Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

junio 22, 2007

Desde un camino de silencios…

Desde un camino de silencios

Por Edgardo Civallero

Más cosas veo en los últimos tiempos, y más cosas dejo de lado, y más abandono los senderos transitados y busco los propios, intentando recordar que los caminos llenos de ruido y de público a veces no son los mejores...

Bibliotecas especializadas en literatura infantil, con gran renombre y mucho financiamiento, pero vacías de niños, vacías de risas, vacías de manitos que revuelvan los estantes y se fascinen ante los dibujos coloridos y los textos mágicos. Eso veo, y eso me entristece, me cansa.

Cursos profesionales destinados a latinoamericanos, financiados con fondos logrados a través de la explotación de latinoamericanos (de otros, por cierto; de esos que no pueden acceder a un curso de formación profesional). Eso veo, y eso me duele, me hastía.

Publicaciones periódicas académicas que buscan ser populares pero que escriben en términos que nadie comprende, y que se centran en la "excelencia", las "nuevas tecnologías", la "normalización" y demás instancias que suelen generar competiciones, escalas de "mejores y peores". Publicaciones que, al buscar eso, no sólo no son populares, sino que buscan lograr la "exclusividad" de ser de unos pocos y para unos pocos. Eso veo, y eso me da asco, me decepciona.

Fundaciones dedicadas al fomento de la lectura que aún no entendieron de qué se trata la lectura y que, después de décadas de autoritarismo y dictadura regionales, parecen no haber despertado de esa pesadilla y perpetúan en sus políticas y sus acciones todas esas nubes negras de prohibiciones, de límites, de presiones... Eso veo, y eso me aterroriza, me da miedo.

Listas de correo que nacieron para la libre difusión de noticias, pensamientos y decires, pero en las cuales la censura aumenta, aumenta y aumenta, cada vez más, cada día un poco más. Cada vez un poco más de control, cada día un filtro más. Eso veo, y eso me repugna, me enerva.

Profesionales que jamás abren la boca para aportar ideas y construir futuros, pero que desperdician sus palabras y sus escritos en condenar nimiedades, en comentar novedades que a nadie importan, en felicitar al otro sólo por el compromiso de quedar bien. Eso veo, y me siento vacío, me siento ausente.

Estructuras internacionales que olvidan a más de la mitad (la mitad meridional) del planeta, que siguen creando políticas avasalladoras, que siguen perpetuando el colonialismo y el imperialismo, que siguen sin tenernos en cuenta, pero que, a pesar de todo, son consideradas como "las más respetables". Eso veo, y entonces borro de mi piel todos esos nombres, todos esos vínculos, todas esas manchas.

Colegas latinoamericanos que nos "representan" en foros y ámbitos regionales y mundiales sin representarnos en absoluto, sin trabajar, sin establecer vínculos. Ausencias y holgazanerías de todos conocidas y por todos aplaudidas o aceptadas como inevitables. Eso veo, y recuerdo con tristeza mis labores y trabajos de antaño, en los que busqué algo llamado "compromiso".

Becas cedidas –y adjudicadas– para proyectos que benefician a un grupo mínimo de personas ya beneficiadas por la sociedad en general. Proyectos descartados que buscaban beneficiar a grupos vulnerables... Eso veo.

Veo el reino del "listo", del "vivo", del "más rápido", del "más pillo". Veo el reino del olvidado, del marginado, del silencioso, del que prefiere no darse por aludido. Dos reinos puestos uno al lado del otro. Reinos de hipocresía, reinos de mentiras. Reinos cotidianos que muchos no quieren ver para no pensar lo que yo pienso ahora, para no decir lo que yo digo en estas líneas, para no gritar lo que yo grito a veces en la soledad de mi escritorio.

Poco a poco, hay senderos que he dejado de transitar, y hay espacios en los que evitaré dejar mis huellas. El antiguo refrán decía que si no puedes contra ellos, debías unírteles. Refrán odioso, si los hay: refrán de traición a uno mismo, refrán de cobardía. Creo que prefiero la fidelidad a las ideas y a los valores propios, aunque eso signifique caminar por una calzada de otro mundo, una calzada no señalada en los mapas comunes; esa en la que uno puede ser quién es sin tener que renegar de ello para poder dar un paso más.

Poco a poco, estas dos manos que aquí escriben han dejado de hacer muchas cosas, limitándose al pequeño puñado que todavía vale la pena. Quizás la alegría de renunciar y de reservar las energías para esas pequeñas actividades está en ser consciente de que ésas, sólo ésas, merecen el esfuerzo y la dedicación. Para las demás, hay muchas otras manos dispuestas. Manos que llegarán, incluso, a olvidar el significado de la palabra "amistad", "solidaridad", "compañerismo" o "compromiso" con tal de lograr ser incluidas y "reconocidas".

Desde este nuevo camino les saludo, con la promesa de otras historias venideras, de otras noticias, de otros relatos que, aunque quizás tengan menos que ver con el mundo "visible" de las bibliotecas y los libros, tendrán mucho que ver con ese universo "invisible", olvidado, cotidiano, casi oculto... Ese que tantos colegas viven a diario: el que da las mejores recompensas sin tener, como precio, la venta del alma al diablo.

Ilustración.

Estrechar la mano, arrimar el hombro

Estrechar la mano, arrimar el hombro

Y andarse con pies de plomo...

Por Sara Plaza

Es parte de mi aprendizaje, es parte de mi andar. En la medida de lo posible, siempre que tengo la oportunidad, me gusta extender mi mano y salir al encuentro de otra. También disfruto cuando es la otra la que busca el contacto de la mía. Adoro las complicidades, los guiños, las sonrisas desde el corazón. Me encantan los niños y admiro a los grandes, y estoy segura que si alterase el orden de esos verbos no cambiaría el sentido de mi afirmación. Que un pequeño me mire con curiosidad es algo hermoso, igual de lindo que encontrar el asombro de alguien mayor al observarte. Desde que salí la primera vez de mi pequeño pueblo en la sierra pobre de Madrid, no he dejado de fijarme bien en unos y otros. Recuerdo que la primera personita que me dio la bienvenida en Córdoba, Argentina, fue un muchacho de 10 o 12 años que encontré mientras visitaba una exposición de dibujos de dragones... El joven quiso saber si yo conocía a Harry Potter y cuando le respondí con un sí, y nos pusimos a hablar de sus aventuras, ninguno de los dos terminaba de creerse que alguien más hubiera podido disfrutar con ellas tanto como uno mismo. Entonces yo, que también quería saber algo, le pregunté si conocía El Señor de los Anillos. "¡Claro que sí!", me dijo, "y El Hobbit", añadió sin pensárselo dos veces. "Vaya, vaya, vaya", le dije yo, "¿y has leído también El Silmarillion?". Aquel jovencito se quedó pensando unos instantes y su respuesta me dibujó una de las sonrisas más hermosas que creo haber lucido en mi vida: "No, ése no. Capaz que no lo trajeron a la Argentina todavía". Y seguimos viendo juntos los dibujos y descubrimos que también había piedras pintadas con motivos fantásticos, animales mitológicos, figuras de héroes y de sirenas... y un poquito después de ver juntos todo aquello nos dijimos adiós. Su mamá acababa de entrar a la sala en la que nos encontrábamos los dos y él corrió a contarle que había estado hablando con ella (ésa era yo). Cuando estaba a punto de abandonar el lugar, alguien me tiró de la manga y al darme la vuelta me encontré otra vez con mi nuevo amigo. El muchacho extendió su mano hacia mí y me dijo: "Lucas, un gusto." Ahí se me pintó la segunda sonrisa del día, y creo que hasta me puse colorada. Di un pasito hacia él, alargué mi mano yo también, y le respondí: "Hola, yo soy Sara." La gente que estaba en aquella habitación nos miró y escuché a alguien decir: "Mirá qué proyecto de caballero...". Un momento después, Lucas se volvió a buscar a su mamá y yo salí a la calle. Sólo había caminado unos metros cuando giré sobre mis pasos, entré de nuevo en la tienda de la exposición, compré una postal de una de las piedras pintadas, y por la parte de atrás anoté el título del libro que capaz no habían traído a la Argentina después de una pequeña dedicatoria, y pedí permiso para pasar de nuevo a la exposición. Encontré a Lucas al lado de su mamá y le regalé la postal sonriendo por tercera vez.

En otra ocasión, y en otras latitudes, fue una bibliotecaria indígena, muy linda y muy viejita, la que tomó mi mano entre las suyas. No puedo explicar la emoción que sentí al tener aquellos dedos arrugados apretando los míos, no sabría encontrar las palabras para contar cómo me miraban aquellos ojitos oscuros y cómo se me inundaban los míos...

