Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

octubre 28, 2007

La revo kiu neniam povis realig’i

La revo kiu neniam povis realig'i

(El sueño que nunca pudo realizarse)

Por Edgardo Civallero

Esperanto.

Su traducción literal es "la esperanzada".

Así fue bautizada una lengua artificial que nació destinada a convertirse en un código universal, que permitiera a los seres humanos comunicarse más allá de las fronteras políticas, los idiomas propios, las razas y las religiones.

Pero ese destino –y el sueño que le dio cimientos– jamás se convirtió en realidad.

Aprendí esperanto allá lejos, durante mi adolescencia. Había sido una de las propuestas que habían manejado los anarquistas españoles e italianos a lo largo de sus idas y venidas, y quizás por eso me atrajo. O quizás porque desde siempre me apasionaron los idiomas. Recuerdo que me conseguí un pequeño diccionario de la editorial Sopena –que aún conservo, ajado pero orgulloso, en mi biblioteca– y en una mañana me aprendí la gramática. No, no se trató de la hazaña de una mente prodigiosa: ocurre que el esperanto fue diseñado –como buena lengua artificial– sobre un esquema extremadamente simple, que se reduce a 16 postulados básicos. Una vez conocidas esas normas gramaticales, lo único que es preciso es comenzar a aprender vocabulario. Esa es la parte complicada de la lengua, pero no más que la de cualquier otra.

La sencillez del esperanto puede ejemplificarse anotando alguno de los postulados gramaticales. Por ejemplo, todos los sustantivos terminan en "o", los adjetivos en "a", los verbos en "i" y los adverbios en "e". Esto, que parece sencillo, dota al idioma de una riqueza asombrosa. Pues conociendo una raíz, digamos "hom–", podemos crear "homo" (hombre), "homa" (humano), "home" (humanamente) e incluso el verbo "homi", que no tiene traducción directa al español, pero que expresaría la idea de "ser humano". Gracias a esta característica pueden crearse términos que no existen en ninguna lengua indoeuropea, y expresarse conceptos que, de otra forma, y en nuestros idiomas, implicarían muchas palabras y construcciones engorrosas.

El vocabulario, por otra parte, es conciso: los mejores diccionarios no traen más de 10.000 raíces. Sobre cada raíz se pueden construir las alternativas que señalé anteriormente para "hom-". Pero además, el creador del esperanto agrego unos 40 prefijos y sufijos –cuyo número está siempre aumentando, aunque algunos no son oficialmente reconocidos– que permite componer palabras derivadas. Así, de la raíz "bibliotek-" puedo crear "biblioteko" (biblioteca), "bibliotekisto" (bibliotecario), "bibliotekistestro" (jefe de bibliotecarios) y "bibliotekistestrino" (jefa de bibliotecarios). Y de éste último término puedo generar, a su vez, un adverbio (bibliotekistestrine, "al modo de la jefa de bibliotecarios") o incluso un verbo y un adjetivo, que no tendrían mucho sentido en nuestro idioma. De cada raíz, en definitiva, puede extraerse un mínimo de 20 o 30 palabras...

La pronunciación es bastante sencilla: cuenta con sonidos que no existen en español, pero que sí existen en idiomas vecinos (francés, por ejemplo) así que no es un problema insalvable. La buena noticia es que cada letra tiene solo un sonido, fijo e inmutable, característica que se encuentra en muy pocas lenguas naturales.

Una vez que aprendí la lengua, leí bastante en esperanto, sobre todo porque tuve la buena suerte de estudiarla cuando se dio una especie de "revival" esperantista. Tuve acceso a textos y libros, y mucho, mucho más tarde, la red de redes me permitió encontrarme con muchos más. Y hallé palabras muy hermosas, que expresaban ideas imposibles de decir en español si no era con una oración compleja. Es un lenguaje intenso, expresivo, precioso, y emplearlo es una especie de arte, en el cual cuenta mucho nuestra imaginación, nuestras ganas de comunicarnos...

El creador del esperanto fue el Dr. Ludwik Lejzer Zamenhof (1859-1917), un oftalmólogo y filólogo nacido en actual territorio polaco bajo el dominio de Rusia, de origen judío azkhenazí. Finalizó el desarrollo del idioma en 1878, pero pudo publicar su trabajo recién en 1887, en Varsovia, bajo el título de "Lengua internacional" y firmando con el seudónimo "Doktoro Esperanto" (Doctor esperanzado), del cual la lengua tomó finalmente el nombre.

