tan barato. La cultura, como siempre, es la gran olvidada de todos los gobiernos y de todas las sociedades, y, en lo que respecta a minorías más olvidadas aún, el grado de silencio puede ser alarmante.

Pregúntense a cuántos usuarios "diferentes" han tenido que atender en su carrera. Pregúntense cuántas minorías hay en su barrio, en su calle, en su pueblo. Pregúntense sobre cómo los atenderían si llegara el caso. Pregúntense si alguna vez alguna maestra, algún profesor, algún directivo de su institución les explicó cómo hacerlo, les proveyó del marco cultural preciso para comprender a ese usuario "diferente" y brindarle el servicio bibliotecario que se le brinda a todos los demás. Pregúntense hasta cuándo vamos a vivir en un mundo en el cual los que somos "normales" somos dueños de la cultura, del espacio y de la vida, y "los otros", los estereotipados, los olvidados, los incomprendidos, los enfermos, los distintos, deberán seguir caminando a las sombras, usando ciudades en cuyo diseño sus necesidades jamás fueron incluidas y servicios (como las bibliotecas) en los cuáles los servidores (los bibliotecarios) no están entrenados (y ni siquiera enterados) en proveerles ayuda.

Y no se / me respondan que ustedes no son la hermana Teresa de Calcuta y que no tienen por qué dar servicios a esa gente o estudiar cosas que sólo sirven para ayudar a algún cieguito perdido o a algún sordito ocasional. Porque si responden así no merecen el calificativo "humanos" después de la palabra "seres".

Háganse esas preguntas, y sigan más allá. Les aseguro que, si las encuentran, las respuestas van a ser inquietantes. Actúen, luego, en consecuencia. Verán como al querer aprender, al querer enterarse, al querer mirar más allá de las paredes que diariamente alzamos a nuestro alrededor para protegernos (de no sé qué) podrán expandir sus horizontes, iluminar su mirada, hacer que florezcan las ideas y permitirse ser más solidarios, más comprensivos y más humanos.

Desde mi Córdoba otoñal, reciban un abrazo cordial.

Ilustración.

marzo 05, 2007

Por dónde empezar cuando desconocemos lo que creíamos saber

Por dónde empezar cuando desconocemos lo que creíamos saber

Por dónde empezar cuando desconocemos lo que creíamos saber

¿Qué tal si lo primero preguntamos?

Por Sara Plaza

No es sencillo. Acostumbrados a responder sin que nos pregunten, no sabemos hacer preguntas. Desconocemos hasta lo que creemos saber y, como hemos cultivado poco la escucha, nuestras respuestas pocas veces sacian la curiosidad de quienes, con infinita paciencia, observan nuestro desorientado ir y venir. Lo increíble es que nos parece estar resolviendo sus dudas cuando, en realidad, somos nosotros quienes dejamos de hacer pie hace mucho tiempo y flotamos en un mar de incertidumbre.

Creo que ya lo dije en una oportunidad anterior: no soy bibliotecaria, me formé como docente y creo que mi mayor experiencia ha sido la de ser y seguir siendo alumna. Anteayer entregaba mis "deberes" en los pasillos de una escuela [1], ayer tomaba notas en las aulas de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, y en el patio del Centro de Investigación de Literatura Infanto–juvenil [2], hoy en las instalaciones de la Asociación de Sordos de Córdoba, donde acabo de inscribirme en el curso de Lengua de Señas, mañana lo haré en las de la biblioteca para ciegos de la misma ciudad, participando en el proyecto "Libros Sonoros" y pasado mañana en La Paz, asistiendo a un taller sobre Bibliotecas Indígenas.

Trato de aprender. Lo intento con todas mis ganas, con infinita curiosidad, con la misma pasión que vivo. Y lo hago poco a poco. Sé que lo estoy haciendo y sé que nunca dejaré de hacerlo. Sin embargo, ni siquiera eso que aprendo creo saberlo. Dudo casi siempre y me equivoco a menudo. Cuando me siento a trabajar delante de la computadora, apenas si tengo hueco para el teclado entre mis diccionarios. Cuando leo por la noche en mi pieza, extiendo una verdadera alfombra de papel junto a la cama, y no me da pereza revolver en las estanterías para ubicar tal o cual libro, donde se decía algo que tenía que ver con lo que yo intento poner por escrito.