En Irlanda se me desbordaron definitivamente, cuando la maravillosa anciana a la que preparaba la cena y con quien compartía un par de horas todos los fines de semana (esos días libraba la mujer que se ocupaba de ella a diario, y así yo me ganaba un dinerito para poder pagarme el curso de inglés) me tomó ambas manos cuando yo ya me volvía a España, y me animó a viajar siempre, a ver otros lugares, a conocer otras gentes: "Una maestra tiene que poder hablar de otros horizontes, a los niños les encanta saber de otros mundos." Así me dijo.

El último apretón de manos, así de bonito, me lo dieron uno de los días durante el curso sobre Bibliotecas para comunidades indígenas que nos llevó a Bolivia hace una semana. La mujer que se acercó a saludarme quería agradecernos nuestro trabajo, nuestro compromiso, nuestro esfuerzo y nuestras ganas, y me encontré otra vez con un par de ojitos muy brillantes que alegraban los míos hasta las lágrimas.

Todas estas personas (y muchas más que aún me falta conocer), chicos y grandes a los que me gusta tener cerca, con los que me encanta compartir, a los que siempre estoy dispuesta a escuchar, a mirar y de los que siempre tengo mucho que aprender, me han regalado con su apretón de manos la fuerza y la ilusión con las que sigo avanzando cada día.

Y así como he tenido manos a mi alrededor para estrechar, también he encontrado hombros en los que apoyarme y a los que arrimar el mío. Han habido sueños, proyectos; han habido libros, dibujos, canciones; han habido recetas de cocina, instrucciones de uso; han habido mapas, guías; han habido escapadas, búsquedas; han habido historias sin final y finales sin historia...

Sin embargo, todos estos "vientos a favor" que me impulsan, que acrecientan mis pasos, que me colorean la piel y el alma, no me hacen perder de vista que estamos en un momento de "cambio climático". Uno debería aprender a reconocer las manos que acarician, de las que golpean, los apretones que empujan de los que hunden. Tendríamos que poder descubrir cuánto de mueca esconde una sonrisa y cuánto de mentira una "gran verdad". Nos ayudaría a no rompernos en mil pedazos cuando nos engañan, cuando nos discriminan, cuando nos olvidan, cuando nos humillan. Nos serviría para andar mejor calzados, pues al camino, como a la vida, no les podemos quitar las piedras que los hacen ser quienes son.

Lo que sí podemos hacer nosotros, es recorrerlos con pies de plomo, sobre todo, cuando el terreno que pisamos está lleno de baches y sembrado de dificultades. Nadie dijo que erguirse para caminar sobre nuestras dos piernas fuera sencillo, costó miles de años. Por eso, porque no creo que nos gustase encogernos de nuevo, porque la cabeza hay que intentar llevarla siempre bien alta, lo mismo que el corazón, vale la pena intentar desenmascarar a los falsos amigos, a los falsos amores, a los falsos colegas... No se trata de desconfiar ni de dejar de creer. Tiene mucho más que ver con elegir en qué o en quién confiar y en qué o a quién creer. Me atrevería a decir que, más que en nada ni en nadie, hay que confiar y creer lo primero en uno mismo, y mostrar al otro que pude confiar y creer en nosotros. Aquellos que, lejos de mostrar para que podamos decidir nosotros mismos, nos intentan convencer, merecen todas nuestras sospechas y nuestro más firme rechazo.

Sigo pensando que es mejor enseñar a preguntarse que dar respuestas, sigo defendiendo la duda frente a las certezas, por eso los invito a ir con pies de plomo por la vida, al tiempo que los animo a estrechar todas las manos que les extiendan con sinceridad.

Ilustración.

junio 21, 2007

A través de tierras andinas

A través de tierras andinas

Por Edgardo Civallero

– ¿Tú soplas eso?

La pequeña –que, según nos dijo después, se llamaba Alison– señalaba con su manito de dos años y pico las enormes zampoñas –flautas de Pan andinas– que descansaban a mi lado, unas flautas que superaban su estatura en unos cuantos decímetros. Estábamos sentados en la Plaza Murillo, en el corazón de La Paz (Bolivia), en unas escaleras repletas de paceños de todas las edades que descansaban mirando a los cientos de palomas que deambulaban por la plaza picoteando el maíz que les echaban los transeúntes. Frente a nosotros estaba el Palacio de Gobierno, de cuyo balcón pendían la bandera nacional y una enorme wiphala, la bandera de los pueblos originarios andinos, cuadriculada y llena de colores. A la derecha, la catedral, y entre ella y nosotros, un mundo de gente: viejos vendedores de helados que empujaban pesadamente su carrito, ofreciendo su mercadería a un peso boliviano, o mujeres con enormes hatos cargados en su llijlla (especie de manta multicolor en la cual puede envolverse tanto un niño como cinco kilos de fruta o un becerro), o "celulares vivientes", esos personajes de chaleco verde fosforescente que portan un teléfono móvil desde el cual el público puede llamar por un precio módico.

Alison sació su intriga acerca de nosotros –q´aras, o gente de piel blanca– y nuestras flautas, y se fue tan tranquila a seguir curioseando otras esquinas de la plaza, o quizás a perseguir a las palomas. Nosotros terminábamos, ese mismo día, nuestra estancia de una semana en La Paz, y levantábamos pesadamente nuestro equipaje para dirigirnos a la terminal de buses, desde la cual un vehículo nos tragaría dentro de su estructura metálica unas 20 horas antes de escupirnos –cansados, malhumorados y polvorientos– en el pueblo fronterizo de Villazón, desde el cual cruzaríamos la frontera para ser engullidos por otros dos buses argentinos que, luego de otras 20 horas, nos dejarían en nuestra casa. Así son los viajes: no sólo paisajes y experiencias bonitas, sino también largas distancias, mucho tiempo, riesgos que algunos no evalúan o imaginan (y que nadie cubre), hambre, suciedad, ruido, escaso descanso... Es una elección de vida, por cierto, pero dista mucho de ser una simple aventura, aventura que muchos nos dicen querer vivir pero que pocos viven, a la hora de la verdad (siempre se elige la comodidad ¿no?).

Bolivia nos convocó para un curso acerca de bibliotecas para comunidades indígenas. El curso fue organizado por el CEDOAL (Centro de Documentación en Artes y Literaturas Latinoamericanas) del Espacio Simón I. Patiño, una Fundación Cultural asentada en La Paz, financiada con fondos del antiguo "rey del estaño" boliviano del mismo nombre. La Fundación organiza anualmente algunas actividades relacionadas con bibliotecología, y la nuestra cerraba el ciclo 2007 con una temática de mucho interés, ahora mismo, en Bolivia. Si bien –respetando mi filosofía de trabajo– he colocado en línea mis materiales sobre este tema desde hace tiempo, son varias las organizaciones que me invitan para explicar tales contenidos en forma personal a los asistentes de sus actividades. Parece ser que la cultura oral, la explicación directa, la reflexión, la participación y el debate del formato "taller" todavía siguen atrayendo mucho más que un simple texto. Así que, aceptando la propuesta del CEDOAL, generamos un Taller en La Paz.

El CEDOAL cuenta con una biblioteca especializada en arte y literatura, especialmente bolivianas, pero que incluye además otros escenarios latinoamericanos. Además, el Espacio Simón I. Patiño cuenta con una biblioteca especializada en cómics, y un ambiente de exposiciones artísticas, difundiendo, asimismo, mucha información sobre las vanguardias bolivianas. Las actividades me recordaron mucho a las que organizan ciertos institutos extranjeros en Córdoba; si bien no suelen ser mis favoritas, debo reconocer que proporcionan puntos de encuentro y de contacto a muchas personas.

Dado que el taller tenía lugar por la noche, teníamos todo el día para recorrer y reconocer La Paz, y muchas invitaciones de colegas y amistades para realizar visitas que ampliaran nuestros conocimientos. Sin embargo, los museos, las bibliotecas y los paseos no nos dieron tanto como el contacto humano con la gente de la calle, o con los propios participantes del curso.