Zamenhof generó el esperanto combinando raíces y gramáticas de las lenguas latinas (español, francés, italiano...), sajonas (alemán, inglés, idiomas escandinavos...) y eslavas (polaco, ruso...). Utilizó además términos griegos y latinos. El esperanto es, pues, un mosaico. Y es una lengua que, en sus raíces, es tremendamente detallada, evitando, siempre que puede, los homónimos: así, sueño (dormido) se dice "song'o", pero sueño (despierto) se dice "revo". Y así para los distintos verbos, para los animales, los tonos de los colores, las flores...

La intención de Zamenhof era crear un idioma universal (una intención que también tuvieron el volapuk y otras tantas lenguas artificiales, más tarde) que permitiera la libre comunicación y el entendimiento de la humanidad. Su propia vida y los tiempos oscuros en los que ésta transcurrió fueron marco y razón de su creación. Tal fue la expansión de su proyecto –y de su sueño original– que la ONU, en 1954, y respondiendo a la solicitud de 19 millones de firmas, recomendó a sus estados miembros la enseñanza y el uso de la lengua. La biblioteca de la "Brita Esperantsta Asocio" (Asociación Esperantista Británica) tenía, en los años 60, unos 30.000 volúmenes, y muchísimas obras literarias, ensayos y revistas se tradujeron al esperanto, así como libros de ciencias y técnicas, política y filosofía. Se crearon numerosos clubes y asociaciones regionales y nacionales, y se celebraron conferencias (más de 700) en dónde los esperantistas se reunieron a intercambiar cultura y experiencias. Además, fueron millones las cartas que cruzaron los mares marcadas con una estrella verde (el símbolo del esperanto) y que permitieron la comunicación –en esta extraña, bella lengua– de las personas más alejadas.

Aprender esperanto no era sólo aprender un idioma. Era adherir a un sueño, a una filosofía, a una esperanza. De ahí su nombre. Los hablantes de la lengua éramos, todos nosotros, "esperanzados". Creyentes en la posibilidad de un mundo de iguales, en donde, como primer paso, tuviéramos un código en el que comunicarnos sin que una lengua primara sobre otra.

El sueño tenía, sin embargo, un "pero". Zamenhof no había creado exactamente una lengua universal: había creado una lengua pan-europea, por así decirlo, una lengua que podía sonar fácil y familiar a ojos de un europeo. Pero para un hablante de árabe, de chino o de quechua, aprender esperanto era tanto o más difícil que aprender inglés, y el inglés era más útil, más difundido, más "importante".

Con el paso de las décadas el esperanto cayó en el olvido. Como caen todos los sueños marchitos.

Aún hoy se sigue hablando y publicando en esperanto, por cierto: las asociaciones nacionales e internacionales no han desaparecido. Pero no es ni mucho ni suficiente. Pocas bibliotecas poseen libros en esperanto, y son menos los bibliotecarios esperantistas o que conozcan algo del idioma, su historia y su filosofía. Y son escasas las bibliotecas especializadas en la lengua: el puñado que conozco están en Europa.

Aún hay algunos que siguen escribiendo cartas (o mails) marcándolas con la consabida estrella verde, que era (y es, calculo) un sinónimo de paz, solidaridad, acercamiento... y esperanza: la esperanza que tuvieron Zamenhof (al crearlo) y sus seguidores (al usarlo) de crear un mundo nuevo, basado en la tolerancia y el mutuo entendimiento.

El quiso crear un instrumento que permitiera el nacimiento de ese mundo anhelado. Pero el mundo real decidió tomar otros caminos.

Hoy, si queremos que un extranjero nos entienda, terminamos hablando una lengua que nada tiene que ver con nosotros. Terminamos buscando en una red cuyo 80 % está en inglés. Terminamos bastardeando nuestro propio idioma con préstamos que no tienen ninguna relación con nuestra cultura. Cuando veo y vivo esto, pienso a veces que quizás el sueño no debería de haber muerto.

Y pienso que una biblioteca en una lengua común a todos –además de en la nuestra propia–, rica y fácil de aprender, nos hubiera permitido conocernos mucho mejor, aprender mucho más y mucho más rápidamente los uno de los otros. Piensen, sino, en todos los libros que no podemos leer porque están en docenas de lenguas dominantes que no podemos soñar en aprender; piensen en todos los posibles colegas y amigos con los que no podemos hablar por la misma causa; piensen en toda la información valiosa que queda fuera de nuestra mano por el mismo motivo...

Quién les escribe repasa, de vez en cuando, el par de libros de esperanto que aún conserva. Y confía en que alguna vez el sueño vuelva a crecer y madurar. Quizás de otra manera, quizás con otras palabras y otras reglas. Pero con las mismas intenciones y esperanzas detrás.