En definitiva, no dejo de cuestionarme cada una de las palabras que leo, escucho, digo o escribo. Sin embargo, sigo sin saber hacer preguntas. Tal vez, mi gran sorpresa ha sido encontrar el mismo desconocimiento en otro montón de docentes y en no pocos bibliotecarios. De un tiempo a esta parte, nadando entre esas dos aguas, acariciando las costas de las aulas y los estantes, me he dado cuenta de que muchos de nuestros proyectos se hunden a la par. En numerosas ocasiones las escuelas y las bibliotecas encallan, y en no pocas he observado que se escoran o se quedan navegando al pairo. No debemos ser buenos timoneles, desde luego, y no sé si como grumetes nos aceptarían en alguna flota.

Un marinero que no conozca los vientos, que no distinga en el aire el olor de la tormenta, no va a llegar a buen puerto. Un docente o un bibliotecario que desconozcan a su comunidad, que olviden sus necesidades, sus anhelos, sus cuitas... un profesional de la información o uno de la educación que no sepan que para informar o para educar, primero hay que preguntar, y que antes de dar una respuesta tienen que escuchar las de sus usuarios y alumnos, no van lograr enseñar y difícilmente aprenderán ellos. Escribía Eduardo Galeano que "El mundo al revés nos enseña a padecer la realidad en lugar de cambiarla, a olvidar el pasado en lugar de escucharlo y a aceptar el futuro en lugar de imaginarlo [...]. En su escuela, [...] son obligatorias las clases de impotencia, amnesia y resignación." [3]

¿Es ahí donde estamos parados? ¿Es ése el mundo que queremos construir? ¿Son ésas las asignaturas que queremos aprobar? Supongo que no, quiero creer que como profesionales que somos y como ciudadanos de una sociedad que nos importa y que queremos mejorar, vamos a replantearnos seriamente que el principio no es ni será nunca la respuesta. Que para comenzar un proyecto tenemos que preguntar –y preguntarnos– si quienes se van a beneficiar de él lo necesitan, lo quieren, lo piden, lo conocen, lo van a llevar a cabo... Tenemos que preguntar y preguntarnos si podemos hacerlo, si podemos ponerlo en práctica, si podemos conseguir recursos (económicos, materiales, humanos, etc.)

Si tenemos que preguntar más vale que no olvidemos que también tenemos que estar dispuestos a escuchar. Y no precisamente las respuestas que habíamos previsto, sino las que nunca pasaron por nuestra imaginación. Últimamente he oído mucho la expresión "dar voz a los que no tiene voz". Pues bien, para devolver la voz al otro, no basta con darle la palabra, tenemos que escucharla, tenemos que tratar de entenderla, que interpretarla en su contexto, que relacionarla con el nuestro. Sus voces no van a escucharse si nos tapamos los oídos. No tenemos la verdad, no sé si existe siquiera, pero desde luego no es cosa de unos pocos. Tampoco tenemos la razón, tal vez sí que haya una, sin embargo será entre todos que la alcancemos un día.

Estoy hablando de comunicación. Estoy diciendo que la falta de diálogo con nuestras comunidades, con nuestros hijos, con nuestros padres, con nuestros alumnos y nuestros usuarios nos está convirtiendo en piedras: enmudeciéndonos, ensordeciéndonos, encegueciéndonos. Estoy denunciando que nuestras ideas no van a florecer si desecamos la tierra donde queremos plantarlas, que si no somos capaces de creer que el otro puede, tampoco ellos van a confiar en su fuerza. Decimos que queremos enseñarles a pescar y no darles el pez, pero no les preguntamos si es eso lo que quieren aprender, no sabemos si desean ser pescadores. ¿Y si quieren ser agricultores? ¿Y si prefieren ser cocineros? ¿Y si deciden ser ingenieros? Si pretendemos que nuestros hijos, nuestros alumnos y nuestros usuarios piensen por ellos mismos y se hagan a sí mismos, dejemos que piensen y que hagan, y empecemos a preguntarles qué piensan y qué hacen para ver si de alguna manera podemos ayudarles, acompañarles.

Quisiera concluir estas líneas con las finales del relato corto que escribí para mi sobrino–nieto, y que titulé sin más "El legado":

Me gustaría que si alguna vez encuentran nuestras huellas, no dejen de dar sus propios pasos; que si en algún momento se topan con una vieja senda, no pierdan de vista el horizonte ignoto; que si en alguna ocasión nos recuerdan, no echen en el olvido su pasado...