Fue el caso de la viejita que vendía granos en el Mercado Camacho, la cual le explicó a Sara –que desconocía algunas variedades andinas de cereales comunes– el nombre de cada uno y su modo de preparación. O el de los vendedores de instrumentos musicales de la calle Linares, con los cuales miré y remiré cañas y cuerdas en busca de un par de artefactos sonoros que faltaban en mi colección de instrumentos andinos. La ciudad nos envolvió y nos atrapó, y aunque sus olores, sus ruidos, sus sabores, sus comportamientos, sus espacios y sus colores eran completamente distintos de aquellos a los que estábamos acostumbrados, todavía conservamos la capacidad de adaptación y de comprensión que permiten evitar las comparaciones y decir que algunas cosas son mejores y otras peores. Nos dimos cuenta que estábamos pisando un mundo nuevo, un mundo distinto, con otras normas que aprender, con otras reglas que conocer. Algunas no nos gustaron en absoluto, pero aún así, pateamos las calles aprendiendo en cada esquina, registrando en nuestras pupilas todo lo que nos cruzábamos, riéndonos o enojándonos con esto o aquello. Si lo piensan bien, la única forma de aprender realmente de las experiencias es ésta.

En nuestras andanzas nos deleitamos con la enorme colección de instrumentos musicales del Museo especializado situado al inicio de la empinada Calle Jaén, una calleja empedrada y peatonal que conserva todo el sabor de la ciudad colonial. Allí, en ese edificio, recorrimos la colección más alucinante de elementos musicales que puedan imaginarse, y que ha organizado a través de los años el célebre charanguista Ernesto Cavour. Afortunadamente para nosotros, existía una sección en la cual se permitía al visitante golpear, pulsar y soplar algunos instrumentos caseros, que hicieron nuestras delicias. Pero más allá de eso, desfilaron ante nuestros ojos rasgos de una herencia cultural de milenios que aún siguen vivos en muchos rincones de nuestra América.

Otros rasgos que también desfilaron frente a nuestros rostros asombrados fueron los textiles, las máscaras y los adornos plumarios exhibidos en el recientemente reinaugurado Museo de Etnografía y Folklore. Las colecciones –exhibidas en forma gratuita– muestran distintas facetas de los pueblos indígenas actuales de las tierras altas y las tierras bajas bolivianas. En estas últimas aún viven un alto número de etnias que conservan –a pesar del fuerte embate de los grupos religiosos– sus pautas y formas de vida tradicionales. De allí provenían máscaras bellísimas, aunque los adornos de plumas y los disfraces que caracterizan a las danzas del altiplano y los valles altos bolivianos son casi insuperables, tal es el derroche de colores e imaginación que exhiben.

La biblioteca del Museo es parte de REDETBO (Red de Información Etnológica Boliviana), que agrupa a entidades como APCOB (en Santa Cruz), la Biblioteca Etnológica de la Universidad Católica Boliviana (Cochabamba), CEPA (de Oruro), CER-DET (de Tarija), CIDDEBENI (de Beni), y CIPCA, MACPIO y THOA (de La Paz), además del citado MUSEF. Esta Red ya cuenta con un Catálogo Etnológico sobre Pueblos Indígenas de las Tierras Altas y Bajas de Bolivia, uno de cuyos ejemplares nos llevamos en obsequio. Recorrer la colección del MUSEF fue encontrarnos con verdaderas reliquias, con tesoros únicos, con textos que condensaban y reflejaban bellezas culturales de las tierras bolivianas. El poder de la biblioteca –el de conservar la memoria de los pueblos, el de transmitir sus recuerdos y sus valores– quedó, ante nosotros, desvelado y expuesto.

La Biblioteca Municipal de La Paz –en plena Plaza del Estudiante, a metros de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA)– compartió con nosotros sus planes estratégicos, sus estructuras que se renuevan, sus ganas de hacer, sus problemáticas, y, sobre todo, su acervo antiguo, que nos hizo emocionar hasta las lágrimas. Imaginen enormes estanterías de varios metros de altura, y allí, en tomos encuadernados en cuero, antiguas letras con antiguas historias, caligrafías de siglos, títulos en latín. Imaginen el olor característico de esos volúmenes, la luz que se filtra de a poco, el silencio y las voces que parecen salir de los libros para llamarnos y contarnos cosas. ¿Lo sienten? Esa magia de los libros antiguos es la que sentimos nosotros allí. Y si bien me opongo completamente a que los tomos sean guardados celosamente como en museos, dudo que sea éste el caso. Los libros allí seguían vivos, y con esa vida nos llamaban.

El interés por las culturas andinas nos llevó a revolver librerías buscando cuentos –en especial la edición de narraciones de pueblos originarios publicadas por Liliana de la Quintana y su productora, Nicobis– y ediciones bilingües, y nos empujó a transitar todos los pasillos de la Casa Montes –una de las sedes de la UMSA– en busca de algún manual para aprender la lengua aymara y la quechua. Con estos últimos materiales dimos un día antes de nuestro retorno, gracias a la inapreciable ayuda del director del Instituto de Estudios Bolivianos, que nos recibió en su despacho con un abrazo y una sonrisa. Esos materiales son los que ahora mismo curioseamos, intentando pronunciar los sonidos glotales que caracterizan a ambas lenguas y las vuelven únicas.

Fue el mismo interés en las culturas andinas el que nos llevó a las ruinas de Tiwanaku, la antigua ciudad emplazada cerca del Titicaca, sobre la cual se han tejido tantas teorías. Allí llegamos por nuestra cuenta y riesgo, evitando los tours turísticos y siguiendo la ruta que seguiría cualquier boliviano (lo cual no estuvo libre de serios problemas, por cierto). Allí, entre aquellas ruinas monolíticas, nos encontramos con la puerta del Kalasasaya, y con las cabezas-clava del templete semisubterráneo –que, según dicen, tienen todas rasgos diferentes, y representarían a la humanidad que creó el mítico Wiraqucha– y con enormes monolitos con rasgos humanos y cubiertos de dibujos en relieve. Pero el mejor momento del viaje –al menos para mí– fue encontrarnos frente a frente con la mítica Puerta del Sol, y mirar a los ojos a esa deidad milenaria que, tallada en el dintel, ve pasar los siglos con sus brazos abiertos y la cabeza rodeada de rayos. Muchos dicen, interpretando algunos bajorrelieves de su cara, que es un dios que llora. A mí, al menos, no me lo pareció. Me pareció que me sonreía, más hermoso que nada en el mundo, a pesar de su pequeño tamaño y sus rasgos borrosos por la erosión y los siglos.

Pero más allá de todo esto que les he contado, y del suruqchi (mal de las alturas) que nos golpeó cuanto quiso, y de los mercados en los que se vendía de todo –desde piezas de cerdo y cabezas de oveja hasta calzado y ropa–, y del tráfico caótico de La Paz, y de los cientos de pequeños buses que proclaman sus destinos y precios a los gritos, y del río Choqueyapu convertido en un hilo de agua muerta, la mejor experiencia la tuvimos con la gente que nos cruzamos en el camino, en especial dentro de clase, en el Taller. Allí nos encontramos con personas que estaban interesadas en las temáticas que a nosotros nos hacen andar, nos hacen movernos. Personas que nos miraban a los ojos cuando hablábamos, personas que compartieron con nosotros sus dificultades y sus dudas. Jóvenes estudiantes de Historia, mujeres indígenas pertenecientes a fuertes movimientos sociales, bibliotecarias y bibliotecarios de todo tipo de institución. Todos ellos participaron desde su marco, con sus preocupaciones, con sus experiencias... No, no seré cándido: quizás muchos ni siquiera prestaron atención; quizás a otros ni les importó lo que se dijo allí; quizás algunos se rieron de nuestros pensamientos y nuestras opiniones. Pero eso ocurre siempre, incluso en esta misma bitácora, con aquellos que eligen leernos. Lo bueno, lo mágico quizás, fue que para unos pocos, nuestras palabras y nuestros silencios, nuestras ideas y nuestras experiencias, sirvieron de base para imaginar otros caminos, otras posibilidades. Y, si en un grupo de 40 individuos, uno siente que valió la pena escuchar, atender y preguntar, este aprendiz de docente que les escribe siente y piensa que, entonces, valió la pena viajar cientos de kilómetros, con sus decenas de horas de cansancio y sinsabores, para pronunciar un puñado de palabras.

De esto –del encuentro con un magnífico puñadito de personas– se trató nuestro viaje a La Paz, un viaje que ya hemos compartido en un par de ocasiones, en páginas pasadas. Sin embargo, ningún viaje es igual a otro. Cada individuo, en distintos momentos, lo ve desde una óptica diferente, y cada vez, a cada paso, se aprende algo importante, o se desaprende. No, no enseñamos nada nuevo sobre bibliotecas y comunidades indígenas: sólo rescatamos dos cosas importantes, que muchos parecen haber olvidado. Una es que la nuestra es una profesión que se basa en la vocación y en el servicio. (Sara no dejaría pasar esta oportunidad para explicar que eso de la vocación, no es más que nuestra humana condición de dar a otra persona lo que esperamos que esa persona nos dé a nosotros: lo que se ha aprendido, una opinión, un abrazo... eso que sólo los seres humanos pueden intercambiar entre sí). La otra es que si queremos cambiar algo de nuestra realidad, debemos empezar por cambiar algo dentro nuestro. Porque, si no empezamos por eso, poco podremos hacer. Y ambas cosas tienen que ver con las personas, con aquello que pasa dentro de cada una, por aquello en lo que decide creer.