De la plene floranta urbo de Kordobo, mi sendas vi miajn pli bonajn deziraj'ojn, kun tiuj vortoj kiu mi ankorau' rememoras, malgrau' la forgesaj'o kiu falis sur ili.

(Desde una ciudad de Córdoba poblada de flores, les hago llegar mis mejores deseos a través de estas palabras que aun recuerdo, a pesar del olvido que ha caído sobre ellas).

Ilustración.

octubre 21, 2007

Perdón por mi amor hacia la literatura...

Perdón por mi amor hacia la literatura

Por Sara Plaza

En realidad no me avergüenzo de mi pasión lectora, pero sí siento un cierto remordimiento cuando las páginas de una novela me atrapan y ya no me puedo soltar de su abrazo. Paso días y noches embarcada en una nave ajena, polizón en la panza del navío que un autor echó a la mar y que ahora me lleva en sus entrañas hacia aguas cada vez más profundas... Amo los libros, las historias, la vida que se escurre entre los párrafos de una novela cuando sus personajes la destejen ante mis ojos.

Tengo entre mis manos la última de Almudena Grandes [1], "El corazón Helado", la cual me hace pensar una y otra vez en una frase que hallé cuando recorría la página 409 o la 410 "(...) el asombro que se consolida se convierte en una corteza mucho más asombrosa, y los únicos milagros que valen la pena son los capaces de repetirse." Tantas veces me he asombrado con un libro en las manos, tantas veces me ha parecido un milagro la literatura, que estoy segura de haber acariciado en más de una ocasión esa corteza de la que habla Grandes, de haberla incluso tallado con una sonrisa, con un puñado de lágrimas, con mis silencios, con algún comentario. La he sentido bajo mis pies y entre mis manos, no una ni dos, sino muchas veces y vale tanto la pena...

Un poquito más adelante, la autora me trajo a la memoria un maravilloso cuadro de Degas, cuyo póster, conseguido en la Tate Gallery de Londres cuando todavía era estudiante de secundaria, tuve mucho tiempo colgado en una pared de mi habitación con cuatro chinchetas. Se titulaba "After the bath" (Después del baño) y mostraba a una mujer junto a una bañera, envuelta en una toalla, mostrando su espalda y su nuca desnudas mientras se secaba el cabello. Mientras iba leyendo me preguntaba si Almudena Grandes habría tenido también un póster de ese cuadro en su casa pues sus líneas me devolvieron a mis dieciséis años con una facilidad increíble y vi exactamente eso "(...) una muchacha se lavaba la cabeza, y una cáscara dura, seca, consciente de su propia torpeza, caía al suelo sin hacer ruido, inservible ante el poder de unos brazos desnudos, armados con su sola desnudez". Y otra vez me enamoré del todo, por todo, con todo y sin remedio de su escritura.

Me pasa cada vez que agarro uno de sus libros, pero en esta ocasión la lectura de "El corazón helado" me está seduciendo de un modo muy especial y muy distinto también. Duelen sus páginas, duelen mucho. Se habla en ellas no sólo de una guerra, la Guerra Civil que tuvo lugar en España entre los años 1936 y 1939 (aunque, como todas las guerras, se gestó antes y duró hasta mucho después) sino que se cuentan un montón de historias que conforman "sólo una historia española, de esas que lo echan todo a perder". Y una va entendiendo como lo entienden sus protagonistas que después de esa guerra, el que regresaba a España "no había vuelto a un país pacificado, sino prisionero, un país ocupado donde ya no había vencedores, sino amos".

Y también comprende mucho mejor el chiste que publicaba hace unos días Máximo en el diario EL PAÍS, donde enunciaba en un pedazo de papel un bando de la Dirección Gral. de Historiografía abreviada donde se podían leer los puntos siguientes:

1. La guerra ha terminado.
2. La posguerra, casi (aunque)
3. La transición, bien, gracias.
4. La memoria, Dios dirá.

Daría risa sino produjese tanta lástima. Una pena muy honda y muy amarga que se extiende no sólo en España sino a lo ancho y lo largo de nuestro mundo, que despedaza continentes enteros porque "hay momentos extraños en la vida, momentos en los que se olvida todo, lo que se ha sabido siempre, lo que nunca debería haberse olvidado" según las palabras de otra de las protagonistas de la novela.