Quizás el mayor tesoro que podamos compartir con ellos cuando ya no caminemos a su lado sea haber dado alas a sus pies, haber creído en sus sueños, haber empujado su vuelo... Tal vez nuestro legado tenga poco o nada que ver con la riqueza, pero los enriquecerá seguro si tienen ganas de vivir, si aprenden –aunque nadie se lo enseñe– que vivir vale la pena, que la vida, sin ser fácil ni sencilla, es la vida y la tienen que vivir...

Las muchas preguntas que se hagan, las pocas respuestas que encuentren... esa curiosidad insatisfecha, es la que debería hacerles seguir adelante. Ni siquiera sé si les pusimos en camino pero creo, sincera y profundamente, que tendríamos que dejarles, al menos, unos buenos zapatos: los interrogantes. Ese será nuestro regalo, tantas y tantas cosas que no supimos, que nunca averiguamos, que jamás aprendimos...

Tienen todo por descubrir, mil y un tesoros que desenterrar, muchas lunas que ver brillar y muchas estrellas que aprender a seguir con la mirada, tienen todo un firmamento por desentrañar y una tierra para sembrar... De modo que tendrán que hacerse científicos, piratas, astrónomos, agricultores...

Creo que lo único que humilde y orgullosamente podemos dejarles es un presente lleno de dudas para que puedan elegir su futuro.

Creo que sí, creo que si les dejamos elegir tanto a nuestros hijos, como a nuestros usuarios y alumnos, les estaremos dando la oportunidad de preguntarse cómo imaginan el futuro y cómo lo van a hacer realidad en el presente.


[1] Como "tía–abuela" postiza de un niño al que adoro, participé con un breve relato que nos pidieron a todas las abuelas, con motivo de "El día de las abuelas". Teníamos que escribir sobre el legado que queríamos dejarles a los más pequeños, y con esos relatos se haría una publicación especial para la escuela.

[2] En el marco de un par de talleres y una charla con motivo del cierre del Programa de Extensión de la facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba, "Promoción y Animación a la lectura y escritura".

[3] Galeano, Eduardo: Patas Arriba. La escuela del mundo al revés.

Ilustración.

marzo 01, 2007

Oralidad, fondos orales y muchas propuestas...

Oralidad, fondos orales y muchas propuestas

Por Edgardo Civallero

La oralidad sigue siendo un milagro cotidiano, un milagro que se produce y se reproduce cada vez que abrimos la boca para decir algo, cada vez que hablamos. Muchas veces no le damos importancia al habla, dado que, en la mayoría de los casos, es realizada casi como un movimiento reflejo, sin pensar detenidamente en lo que se dice. Pero cuando se analizan los contenidos que se transmiten oralmente, se encuentra que la complejidad y el caudal de la información emitida y recibida es inmenso.

He escrito en varias oportunidades sobre este medio de transmisión, sus estructuras y sus mecanismos de acción. Desde que comencé a trabajar con pueblos indígenas, allá en el 2001/2002, y entré en íntimo contacto con una sociedad que, si bien conoce la lecto-escritura, basa la perpetuación de sus saberes en la palabra hablada, me he enamorado de la tradición oral. Y somos muchos los que seguimos recuperando esos sonidos que se desvanecen justo después de ser emitidos, esas historias que se modifican en la boca de cada narrador, esas leyendas que varían a través de los años, esos recuerdos mínimos que tanto hacen a nuestra identidad y a nuestro acervo.

A través de las tradiciones indígenas, descubrí mi propia tradición oral, la de mis abuelos italianos, la de mi entorno citadino, la de mi cultura europeizada. Descubrí que, por debajo del gran torrente dominante, corren miles de arroyos que susurran, en silencio, las historias pequeñas, los discursos alternativos, las miradas y las perspectivas diferentes, los pensamientos que nunca pudieron ser escritos y publicados, los gritos silenciados o censurados. Todo eso también nos pertenece y es parte de nuestra cultura.

¿Cuánto sabemos los bibliotecarios sobre oralidad? ¿Cuánto conocemos sobre sus características, sobre las técnicas para su recolección, sobre su organización y difusión, sobre su preservación? ¿Cuánto nos han enseñado, cuánto hemos aprendido en el trabajo de campo, cuánto hemos leído?