Quizás sea por eso por lo que tanto Sara como yo seguimos creyendo en la gente, a pesar de todo, y con todo lo que ello significa.

Ilustración.

junio 09, 2007

Lo que ofrece la biblioteca

Lo que ofrece la biblioteca

...y el afán aventurero de nuestro deseo de saber

Por Sara Plaza

"(...) lo que ofrece la biblioteca, lo que ofrece la lectura, es precisamente eso: un espacio, en el sentido real y metafórico, en donde sentirse suficientemente protegido para poder ir y venir libremente, sin peligro, y abandonarse a la fantasía, y tener la mente en otra parte. La biblioteca ofrece un espacio, y propone objetos, objetos culturales, que podemos apropiarnos, que podemos probar."

Son palabras de Michèle Petit, antropóloga y novelista francesa. Sin duda una andariega incansable, pues ha transitado por otras disciplinas y caminado por las más recónditas las sendas de la lectura, descansando su mirada en muy diversos paisajes de Oriente y de Occidente. Las escribió para una conferencia leída en Buenos Aires en mayo de 2000, en el marco de un seminario en el Ministerio de Educación, y las he encontrado entre las páginas de su libro "Lecturas: del espacio íntimo al espacio público", publicado un año después por el Fondo de Cultura Económica. Ese libro es una pequeña joya y guarda incalculables tesoros en sus entrañas. Si uno lo empieza por el principio, encuentra a manera de prólogo, un categórico "¡Nunca iré a América Latina!" que enamora desde la primera hasta la última línea. Y si se deja seducir por todas ellas, será casi inevitable, no acudir después a la última parte, donde hallará la autobiografía de una lectora nacida en París en los años de posguerra. A partir de ahí, todo un universo se abre ante nuestros ojos, esos ojos que a veces miran para adentro, y otra veces abandonan sus pupilas ante un mundo exterior inabarcable. Con esos ojos, con esa mirada insaciable que anhela redescubrirnos y reinventarnos cada vez que pasamos una página, uno puede alimentar, durante un buen puñado de horas, la hoguera de dudas en la que arde su espíritu curioso.

Con grata sorpresa, he podido escuchar a otros lectores en su trabajo, pues Michèle acude siempre a ellos para hablar de lectura. Los ha buscado en barrios marginales de las ciudades, en las zonas rurales, entre sus escritores favoritos... los ha buscado y les ha dado la palabra. Y escuchándoles, se ha hecho un montón de preguntas, pero ha tenido –en mi opinión– el acierto de no ofrecernos las respuestas, sino de dejarnos buscarlas a nosotros mismos. Ese papel activo, proactivo, me atrevería a decir, que la autora otorga a sus lectores (los de sus investigaciones y los de sus obras) es un valioso regalo para cualquier persona que tenga deseos de pensar por sí misma y construir su propio conocimiento.

Hay párrafos maravillosos, fragmentos inolvidables, voces insospechadas que han despertado sonidos lejanos y me han acercado horizontes que hoy casi puedo rozar si extiendo mi brazo. Hay misterio, hay aventuras, hay sueños, hay vida cotidiana, hay drama, hay comedia, hay dudas, hay pruebas, hay finales felices, hay historias sin final... hay pasión por la lectura, y sobre todo, una gran honestidad pues, en palabras de la escritora, leer no siempre es una recompensa.

Cuenta tantas cosas Michèle Petit en este libro, no sabría qué restos del naufragio rescatarles, pero no puedo por menos que incitarles, como hace ella misma, a cantar, a pintar, a leer y a vivir hermosas historias, pues estamos hablando de derechos culturales. Así nos lo hace saber, no una, sino mil veces, a lo largo de su texto. Bien clarito, y con todas las letras, defiende una lectura emancipadora, lejos del sentido asistencial o benéfico que muchos quieren endilgarle. Dice así:

"Escuchando hablar a los lectores, nos damos cuenta de que por medio de la lectura, aunque sea episódica, podemos estar mejor equipados para manejar ese destino, incluso en contextos sociales muy apremiantes. Mejor equipados para resistir a algunos procesos de marginación o a ciertos mecanismos de opresión. Para elaborar o reconquistar una posición de sujeto, y no ser sólo objeto de los discursos de otros." (op. cit. : 104)

E insiste en que la lectura es una práctica de riesgo, porque puede hacer que nuestras certezas se tambaleen y que el grupo (familia, amigos, comunidad...) al que pertenecemos se dé cuenta de que nos distanciamos del mismo. Sin embargo, eso no significa que los lectores nos volvamos antisociales en absoluto, pues ese "alejamiento" nos proporciona un espacio, propio y necesario, para que cada uno de nosotros podamos tomar la palabra, un derecho de todas las personas. Es menester que sigan leyendo lo que dice la autora para entender esa apropiación de nuestro mundo interior imprescindible para ocupar nuestro lugar en el que nos rodea:

"Escuchándolos [a los lectores] comprendemos que las bibliotecas contribuyen a la emancipación de aquellos que trasponen sus puertas, no sólo porque dan acceso al saber, sino también porque permiten la apropiación de bienes culturales que apuntalan la construcción del sí mismo y la apertura hacia el otro. Sin embargo, curiosamente, esta dimensión esencial de la lectura es a menudo desconocida o subestimada, o bien derivada hacia las lecturas llamadas de evasión o de entretenimiento. Por su puesto que no es lo mismo. Leer, o recurrir a bienes culturales diversos, para encontrarse a sí mismo, para reconocerse, para construirse o reconstruirse, no es la misma experiencia que leer para olvidar o para distraerse." (op. cit. : 109)

"Y si bien esta lectura rara vez lleva a que se escriba una obra o se lleve un diario íntimo, puede conducir, por medio de un proceso que me parece cercano, a que alguien sea más apto para expresar sus propias palabras, y al mismo tiempo se vuelva más autor de su vida." (op. cit. : 113)

"Pueden quebrarnos, echarnos e insultarnos con palabras, y también con silencios. Pero otras palabras nos dan lugar, nos acogen, nos permiten volver a las fuentes, nos devuelven el sentido de nuestra vida. Y algunas de esas palabras que nos restauran las encontramos en los libros. (...) Tener acceso a ellas no es un lujo: es un derecho, un derecho cultural, como lo es el acceso al saber. Porque quizás no hay peor sufrimiento que estar privado de palabras para poder darle sentido a lo que vivimos." (op. cit. : 114)


Les animo a que sigan leyendo, a que lleguen hasta el final y comiencen de nuevo, a que entren y salgan de las bibliotecas, que las hagan suyas, que las conquisten y se dejen conquistar por sus hallazgos, les animo a que busquen algo de lo que la autora encontró en ellas...

"La biblioteca respalda (...) en este caso un gesto de despegue, de resistencia, de transgresión de los límites establecidos. Y contribuye a que algunos jóvenes realicen desplazamientos, reales o metafóricos, en diferentes terrenos de su vida: puede se un punto de apoyo para que continúen sus estudios o su carrera profesional, impidiendo así que se detengan, inmovilizados por el fracaso escolar y el desempleo; puede sacudir la representación que tienen de sí mismos, su manera de pensar, de decirse, sus relaciones con la familia, con el grupo de pertenencia, con la cultura de origen, y les evita a veces ser rehenes de una representación estereotipada de esa cultura; puede ayudar a las chicas a salir de su confinamiento en el espacio doméstico, y ofrecer a los muchachos una alternativa para el gregarismo viril de la calle y para la delincuencia; lleva a otras formas de sociabilidad y de solidaridad; y puede conducirlos a otras maneras de habitar y de percibir el barrio, la ciudad, el país en el que viven.