Y cuando antes decía que la novela dolía y mucho, quizás a mí me duela también porque esas más de 900 páginas son otra más de las muchas que componen la historia del país que me vio nacer y crecer, en el que nacieron y crecieron mis abuelos, mis padres. En el que lucharon los primeros y del que fueron herederos los segundos, del que los nietos, si no lo remediamos, seremos simples y desmemoriados descendientes [2]. Porque ¿a dónde pensamos llegar si no sabemos de dónde partimos? ¿De dónde partieron los que nos precedieron y hasta dónde llegaron ellos?

En otra frase maravillosa del libro que vengo comentando, otro de los personajes se refiere a su abuela, maestra socialista durante la II República, como "la que se atrevió a escribir que a lo mejor se estaba equivocando, pero que estaba haciendo lo que creía que tenía que hacer, y que lo hacía por amor". Supongo que era una buena razón para defender un país, para luchar por sus mujeres, por la educación que defendía la Institución Libre de Enseñanza, y por los hijos de todas ellas y los alumnos de una escuela que fue fusilada, y que ha dado título al documental que el profesor de secundaria Iñaki Pinedo y el periodista Daniel Álvarez han codirigido recientemente. El documental se acaba de proyectar en Madrid, ha sido presentado en distintas ciudades españolas y ha recibido sendos premios en los festivales de Aguilar de Campoo y Cantabria. Además va a cruzar el charco para competir en el Festival de Cine de Bogotá.

Una excelente noticia, sin duda, que me hace volver nuevamente a la última cita que incluye Almudena Grandes en "El corazón helado":

... para los estrategas, para los políticos, para los historiadores, todo está claro: hemos perdido la guerra. Pero humanamente, no estoy tan seguro... Quizás la hemos ganado.

Antonio Machado [3]
(Diciembre de 1938)


Y para terminar un punto de discrepancia con la autora. Aunque a veces podamos sentirnos "un súbdito satisfecho de la lenta y exigente tiranía de la lentitud que gobierna el tiempo de las bibliotecas", creo que la literatura que podamos encontrar en ellas siempre nos hará un poco más libres, y nos convertirá en los verdaderos protagonistas de sus estantes.

[1] Madrid, 1960. Autora de las novelas Las edades de Lulú (ganadora del XI Premio La Sonrisa Vertical), Te llamaré Viernes, Malena es un nombre de tango, Atlas de geografía humana, Los aires difíciles y Castillos de cartón. Tiene en su haber un fantástico recopilatorio de artículos, Mercado de Barceló, y los volúmenes de cuentos Modelos de mujer y Estaciones de paso.
[2] Almudena Grandes cita al inicio de su novela las siguientes palabras de Ortega y Gasset: "Lo que diferencia al hombre del animal es que el hombre es un heredero y no un mero descendiente"
[3] Escritor al que la autora agradece en las notas finales por todo y por el título.

Ilustración.

octubre 11, 2007

La aventura de publicar un libro

La aventura de publicar un libro

Por Edgardo Civallero

Nos sentamos delante del papel o del teclado de la computadora –o de la máquina de escribir, pues hay muchos que conservan tan saludable costumbre– y comenzamos a escribir todas las palabras que hemos ido construyendo a lo largo de meses (o años) de experiencias, investigaciones, búsquedas, descubrimientos y fracasos. Todas esas palabras que hemos buscado, masticado, digerido y madurado dentro nuestro para luego poder contarlas a otros.

Ya de por sí, cualquier proceso de investigación es duro y azaroso, incluso para el profesional más avezado y templado en ese trabajo. A veces conduce a caminar en círculos, a perderse en las propias dudas o en las ajenas, a no hallar lo esperado, a desilusionarse, a pasarse días y semanas leyendo y anotando, y a robarle horas al trabajo, el sueño y la familia. Sentarse a escribir para poder comunicar los resultados del trabajo propio –el paso final de toda investigación– significa, para el investigador / escritor, poder plasmar, finalmente, todo lo aprendido y todo lo encontrado.

Claro que no siempre son investigadores los que escriben: novelistas, ensayistas, poetas, maestros, cualquier persona con algo que contar termina sentándose frente a una hoja de papel y dando rienda suelta a sus dotes de escritor. Para ellos también fue necesario –diría "vital"– el proceso de búsqueda (de las palabras) y de maduración (de las ideas o de los sentimientos), con todos los problemas y riesgos asociados.