Nuestra formación profesional se ha centrado en el libro –y, en general, en los formatos escritos– como medio principal de salvaguarda y difusión de saber. Quizás al hacer eso nos han colocado límites a nuestra visión y nos han impedido saber que, así como muchas sociedades y culturas conocieron la escritura y la emplearon para perpetuar sus conocimientos, muchas otras –e incluso muchísimos individuos y estratos sociales dentro de las literatas– nunca la conocieron.

Definitivamente, tenemos escasa formación en esta área y en estos temas. Sería importante que los profesionales de la información y la memoria (bibliotecarios y archiveros) trabajásemos hombro con hombro en la investigación y desarrollo de técnicas avanzadas para la gestión y, en especial, para la difusión responsable y comprometida de esta información sonora que tanta relación tiene con nuestra identidad.

Es urgente que se trabaje, porque la oralidad, al no encontrarse plasmada sobre soportes estables, no sólo se modifica con el tiempo, sino que desaparece si no se la transmite. Y, en un mundo que se informatiza a pasos acelerados, muchas veces la palabra hablada y las tradiciones antiguas pierden su importancia y desaparecen en las bocas y en las memorias de los ancianos que mueren. Así pasa en las comunidades indígenas, en las "minoritarias" y en muchas campesinas, por no hablar de algunos sectores urbanos.

En el caso de las indígenas, algunos pasos se han dado para la salvaguarda de su conocimiento y de sus lenguas, cuyos destinos están íntimamente ligados al de la tradición oral que expresan. Ya mismo, en Argentina, y hospedado por el CAICyT y el CONICET, se pretende implementar el proyecto DOBES (Dokumentation Bedrohter Sprachen, Documentación sobre Lenguas Amenazadas), una propuesta que, basándose en las estimaciones de lenguas en peligro proporcionadas por la UNESCO, pretende, desde el año 2000, documentar la mayor cantidad posible de las mismas. En Argentina, se centraría sobre los idiomas indígenas, muchos de ellos en franco proceso de repliegue y silenciamiento.

Existen, además, distintos archivos que se están generando como espacios de almacenamiento y difusión de las lenguas y saberes aborígenes latinoamericanos. Tales actividades se presentan como una contracara a la globalización homogeneizadora que nos domina en la actualidad. Quizás la oferta más conocida sea la de AILLA (Archive of Indigenous Languages of Latin America), un archivo semi-abierto hospedado en la Universidad de Texas, con fondos sonoros y transcripciones.

Sin embargo, no deja de preocupar la falta de conocimientos técnicos, metodológicos, teóricos y empíricos que caracteriza a muchos bibliotecarios, quizás por una ausencia de formación en la carrera, quizás por una falta de información acerca de esta temática. Me preocupa que nuestras mentes sigan siendo asfaltadas con ideas incorrectas, como la superioridad de los formatos escritos y la preeminencia del formato "libro" en un mundo caracterizado precisamente por la heterogeneidad, la diversidad, los mil enfoques distintos y las mil estructuras diversas para preservar y transmitir saber. Me preocupa que sigamos sumergidos en el "no-saber" y en el "no-actuar" cuando, a nuestro alrededor, todos los días una parte de nuestra memoria colectiva se calla para siempre y, con ella, desaparecen muchos años de experiencia, de información, de aprendizajes.

Siempre dije y repetí que los bibliotecarios somos gestores de la memoria humana. Si es así, debemos comprender que nuestra memoria puede escribirse, pero eso es sólo una parte pequeña de la misma, reservada a aquellos que saben leer y escribir. La otra parte –la mayor, la más abundante, la más rica e interesante, la más popular si se quiere– no se escribe: se cuenta. Y es tan importante y tan nuestra como la que más, y debemos ocuparnos de ella como nos ocupamos de todos nuestros otros documentos.

Como profesionales, esa debe ser nuestra responsabilidad. Curioseemos, aprendamos, preguntemos, y, sobre todo, escuchemos y repitamos. Porque solo a través del uso y la práctica de nuestra tradición oral seguiremos reproduciendo nuestra identidad y practicando nuestra memoria, una memoria que nos hace quiénes somos y nos permite recordar nuestro pasado para entender nuestro presente.

Un abrazo desde una Córdoba nublada, coloreada por árboles que se encienden en un incendio amarillo sin fuego...

Ilustración.