La biblioteca no puede resolverlo todo, repararlo todo, no seamos ingenuos: al salir de allí, esos jóvenes se verán nuevamente confrontados con las segregaciones sociales, con la xenofobia, con la misoginia. Pero estarán un poco mejor armados para enfrentar todo eso." (op. cit. : 116)


Aprovecho estas últimas líneas para sembrar un poco de discordia y contrariar algunas opiniones... No soy muy amante de las campañas a favor de la lectura, ni estoy especialmente a favor de los planes ni las políticas que la auspician. Sinceramente, me molestan las órdenes y los mandatos, y no me dejo convencer fácilmente con argumentos ajenos. Para hacer algo, tengo que encontrar el motivo por mí misma, y me gusta que me dejen llevar a cabo esa búsqueda. Necesito tiempo y espacio para descubrir lo que quiero, lo que me asusta, lo que me duele, lo que me apasiona... y no siempre estoy interesada en compartir mis hallazgos. Yo tuve la oportunidad para encontrarme con la lectura cuando vi a otros leer, y me hice lectora. Aproveché aquella ocasión que me brindaba la espera para ponerme en marcha aunque aún no me hubiese subido al autobús. Y después, busqué muchas más. Creo que a los niños y a los adultos, a cada hombre y a cada mujer, hay que brindarles ejemplos, espacios y tiempo, oportunidades, ocasiones para encontrarse con otros lectores, pero sobre todo, hay que dejarles escoger, tomar sus propias decisiones. Un derecho no puede convertirse en obligación. Si, efectivamente, la lectura nos puede "armar" mejor para andar nuestros caminos, no creo sea necesario convencernos de ello. Bastará con que nos den la libertad y la posibilidad para acceder a ella, a toda ella, y que nos dejen pensar e imaginar por nosotros mismos.

Ilustración.

¿Una carrera que desaparece?

¿Una carrera que desaparece?

Por Edgardo Civallero

Es habitual encontrar, de vez en cuando, comentarios, artículos y mensajes de lista de correo profesional que tocan un tema delicado y espinoso: ¿desaparece la bibliotecología como carrera? ¿Desaparece nuestra profesión?

Los debates que se generan a partir de tales preguntas –quizás buscando una respuesta alentadora– exponen todos los puntos de vista posibles, pero en pocos casos llegan al meollo de la cuestión. No pretendo aquí, como pueden suponer, lograr tal hazaña, ni dar respuesta a una pregunta que quizás no la tiene. Sólo busco anotar unas pocas reflexiones al respecto que, tal vez, hagan que reconsideremos algunas cuestiones de fondo que en escasas ocasiones son puestas sobre el tapete.

Los mensajes apocalípticos –del estilo "se acaba el libro en papel", "desaparecerán los bibliotecarios"– suelen darme mala espina, no porque estén anunciando el fin de algo (los finales de las cosas suelen llegar paulatinamente, no de repente, y generalmente no se anuncian con ninguna señal) sino porque permiten medir la temperatura de un problema. Como si fueran una fiebre. En este caso del que les hablo, el problema es serio. Por un lado, decrece el número de alumnos en las escuelas de bibliotecología terciarias y universitarias. Por el otro, el número de colegas desempleados o que nunca encontraron un primer trabajo también aumenta.

Sin embargo, las bibliotecas siguen existiendo y siguen trabajando como siempre.

El problema no es sencillo, sino que presenta varias cabezas, como aquella hidra a la que se enfrentó Hércules en sus míticos trabajos. Si no somos capaces de golpearlas a todas –cómo hizo el héroe en la leyenda– nuestro destino será ser atrapados y devorados. Y no, no se trata de otro mensaje apocalíptico, sino de una advertencia que todos sentimos en la piel, que todos conocemos, pero que pocos se encargan de asumir y solucionar.

Una de las cabezas del monstruo –permítanme jugar con la alegoría– es la pobre formación que recibimos en nuestras instituciones educativas superiores, tema del que ya he hablado hasta el hartazgo pero que requiere mención aquí también. Salimos capacitados para ser meros técnicos, con pocas competencias en el mercado laboral y profesional. En el ámbito académico somos casi invisibles, inexistentes: me he cansado de oír, en mi propia cara, cómo muchos investigadores y docentes de otras disciplinas preguntan si es posible la investigación en bibliotecología. Noten que, curiosamente, en América Latina existen pocos centros de investigación especializados en bibliotecología (yo conozco cuatro, y suelen conformarse como espacios académicos bastante cerrados); son pocas las revistas que siguen publicando artículos a nivel regional (sobre todo aquellas en formato de acceso abierto), y son muchas las que han ido desapareciendo en el último lustro; son pocas las propuestas de construcción de espacios y ámbitos de reflexión; son pocos los congresos y reuniones que organizan talleres y plantean estrategias de acción conjunta. Últimamente, además, he visto el resurgimiento de una tendencia que se viene insinuando desde hace mucho, pero que ahora se ha vuelto más fuerte: voltear la cabeza hacia España, "madre de todos los saberes". En sus listas se discute "mejor", sus webs bibliotecológicas son "exitosas", sus revistas tienen "categoría". Y que conste que no tengo nada contra España. Pero estamos abandonando nuestros espacios y nuestras propuestas regionales.

Hace falta aprender más, renovar y revitalizar los currículos educativos, revivir nuestras revistas, abrir los centros de investigación o crear otros nuevos, mejorarnos, capacitarnos... Hace falta, por una vez en la vida, apostar por nosotros.

Otra cabeza es el descrédito que nosotros mismos echamos sobre nuestra profesión. Muchos colegas no creen en sí mismos y en sus posibilidades, y así, sus puestos son ocupados por administrativos, docentes, informáticos y otros personajes que no estaban tan preparados para esas funciones, pero que creyeron en sí mismos. Comenzar a creer en nuestras fuerzas y nuestras manos pasa por un esfuerzo personal, pero también debemos ser concientizados en las escuelas. Porque, si nos educan para ser el último orejón del tarro, eso seremos, y nada más.

Otra cabeza –a la que es muy difícil combatir– son las pésimas condiciones laborales a las que se enfrentan los profesionales de la información en la actualidad: los bajos sueldos, la corrupción, los abusos que no pueden denunciarse... En este aspecto, es hora de que las asociaciones nacionales –allí donde existan– comiencen a luchar por los derechos de sus representados, por proyectos de ley que amparen y regulen el desempeño profesional. Es hora de que se creen espacios de debate y participación en los cuáles los bibliotecarios puedan decidir su futuro y su presente, sus pasos a seguir y su realidad actual. Es necesario que las asociaciones y organizaciones regionales dejen de existir para figurar y comiencen a existir para trabajar. Conozco muchísimos asociados a este tipo de entidades que me cuentan, confidencialmente, que han pagado por años las cuotas societarias para recibir nada a cambio. Lo cual, por cierto, desanima al más animoso.

No sé si una solución para este problema es la colegiatura o el sindicato. He visto el funcionamiento de algunos, y he notado la corrupción dentro de ellos también. Hace falta otra cosa: estructuras horizontales sólidas, equipos de trabajo proactivos, gente con ganas de trabajar, búsqueda de consenso, discusión constructiva y propuestas tangibles. Y espacios de denuncia pública de las malas prácticas. No se trata de seguir regando la maceta del politiquerío bibliotecario, amiguista y nepotista. Se trata de comenzar a construir espacios limpios de esa suciedad, espacios en los que no se cierren puertas a fulano o a mengano "porque no son mis amigos".

Otra cabeza más es la falta de información y apoyo a los profesionales. Fíjense qué curioso: las convocatorias más importantes a trabajos, a becas, a pasantías... pocas veces se difunden. Quedan en un círculo cerrado, entre amigos y conocidos que comen, todos ellos, del mismo plato, y que generan un sistema de favores y deudas que me recuerda mucho a los estamentos feudales de la alta Edad Media. Con el apoyo pasa lo mismo: los bibliotecarios de campaña y de trinchera –los populares, los rurales, los escolares– son grandes olvidados que escasamente reciben soporte por parte de escuelas, asociaciones o colegas. Muchos de ellos siguen solos sus caminos y encuentran escasas posibilidades de pedir ayuda o colaboración para sus problemas, los cuáles –se los aseguro– son mucho más grandes de lo que muchos imaginamos.

Estoy hablando de una verdadera exclusión, basada en criterios valorativos tan injustos como "ámbito de trabajo", "entidad en la que se educó" (o incluso "nivel de educación"), "pensamiento", "amigos" y un largo etcétera que todos, de una u otra forma, conocemos.

Se necesita un poco de solidaridad, y una revisión profunda de los objetivos de las grandes organizaciones bibliotecarias (organizaciones verticalistas a las que me opongo por naturaleza, dado mi pensamiento anarquista). Si esas estructuras se volvieron horizontales y comunitarias, y comenzaran a tener en cuenta a todos, igualitaria y equitativamente, los olvidados dejarían de serlo, y seríamos muchos más a la hora de definir políticas nacionales, estrategias de acción, foros de discusión o espacios de trabajo e investigación.