Comenzamos a escribir, pues. Y nadie –ni siquiera nosotros mismos– sabe cuánto tiempo nos demandará esa labor. Pues plasmar en palabras lo que dicta el pensamiento es el mayor desafío del ser humano, un proceso en el cual despojamos lo que pensamos de todo lo accesorio y lo transformamos en palabra, y es más, en palabra escrita, en ortografía y gramática. Creo que fue Sócrates el que dijo que al transformar el pensamiento en palabra, se perdía casi todo, y al pasar el habla a papel, se perdía mucho más. Sólo los grandes en el arte de la escritura saben contrarrestar (magistralmente, por cierto) los efectos de lo que parece ser una ley universal.

Pero asumamos que el proceso de escribir –con tantas emociones, esfuerzos, sacrificios, cansancios y sinsabores implicados– ya ha terminado. Tenemos nuestro manuscrito entre las manos, la producción que nos ha costado tanto trabajo. ¡Enhorabuena! En ese preciso momento se presenta la gran pregunta:

"¿Y ahora, qué hago con esto?"

Para ser leídos –objetivo perseguido por la gran mayoría de los que escribimos– es necesario multiplicar nuestro manuscrito por decenas, cientos o miles, y hacerlo llegar a las manos lectoras. Conscientes de que eso representa un buen negocio, nacieron las editoriales.

No, no pretendo aquí criticar a las casas editoras. Negocios son negocios, y éste es uno de los tantos que habitan en nuestro mundo (menos condenable que otros como el de la salud, la educación o el derecho). Lo que pretendo es describirles sucintamente la aventura de publicar un libro a través de una editorial.

Primer paso: localizar editoriales. Las hay internacionales, nacionales, regionales y locales, las hay grandes y pequeñas, famosas o desconocidas. El abanico es amplio: por ende, es menester buscar un primer criterio de selección entre tan amplia variedad de posibilidades.

Digamos que buscamos una editorial que publique textos bibliotecológicos (lo siento, es deformación profesional). El espectro inacabable que veníamos manejando se reduce drásticamente. Ya no son tantas, y quizás no sean tan famosas. Pero se dedican –más o menos específicamente– a editar colecciones y libros sobre bibliotecología, documentación y ciencias de la información.

Buscadas y encontradas, revisamos sus propuestas, sus colecciones, los títulos que han publicado y que ofrecen en sus catálogos (usualmente en línea). Y aquí aparece un segundo criterio de selección: ¿alguna de ellas publica textos sobre la temática que nosotros hemos elegido?

Si ninguna lo hace, ¡bienvenido al club de los que archivamos manuscritos en un cajón! Si, por el contrario, alguna se ocupa de nuestra temática, propondremos el texto para su publicación, comentando a los editores nuestro trabajo y hablando un poco de quiénes somos. Este último punto es importante: tanto en ciencias como en letras, muchas veces vende más un nombre que un contenido. Recordemos que esto es un negocio y los "don–nadie", por buena que sea su producción, no venden.

La respuesta de la editorial a nuestra propuesta inicial puede variar. Pueden pedir el manuscrito original para echarle un vistazo, pueden rechazar la oferta, o bien pueden decirnos que ellos no publican esa temática (a pesar de que aparece claramente en su catálogo), lo cual, lejos de ser una contradicción, es una forma de decir "usted no me interesa" en forma muy diplomática.

Si aceptan el original para revisarlo –fortuna de las fortunas– lo hacemos llegar a sus manos, sin dejar de recordar (en el caso de los desconfiados como yo) algunos casos de editoriales que publicaron textos interesantes bajo otros nombres y se olvidan del autor original, que, por cierto, no tenía registrados sus derechos en ningún sitio.

A veces, además de aceptar nuestra obra para su consideración, consultan cuál sería, a nuestro entender, el mercado que compraría nuestro libro, o bien, en forma abierta, nos preguntan las razones por las cuales ellos deberían publicarnos. Es decir, no solo hay que darles el libro, sino también explicarles cómo, dónde, cuando, a quién y por qué deberían editarlo. Trabajo completo.

En fin. Semanas o meses después (todo puede variar) se recibe la evaluación final de la editorial. Si rechazan nuestro texto, se intentará con otra, y si ya no quedaban opciones... ¡bienvenido nuevamente al club de los que archivamos manuscritos en un cajón!

Pero si lo aceptan, nos harán llegar un contrato.

Los términos de ese documento pueden variar mucho, dependiendo de la editorial, y recordemos, una vez más, que todo esto es un negocio. Generalmente, la editora se queda con los derechos del autor, que debe cederlos por un plazo determinado. Si el autor quiere hacer algo con su propio texto después de firmado ese contrato, debe pedir permiso a la editorial (que puede darlo o no). Además, la editora establece el número de impresiones que realizará (por lo general, en el caso de textos bibliotecológicas, tiradas limitadas, de 200 a 400 ejemplares) y la calidad de esos libros (generalmente la más económica, es decir, la que menos le cueste a la editora en términos de papel, tinta y encuadernación).