Se me ocurren muchas "cabezas" más, las cuáles dejo a su reflexión e imaginación. Son varios problemas de fondo que siempre tocamos tangencialmente, pero que pocos se animan a tratar o a abordar. Mientras continuemos conviviendo diariamente con esos males, nuestras fuerzas irán disminuyendo, y terminaremos considerando a la bibliotecología como una mera profesión que, con un poco de suerte, nos puede dar de comer. Nada más.

Y no sé ustedes, pero trabajar para comer me sirve por una temporada. Luego me cansa, más tarde me decepciona, y finalmente termina deprimiéndome y me provoca el deseo de abandonar todo. Porque, si bien el pan es necesario para vivir, necesitamos algo más que nos empuje a levantarnos de la cama cada mañana y salir de casa para seguir viviendo (que es diferente de "seguir sobreviviendo"). Intentemos buscar esos motivos, intentemos borrar las sombras que empañan nuestro orgullo y nuestras ganas.

¿Cuál es la respuesta a la pregunta que originó esta entrada? No lo sé. Ojalá la tuviera. Sólo sé que si no comenzamos a trabajar activamente en la solución de estos problemas de fondo, no tardaremos en encontrarla. O, mejor dicho, ella no tardará en golpearnos la cara con su realidad. Algo que será doloroso, sin duda alguna.

Ilustración.

¿Qué tal si nos dejan leer?

¿Qué tal si nos dejan leer?

... si nos permiten decidir el qué, el cuándo, el cómo
... si nos dejan ser responsables de nuestra libertad para elegir

Por Sara Plaza

Lo pregunto porque no es algo que resulte tan obvio para muchos, porque parece ser que algunos bibliotecarios, algunos profesores, algunos periodistas –y muchas personas adultas en general– consideran estar en posesión de la verdad, saberlo todo y además haberlo aprendido de la única manera correcta.

A comienzos del siglo XX, allá por el 1905, Mark Twain se defendía ante los ataques de un bibliotecario que sintió su moral ofendida del siguiente modo:

"Estimado señor:

Estoy profundamente preocupado por vuestras palabras. Escribí Tom Sawyer y Huck Finn para adultos exclusivamente y siempre me aflijo cuando descubro que a muchachos y a muchas se les ha permitido el acceso a ellos. La mente que ha sido mancillada en la juventud no puede purificarse otra vez. Sé esto por mi propia experiencia y hasta hoy abrigo un rencor inextinguible contra los guardianes desleales de mi juventud, quienes no sólo me permitieron, sino que me obligaron, a leer una Biblia no expurgada, antes de los quince años. Nadie puede pasar por esas y respirar después en forma pura y suave, de este lado de la tumba...

Muy honestamente desearía poder decir una o dos palabras de descargo en defensa del carácter de Huck, puesto que usted lo desea, pero realmente, en mi opinión, él no es mejor que Salomón, David, Satanás y el resto de la sagrada cofradía.

Si hay una Biblia no expurgada en la sección de niños, ¿querría usted ayudar a la joven bibliotecaria a apartar a Tom y a Huck de esa dudosa compañía?" [1]


Echemos ahora sólo un pasito para atrás, estamos en 2006. El autor argentino Mempo Giardinelli publica su libro "Volver a leer: Propuestas para ser una nación de lectores. Con una guía para padres, maestros, jóvenes y bibliotecarios" [2] (otro día, si quieren, hablamos sobre esas páginas que me parecieron un solemne despropósito), al tiempo que propone, y defiende a capa y espada, la creación de una Política Nacional de Lectura para la República Argentina en la que se incluya en su artículo 14 el derecho de leer libremente todo tipo de textos, impresos o virtuales, nos cuenta que:

"Me sucedió hace un tiempo durante una conferencia en La Rioja. Alguien del público me preguntó si yo admitiría que mi hijo leyese Mein Kampf (Mi lucha) de Adolf Hitler. Mi respuesta fue que lamentaría muchísimo tener que enfrentarme a tal hipótesis pues confiaba que ese libro no estuviese en la biblioteca de la escuela a la que van mis hijos; pero que si se diese el caso yo no sería censor de ninguna lectura y confiaría en el criterio de mi hijo, que quizás un día leerá ese libro abominable pero seguramente antes habrá leído a Cervantes y a Shakespeare como al día siguiente leerá a Cortázar, Faulkner, Gogol y toda la vasta y superior literatura universal. Es decir: en ese hipotético caso yo confiaría el buen lector que mi hijo puede ser, y al mismo tiempo plantearía a las autoridades de la escuela una severa discusión acerca del acervo disponible en la biblioteca." [3]

Vaya, vaya, vaya, me temo que el Sr. Giardinelli también sintió su moral ofendida..., y debe de tener clarísimo que la superior literatura, va a sanar las heridas de ese abominable libro... Es una lástima que el humor de Mark Twain no pueda hacerle saber al autor de esa vergonzosa guía, que la superior literatura no contiene precisamente una inferior carga de racismo y discriminación. Por otro lado, no estaría mal que quien nos invita a volver a leer, siguiendo febrilmente las indicaciones del autor norteamericano, Jim Trelease (en opinión de Giardinelli "el más agudo y competente experto en lectura de los Estados Unidos, autor de un libro extraordinario: Manual de la lectura en voz alta"), se detuviese en las páginas del periodista estadounidense radicado en Canadá, Max Wallace, quien en 2004 publicaba "The American Axis. Henry Ford, Charles Lindbergh and the Rise of the Third Reich", una obra de investigación en la que se analiza el papel inspirador que tuvieron el fabricante de automóviles y el aviador norteamericanos, para el nazismo. Wallace demuestra que el libro "The International Jew" de Henry Ford, una obra de cuatro volúmenes que reúne los artículos que el industrial publicó en "The Dearborn Independent" desde 1920 hasta 1922, y que se tradujo al alemán en 1921, constituyó "una de las principales fuentes del antisemitismo nacionalsocialista y de las ideas de Adolf Hitler" [4]. ¿Acaso no es interesante explorar las conexiones que existen entre las ideas? ¿No es maravilloso descubrir en unas la semilla de otras? ¿No es mejor preguntarse por ellas que negar su existencia? ¿No vale la pena buscar el origen, indagar el porqué, tratar de entender desde cuándo? Es sabido que "Mein Kampf" tomaba como ejemplo la Immigration Restriction Act (1924), donde se prohibía la entrada a Estados Unidos a personas con enfermedades hereditarias e inmigrantes cuyo origen fuese Europa del Sur y del Este, ¿no es importante que también los sepan nuestros hijos? Es historia, nuestra historia.

Si se trata de ser "buenos" lectores, ¿no se trata también de que seamos los mejores autores de nuestras ideas? ¿Cómo van nuestros hijos a tener "buen" criterio si no les damos la oportunidad de forjárselo? Las prohibiciones rara vez alejan de nosotros aquello que se proponen poner fuera de nuestro alcance. Para que cada cual construya sus propios conceptos y levante cada una de sus convicciones, necesita adquirir conocimientos por sí mismo y poder librarse de los prejuicios y la ignorancia a la que posiblemente le conduciría una severa discusión acerca del acervo disponible en la biblioteca...

No, definitivamente no es condenando ciertas lecturas como vamos a alimentar nuestro espíritu crítico, ni a cuidar del delicado estado de salud de nuestra moral. Sería deseable que en las bibliotecas se plantease, no tanto la ausencia de ciertas ideologías que uno no comparte, sino un verdadero debate sobre las ideas que cada cual podría formular, teniendo la posibilidad de acceder a una colección lo suficientemente variada y abierta como para permitirle contrastar opiniones y discutir sobre ellas. Sólo pido eso: que me dejen elegir y hacerme responsable de ello, que me permitan crecer, que me den la oportunidad de equivocarme y aprender de mis errores, que no me digan lo que es bueno para mí, sino que me dejen decidirlo a mí. Quiero poder leer de todo y escogerlo yo, quiero que lo mismo pueda hacer cada persona. Y si pido ayuda, me gustaría que me ayudasen no que me inutilizasen: que me proporcionasen herramientas no que me usasen como un instrumento para defender los intereses de otros. Lo que quiero, lo que me gustaría y lo que pido tal vez no es poco, pero creo que no tendríamos que conformarnos con menos.