Y por último, se definen las regalías, es decir, cuánto dinero llegará a las manos del autor. Por lo general, el porcentaje varía alrededor del 10 % (hablo por experiencia propia, pero este porcentaje puede variar) sobre el precio de venta.

Poniendo un ejemplo práctico: después de dos o tres años de investigar y escribir un libro, lo pongo en manos de alguna editorial que quiera publicarlo, obteniendo una tirada de unos 200 libros "sencillitos" que se venderán a, digamos, 10 dólares. A mis manos llegarán 200 dólares, con suerte; a las de ellos, 1800.

Reconozcamos que los investigadores y los escritores noveles –que son los que realizan tan bajas tiradas– no buscamos lucrar con lo que escribimos. Buscamos ser leídos. Después de meses y meses paseando entre editoriales, sufriendo improperios, mentiras, silencios, engaños y demás, uno se termina preguntando si vale realmente la pena tanto esfuerzo sólo para ver su libro en papel, cuando en realidad hay otras opciones para ser visto y leído.

Una de ellas se llama POD, Print on Demand (impresión bajo demanda). Se trata de empresas que realizan impresiones muy pequeñas a precios accesibles, de acuerdo a los intereses del autor. Los libros no son de gran calidad, por cierto, pero... muchas veces, tampoco lo son los de las grandes editoriales. El autor (o a veces la misma editora) se encarga de solicitar el ISBN (un trámite sencillo) y de realizar el depósito legal (otro trámite sencillo) e incluso, si es menester, de reclamar los derechos de autor. Se pueden imprimir desde 30 a más ejemplares, de acuerdo a las intenciones del autor... y presentar el libro personalmente en bibliotecas, librerías, congresos o conferencias.

La otra es el libro electrónico o ebook, en cuya producción ya hay varias empresas involucradas. Para muchos, es un libro que no existe. Sin embargo, es una de las formas más versátiles de difundir conocimiento. El autor no paga por la impresión, sino por el diseño. Pide su ISBN, pide sus derechos, realiza el depósito legal, y luego puede hacer con su libro lo que quiera (dado que jamás cede su copyright a nadie): difundirlo por Internet, colgarlo de archivos de acceso abierto, ponerlo en portales, enviarlo donde quiera, colocarlo en bibliotecas virtuales, venderlo o, incluso, imprimirlo bajo POD. Y aquellos lectores que quieran tenerlo en papel pueden descargarlo, imprimirlo y usarlo (siempre respetando las condiciones establecidas por el autor sobre sus derechos).

Y si lo comercializa, todos los beneficios serán para él (aunque, debemos reconocerlo, comercializar el propio trabajo es tarea ardua).

¿Desaparecerán las editoriales? No, ni mucho menos. Todos disfrutamos y nos beneficiamos (intelectualmente) de su trabajo. Pero probablemente comenzarán a abrirse otras puertas y otros espacios para aquellos autores cuyo material no sea "vendible" o "redituable", o no genere beneficios. Y es necesario que eso ocurra. Porque de no ser así, seguiremos leyendo sólo aquello que sea comercializable. Nada más. Y eso puede ser muy preocupante.

Saludos cordiales desde detrás de un teclado, en donde, todavía, no me he cansado de escribir. Allí fuera, tras la ventana y el humo de mi pipa, el mundo florece en primavera...

Ilustración.

octubre 07, 2007

Pluralidad de opiniones: entre la duda y la contradicción

Pluralidad de opiniones: entre la duda y la contradicción

Por Sara Plaza

Confieso que he leído bastante prensa en las últimas semanas, diarios de uno y otro lado del Océano Atlántico (aunque la nostalgia me ha hecho atracar más veces en las páginas de un viejo conocido [1]), y noticias de todas las orillas del mundo. He pisado los cinco continentes de la pluma de periodistas que me mostraban los azarosos caminos por los que ellos ya habían transitado. He visto gentes de distinta clase y condición con problemáticas muy similares, aquí, allá y en todas las "esquinas" de nuestro esférico planeta. Me he encontrado con muy diversas opiniones sobre un mismo tema y me han entrado infinitas dudas sobre el asunto en cuestión. He hallado un montón de líneas contradictorias bajo el mismo titular, las cuales han sumado nuevas incógnitas al ya mencionado estado de confusión en que iba cayendo a medida que pasaban los días... Cuando me aficioné a leer el diario –durante mis años en la facultad–, me dije que leía para saber más; un tiempo después, me doy cuenta de que desconozco casi todo sobre lo que al principio creía estar enterada.