[1] Citado por Geneviève Patte en su libro "Si nos dejaran leer... los niños y las bibliotecas", pp. 88–89
[2] Giardinelli, Mempo. Volver a leer: Propuestas para ser una nación de lectores. Con una guía para padres, maestros, jóvenes y bibliotecarios. Buenos Aires: Edhasa, 2006.
[3] Op. cit., p. 109
[4] Michael Löwy y Eleni Varikas. "Precursores y aliados del nazismo. Racismo y eugenesia en EE.UU" en "Le Monde Diplomatique /el Dipló", Año VIII, nº 95, Mayo 2007, pp.35–37.

Ilustración.

junio 06, 2007

Espacios de lucha…

Espacios de lucha

Por Edgardo Civallero

Merced a la entrada anterior, recibí un buen número de mensajes procedentes de personas de los más diversos ámbitos geográficos y profesionales, que tuvieron el detalle de dedicarme unos minutos y hacerme llegar sus palabras. Un buen número de esos mensajes me contaban, en la intimidad del correo privado, las frustraciones, las caídas, las ausencias y las carencias de personas como ustedes y como yo, que buscaban en la profesión y en la carrera una cosa y encontraron otra muy diferente. Sensaciones que yo mismo he vivido y he llevado sobre la piel y dentro del pecho, oprimiendo fuerte y haciéndome gritar –más de una vez, ya lo saben– en este y otros espacios, virtuales y reales.

Curiosamente, encontré también el discurso de docentes y personas situadas en las estructuras jerárquicas de nuestra disciplina, que exponían y defendían su experiencia y su buen hacer en el terreno de la enseñanza de la bibliotecología. Comparando la decepción de unos y la convicción de otros, me di cuenta de que hay una brecha enorme, de que hay una verdadera falta de comunicación entre estudiantes y profesores, entre directivos y trabajadores, entre representantes y representados. Hay mucho silencio, hay mucho miedo en reclamar lo que se espera o en pedir lo que se cree merecido.

Encontré, especialmente, una pobreza bien identificada: la de los currículos de las Escuelas de Bibliotecología, tema que ya he abordado en estas y otras páginas en infinidad de ocasiones, pero que bien merece un retorno. Sé muy bien que muchas de estas instituciones en Latinoamérica son ejemplos de "excelencia" (palabra que, por cierto, no es de mi agrado), pero otras son el más patético muestrario de sinsabores y vacío. Las quejas –repetidas una y otra vez– se centran en el perfil técnico de la carrera, en su acento enfático en catalogación y universo digital, y en la poca importancia dada a la cultura general, a los idiomas, a las humanidades, a la lectura, a la escritura, a la investigación, a las relaciones humanas, al trabajo de campo... El bibliotecario parece salir de esas aulas con su espíritu asfaltado por una negra capa de desánimo, y condenado a ser una mula de carga de libros entre el estante y un usuario casi siempre desconocido.

Pero incluso los que logran despegarse –con mucho ánimo– de ese perfil impuesto y ese destino encuentran barreras, trabas y más vacíos. ¿Dónde trabajar? ¿Con quién crear espacios de reflexión? ¿Dónde publicar lo investigado? ¿Qué leer? Los espacios más importantes están cautivos de las grandes organizaciones, y los más pequeños tienen vidas efímeras, agotados por la falta de posibilidades.

Mirando el problema general desde arriba y desde lejos, puede verse que existen dos lugares en los cuales luchar para crear esos espacios de participación, de construcción, de reflexión, de generación de nuevas oportunidades, de diseño de un nuevo perfil bibliotecario más humanista y comprometido.

Uno de ellos son las agrupaciones de estudiantes. Ellos –quizás junto al estamento docente más comprometido– pueden luchar para que el currículo se amplíe, se enriquezca, se complemente con otras disciplinas. No se trata de agregar cursitos accesorios a un corpus técnico general: se trata de dotar al currículo de un perfil más completo, de quitar importancia a tareas que no son tan importantes (aunque las leyendas digan que la catalogación y la documentación son las reinas de nuestra profesión, cosa que no creo en absoluto) y de incluir otras que enriquezcan al profesional y lo conviertan en el intelectual que, históricamente, siempre fue. Ni siquiera se trata de ser veloces en el manejo de las nuevas tecnologías: se trata de comprender que somos gestores de información, y que debemos conocer ese material con el que trabajamos como conocemos nuestras propias manos. Así de profundamente. Así de bien.

Las asociaciones y grupos estudiantiles –desprovistos de vínculos políticos o búsquedas de poder, eso es otro tema– pueden lograr esos cambios si los requieren. Porque la Escuela funciona si ellos asisten a sus clases. Porque las docentes tienen trabajo y ganan su sueldo merced a que ellos estudian allí. No hablo de revoluciones (aunque, ¿por qué no? Más de una directora de escuela debería ser testigo de una en sus narices, para aprender un poco de humildad) sino de reclamar lo que merecemos: una educación justa, digna, rica, diversa, equilibrada, que nos transforme en esos profesionales que deseamos ser, y que nos permita salir a la calle, a la comunidad, con todas nuestras cartas en la mano.

Piénsenlo bien. ¿Cuántos de ustedes sienten que tienen todas esas cartas en la mano, que pueden desempeñarse donde sea y cómo sea? ¿Y cuántos de ustedes se sienten vacíos, carentes de herramientas, incapaces de buscar más posibilidades porque no tienen formación? Piénsenlo bien ¿Por qué creen que eso ocurre? ¿No pensaron que quizás no interesa que haya gente pensante, bien preparada, parándose en el mundo? ¿No pensaron que hay muchos que prefieren tener a su mando un rebaño de corderos asustados, incapaces de dar un paso más allá del límite impuesto porque no tienen con qué sustentarse?

El segundo espacio del que les hablaba son las organizaciones. Las creadas y las potenciales, no creadas aún. Las primeras responden a unos socios, a unos representados, y son ellos los que deben pedir a sus representantes las acciones pertinentes para que el nivel profesional crezca y mejore, para que las condiciones laborales sean justas, para que existan instancias de publicación de trabajos, para que se difundan las oportunidades de becas y subsidios a proyectos. Y no se trata de que las organizaciones nacionales / regionales organicen, muy de vez en cuando, un Congreso al que lleven grandes nombres de la bibliotecología. No se trata de eso. Tampoco se trata de que esos representantes exhiban su rango como pavos reales. Se trata de que esas personas –colegas nuestros, recuérdenlo siempre– realmente nos representen, y hagan lo mejor por nosotros.

Las segundas, las organizaciones potenciales, son aquellas que podríamos crear si quisiéramos, si nos organizáramos, si dejáramos de competir por ver quién tiene el mejor currículum o más "cartel" y aunáramos fuerzas para mejorar nuestra disciplina. Miro el panorama latinoamericano y veo muchísimos recursos humanos muy valiosos que se están desperdiciando porque luchan cada uno por su lado, aisladamente. Y veo muchísimos grupúsculos que se dotan de nombres altisonantes y que siguen sin aportar nada a la profesión, excepto alguna noticia de vez en cuando.

Esas son nuestras arenas de lucha, nuestras oportunidades para reclamar, para construir, para aportar esas ideas que muchas veces callamos por miedo, vergüenza o cansancio. Esas son posibilidades que no podemos seguir dejando escapar, porque las oportunidades, como las aguas de un río, jamás retornan.

Ustedes se preguntarán que hace este que les escribe en relación a todo lo que dice. Este que les escribe ya se dejó la piel a tiras intentando cambios y luchando por espacios. Y algunos logró. Ahora sólo resta sembrar semillas en otros corazones y poner bombas en otras mentes, para volar muchas cadenas, quitar muchas mordazas... Para que la búsqueda no se olvide, para que el tedio y el sinsabor no se nos haga costumbre, y para que nunca aceptemos el desequilibrio y la injusticia de vernos ninguneados. Porque somos valiosos. Porque somos importantes. Cada uno de nosotros.

Un colega, hace un tiempo, escribió que "otra bibliotecología es posible". Pero si seguimos estancados y no movemos nuestras piezas en el tablero, jamás vamos a adelantar un solo paso. Hay mil opciones: blogs, listas de distribución, wikis, grupos de trabajo regionales, colectivos de estudiantes, centros de investigación oficiales o no, talleres populares, aulas abiertas, revistas libres, boletines... Hay muchísimas opciones. Basta con escoger una y comenzar a bregar por esa profesión que queremos. Tal y como la queremos. Ni un punto menos.

Y quizás este que les escribe vuelva a tomar sus armas y se pliegue activamente a alguna de estas propuestas. ¿Quién sabe? Uno nunca pierde las esperanzas de volver a caminar algunos senderos nuevamente.

Ilustración.

junio 03, 2007

La oveja tuvo un ovejito...

La oveja tuvo un ovejito

Por Sara Plaza

Así decía el cuento de una niña que una tarde compartía con un montón de extraños la historia de todos los animales de su granja... La pata había tenido un patito y la gata un gatito... Con esa joyita lingüística nos dio la bienvenida aquella pequeña despeinada, que se mordía sus deditos de vergüenza y nos regalaba una tímida sonrisa y unos ojitos oscuros detrás de sus lentes. Creo que a todos los que estábamos escuchándola se nos pintó una luna en la cara y se quedó allí hamacándose el resto de la velada. Recuerdo que se cruzaron muchas miradas y que en todas había algo del niño que siempre llevamos bajo la piel y que, de vez en cuando, todavía nos deja oír su risa. Pero no solamente su risa, porque si prestamos atención también le escucharemos sus lágrimas, sus enojos, sus dudas, sus miedos, sus sorpresas... todo eso que fuimos, que seguimos siendo y que espero nunca dejar de ser.

El caso es que hace un par de días, me topé con otro tesoro parecido entre las páginas de Geneviéve Patte "Si nos dejaran leer... Los niños y las bibliotecas". La autora comparte con los curiosos que se acercan a sus líneas que un día tuvo una urgencia y debió de abrir de nuevo la biblioteca, que ya estaba cerrada, para atenderla. A sus puertas había llegado un niño que traía un verdadero problema: "su cobayo iba a parir y necesitaba un libro para saber qué hacer en semejante caso". También la "urgencia" forma parte de la infancia y, me atrevería a decir, de algunos de nosotros aunque llevemos varias décadas caminando por el mundo.

Claro que para otros, esa urgencia se transforma en impaciencia y entonces se vuelven groseros y no se dan cuenta de lo impertinentes que pueden llegar a ser. Ahora les estoy hablando de una mañana que esperaba para pagar mi compra en la fila de las cajas de un supermercado. El cajero era una persona con necesidades especiales (me pregunto si todos nosotros no lo somos también) y cobraba despacio. Se tomaba su tiempo para saludarte, para preguntar si uno iba a pagar en efectivo o con tarjeta, para pasar los códigos por delante de esa ventanita que los reconoce y le sopla el precio a la pantalla donde aparece reflejado, para decirte el importe total, para darte la vuelta con un "gracias" y un "que tenga usted un buen día", y para sacar la bolsa de plástico en la que te guardaba la compra finalmente. Al señor que iba delante de mí, aquello le debió parecer un auténtico despropósito y del modo más antipático que se puedan imaginar, sudando mal humor, rabia y descortesía, se acercó a una ventanilla para gritar (y que así todos los demás pudiésemos escucharle) que "esto está muy lerdo, no pueden abrir otra caja". El tipo, siguió siendo mal educado y cuando una segunda caja fue habilitada, no dejó que pasaran antes los que estaban delante de él, sino que se colocó el primero. La gota que colmó el vaso fue cuando le llamaron al celular mientras iba a pagar, y la cajera tuvo que esperar a que terminase de hablar para recibirle el dinero. Yo no me moví del lugar en el que estaba esperando, pero en ese sitio me revolví como si tuviese en las entrañas una colmena de abejas y su zumbido llegase acentuado a mis narices y a mis orejas, pues pensé que de un momento a otro me iba a salir humo por ellas. No fue así, cuando llegó mi turno, saludé al cajero que me reconoció por la voz y levantó la cabeza para devolverme la misma sonrisa con la que yo le acaba de preguntar cómo estaba, y me dijo "yo ya la conozco señora, ¿cómo le va?". Me sentí muy feliz, pues no es difícil reconocerme en esta tierra por mi tonada española (mis amigos me llaman "la galleguita" como a todos y cada uno de los españoles), pero ese hombre no me estaba hablando del acento de mi voz, sino de las muchas mañanas que hemos coincidido y una tras otras nos hemos "reconocido", levantando nuestra mirada hacia la del otro, cruzando un breve saludo, dándonos las gracias mutuamente con una sonrisa y despidiéndonos hasta otro día. ¿Es eso tan difícil? ¿De verdad cuesta tanto ver al que tenemos al lado, al de enfrente, al que vive detrás?

La vida me ha ido enseñando que aunque mi tonada sea extranjera, mi sonrisa sincera, el fijarme bien en qué es lo que hacen los demás y tratar de entender por qué, y el mostrar de qué modo lo hago yo para intentar juntos aprender algo nuevo, siempre me ha hecho sentir en casa. Así, lejos de los fogones de mi mamá, he disfrutado de cada comida porque mis amigos me las han ofrecido en sus cocinas y me han permitido lavar los platos a su lado. Me he quedado noches enteras tomando mate, charlando, escuchando la música de otros para hacerla un poco mía, porque a la mañana siguiente alguien me tiraba un colchón al piso donde poder cerrar un ratito los ojos y soñar con todo lo que había oído. He podido jugar con los niños porque no me ha dado miedo tirarme por el tobogán detrás de ellos, porque sigo hamacándome en los parques, porque me encanta jugar con tierra y todavía me gusta más mojarme. No soy particularmente graciosa, pero me río a menudo. No sé cantar, ni hacer música, hace tiempo que no bailo y paso mucho tiempo leyendo y todo el que puedo escribiendo, pero los niños saben que pueden contar conmigo, que si me buscan siempre me encuentran, que juntos podemos buscar más cosas, que si se trata de jugar yo no dicto las reglas sino que participo del juego, que nos podemos disfrazar juntos, que podemos cocinar y comernos lo que salga del horno con una taza de leche bien caliente con chocolate. Lo saben los niños y lo saben los grandes. Saben también que siempre estoy de paso, que llego un día y otro me iré, pero que un pedazo se queda con ellos y yo me llevo muchos trocitos a la vez.

En España trabajé en un colegio bilingüe español-inglés, y sentí una enorme tristeza el día que les propuse a mis niños escribir a mi sobrino–nieto argentino, el mismo que me adoptó como tía y luego como abuela, para que pudiese participar en el día de las abuelas de su escuela. Uno de ellos me dijo que él no quería escribir más a otros niños porque luego no los entendía. Fui yo la que no entendí lo que me estaba diciendo ese pequeño, el mismo que se había enamorado de mis dibujos y no consentía con inventarlos él, sino que se copiaba de cada una de mis líneas. Entonces, ante mi cara de extrañeza y mi silencio, me explicó que él no entendía el inglés... Tuve que sentarme entre todos ellos y contarles que en Argentina también se habla español, aunque que hay palabras muy bonitas para llamar las mismas cosas de otras formas, que al maíz le dicen choclo y a las fresas frutilla, y que las faldas de las niñas eran polleras al otro lado del océano, y que tú eras vos, y que en enero era verano y en julio era invierno... Lo pasamos tan bien... Escuchamos a Luna Monti y Juan Quintero cantar la "Canción para bajar la luna" de María Elena Walsh y después cantamos con ellos y pintamos una luna, y nos presentamos y dijimos cómo nos llamábamos y a qué jugábamos y así escribimos un montón de cartas para los niños de la clase de mi sobrino–nieto. Y luego ellos nos escribieron de vuelta y nos contaron cómo se llamaba y a qué jugaban, que a veces era igual y a veces era distinto... Y así también ellos pudieron reconocerse y supieron que, aunque estaban muy lejos, tenían un montón de cosas en común, entre ellas la lengua, y que iba a ser muy divertido decir cómo se llamaban las cosas en cada país para que cuando leyésemos cuentos y leyendas de una y otra orilla, nadie pensase que un zapallo es un duende o que un melocotón es un hechicero, pero que las ovejas tienen ovejitos lo mismo acá que allá.

Les invito a que creen puentes, a que reconozcan al otro y se reconozcan en él. Les invito a que escuchen cuentos, a que los lean. Les invito a ser amables, a dar los buenos días y a decir gracias. Les invito a mirar a la cara de aquellos que nos cruzamos por la calle, a dar la mano, a sonreír, a compartir. Les invito a ser personas, seres humanos. Les invito a no olvidar que formamos parte de la tierra que pisamos, del agua que nos moja, del viento que nos acaricia, del fuego que nos sonroja. Les invito a darse cuenta de que si bajamos los párpados, se oscurece el mundo, por eso no conviene dormir más de la cuenta y sí soñar con los ojos bien abiertos. Les invito a dar un paseo y despertar todos y cada uno de sus sentidos, para que también ellos puedan echar a andar a su lado. No dejen de ser, ni de estar, ni de sentir. No dejen que los niños se alejen.

Ilustración.