Lo cual no me parece mal, pues ante mi desconocimiento surge con más brío mi curiosidad y sigo leyendo... Sin embargo, no creo que mi lectura de la prensa diaria me lleve a entender lo que escriben los que dicen saber lo que pasa. Como leía en una entrevista a Fernando Savater, "[e]ntiendo a los que no entienden" [2]. El filósofo español afirmaba en esas líneas que "estoy más próximo a los ignorantes, por mi propia ignorancia." Y añadía: "[l]a mayor parte de los manuales son muy aburridos porque quienes los hacen creen que existe la obligación de leerlos." No sé si será también ése el caso de los diarios que, de algún modo, nos hacen sentir que tenemos la obligación de leerlos para estar informados. Y por "estar informados" quiero decir exactamente eso: estar informados; pues no quisiera que mis palabras sugieran al lector que ello significa lo mismo que saber de algo, ni mucho menos conocer la verdad de los hechos; simplemente estoy anotando que, al leer lo que se escribe en prensa, uno puede estar más o menos al tanto de lo que lo se dice que está pasando.

Para ello uno tiene que manejar cierto registro lingüístico. Y aquí no estaría sólo hablando de un estilo más formal o menos formal, a veces incluso vulgar, dentro del estándar, sino de los dobles sentidos, de lo que se puede –y se debe– leer entre líneas. Respecto a las diferencias de estilo (que en muchas ocasiones se convierten, prácticamente, en diferencias idiomáticas), el escritor Juan Goytisolo exponía algunas consideraciones muy interesantes en el artículo titulado "La fractura lingüística del Magreb" [3]. El autor comparaba los usos actuales del árabe clásico (que se mantiene en el contexto religioso, asambleas parlamentarias, ceremonias oficiales, la casi totalidad de la literatura escrita, etc.) y la lengua popular que comparten marroquíes y argelinos, la darixa, "llamada condescendientemente por los doctos y las ‘fuerzas vivas', árabe dialectal o coloquial, por no decir ‘vulgar'". A Goytisolo, esa lengua popular, lejos de parecerle "zafia", le había sorprendido por su "constante creatividad" pues, sin olvidarse de su procedencia, el árabe clásico, ha ido incorporando voces de otros idiomas. No obstante, señalaba el autor que "el desfase entre la lengua culta y la hablada afecta a todos los órdenes de la vida social, política y cultural." Pese a lo cual, se permitía ser optimista al final, y concluía que "dado que la identidad magrebí es múltiple y mutante –como lo son todas las identidades, digan lo que digan las constituciones y textos oficiales–, la darixa y el bereber común al Atlas y la Cabilia arraigarán más temprano que tarde en el campo del saber y de la cultura, por dura que sea la resistencia de los letrados y de los poderes fácticos".

El escritor no centraba su artículo en el deseable uso, por parte de los medios informativos, de la lengua que habla el 99 % de la población magrebí, pero sí se refería a ellos al recordar el proceso contra el director de los semanarios Nichán y Tel Quel, Ahmed Benschemi, por haber publicado en el primero una carta abierta al rey Mohamed VI en la lengua darixa, en vez hacerlo en árabe clásico. Sin duda las lenguas y sus diferentes usos (y abusos) están entre las preocupaciones de muchos medios. Así puede constatarse al leer una pequeña reseña titulada "Lenguas contra personas" [4] donde se opinaba que: "[l]a pasión de los oficinistas de la lengua por regular al milímetro lo que habla la gente roza el esperpento." Tales palabras fueron escritas a propósito del despido de la escritora de origen uruguayo Cristina Peri Rossi, afincada en Barcelona desde hace más de tres décadas, del programa de Catalunya Ràdio en el que participaba desde hacía dos temporadas, por hablar en castellano. "(...) a los censores vocacionales les debió parecer que eso vulneraba los derechos de la lengua catalana, y han decidido vulnerar los laborales de esta escritora". Unas páginas más adelante se amplía esta nota (que pone al desnudo el celo de algunos catalanes por su lengua) con el titular "La CCRTV [5] endurece el uso del catalán en los medios públicos" [6]. Opino que esta postura oficial, tal y como se afirmaba en la mencionada reseña, "compromete el argumento de que en la realidad social no hay ningún problema, pues existe una convivencia lingüística espontánea que permite a todos los ciudadanos participar de la vida pública al margen de cual sea su lengua de comunicación."

Cuando al principio les decía que había encontrado un sinfín de contradicciones entre mis lecturas, no es la menor de ellas la que les comparto a continuación. Refiere Esteban Beltrán [7] en su artículo "Voltios sin control" [8] que: "[e]n EE UU, las pistolas tipo Taser se utilizan con demasiada frecuencia en situaciones en las que no está justificado el uso de fuerza letal (...) [l]as recientes imágenes del estudiante taseado por agentes de seguridad el pasado 17 de septiembre en plena conferencia del senador John Kerry en la Universidad de Florida son un ejemplo de ello. No era un peligroso delincuente ni quería atentar contra el senador. Le aplicaron 50.000 voltios por insistir demasiado en una pregunta." Sin embargo, al volver la página uno se da de bruces con la carta que un lector escribe al director titulada "La verdadera libertad de expresión", donde manifiesta, a propósito de la reciente celebración de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York que: "[h]a sido un espectáculo incomparable el ver cómo la prensa y los estudiantes [estadounidenses] han interrogado en varias ocasiones al presidente iraní, mientras que en su país esto es simplemente imposible".

Supongo que las cosas siempre pueden estar peor... A ese miedo se refiere Fernando Savater cuando, bajo el título "Del dicho al hecho" [9], habla de los grandes partidos políticos: "saben que la mayoría de la gente tiene que optar entre un partido que no les gusta y otro al que odia, esperando cada preboste que el suyo sea el que sólo no les gusta." Hace años que leo a este filósofo español y no deja de maravillarme la claridad con la que es capaz de explicar sus ideas. Con respecto a la nueva y polémica asignatura del currículum español, "Educación para la Ciudadanía" (que ya tienen 22 países de la Comunidad Europea, y es denominada "Educación cívica" en Argentina), el autor afirma en ese mismo texto que "se ha comprobado que todavía hay ciudadanos que consideran un abuso inadmisible el establecimiento explícito y razonado de una serie de valores cívicos comunes, que no dependen de la moral de cada cual, sino de la ética de la convivencia en la igualdad. En eso consiste precisamente el laicismo y por ello es tan imprescindible en democracia como el sufragio universal." Entre esos ciudadanos a los que menciona Savater, bien podría estar el portavoz de los obispos españoles, Juan Antonio Martínez Camino, de quien podemos leer unas declaraciones en el artículo titulado "Los obispos reprenden a los colegios católicos por la asignatura de Ciudadanía" [10]. Según Martínez Camino, ni el Gobierno ni las Cortes, aun siendo democráticos, pueden inmiscuirse en "la educación de las conciencias."

Definitivamente leer el diario, si se hace un poco de sentido del humor, puede depararnos no pocas sorpresas, además de muchas dudas y un montón de contradicciones como las señaladas hasta aquí. No les voy a negar que suelo reírme menos de lo que me gustaría cuando tengo entre mis manos sus páginas; sin embargo, trato de que algunas noticias provoquen en mí ese efecto tan saludable que es la risa, según afirma Juan Goytisolo, ya que tal y como señala el escritor "ésta ha marcado siempre la dirección hacia la que se encaminan los pueblos ansiosos de libertad y de progreso cualesquiera que sean los obstáculos que se interpongan en su camino." [11]

[1] A lo largo de estas líneas me referiré a distintos artículos publicados en la edición internacional de EL PAÍS a finales de septiembre de 2007.
[2] Tomado de "Entiendo a los que no entienden", en la edición internacional de EL PAÍS del viernes 21 de septiembre de 2007, sección "Cultura".
[3] En la edición internacional de EL PAÍS, lunes 24 de septiembre de 2007, sección "Opinión".
[4] En la edición internacional de EL PAÍS, viernes 28 de septiembre de 2007, sección "Opinión".
[5] La Corporación Catalana de Radio y Televisión
[6] En la edición internacional de EL PAÍS, viernes 28 de septiembre de 2007, sección "Sociedad".
[7] Director de Amnistía Internacional España.
[8] En la edición internacional de EL PAÍS, viernes 28 de septiembre de 2007, sección "Opinión".
[9] En la edición internacional de EL PAÍS, viernes 28 de septiembre de 2007, sección "Opinión".
[10] En la edición internacional de EL PAÍS, viernes 28 de septiembre de 2007, sección "Sociedad".
[11] Tomado de "La fractura lingüística del Zagreb", en la edición internacional de EL PAÍS, viernes 28 de septiembre de 2007, sección "Opinión".

Ilustración.