Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

julio 25, 2008

“De escribir me dieron ganas otros escritores...”

De escribir me dieron ganas otros escritores

Por Sara Plaza

Hace unos días terminó en Córdoba, Argentina, la 1ª Feria Infantil del Libro Córdoba 2008, celebrada del 4 al 20 de julio. Ubicada en el Paseo del Buen Pastor, que celebra ahora su primer año de andadura cultural, la Feria ha recibido la visita de miles de personas, entre las que me he encontrado apretujada contra los estantes cada una de las tardes que la he visitado. De pie, en cuclillas, apoyada sobre alguna de las enclenques paredes de sus casetas, recibiendo codazos a la altura de las rodillas cuando estaba parada y rodillazos a la altura de los hombros cuando me sentaba en el suelo, he podido curiosear menos páginas de las que me hubiera gustado, pero aún así nuestra biblioteca ya cuenta con más de media docena de libros nuevos y se han hecho un hueco entre los viejos, autores como Laura Devetach, Graciela Montes, Javier Villafañe y Liliana Bodoc.

Edgardo y yo habíamos intentamos ir a escuchar una tarde a Laura Devetach quien, junto con Gustavo Roldán, participaba en una charla con los lectores. Al pasar a retirar nuestras invitaciones una hora antes ya no quedaba ninguna, así es que tres días más tarde, cuando se esperaba la visita de Liliana Bodoc, fui con una hora y media de antelación. Esta vez sí que conseguí una entrada y pude asistir a la presentación del último libro de la autora, "Amigos por el viento".

Las primeras líneas de esta autora las leí hace unos años en España a través de Internet. Allí encontré un par de capítulos de la obra que me pedí hace un año por mi cumpleaños, "La Saga de los Confines", una trilogía compuesta por las novelas "Los días del Venado", "Los días de la Sombra" y "Los días del Fuego". Disfruté y me emocioné muchísimo con su lectura completa cuando me tocó el turno. Les cuento que el culpable de esta bitácora, y regalador de La Saga, no pudo resistir la tentación de leérsela primero, así es que yo seguí los pasos de Dulkancellin y me acuné con las historias de Vieja Kush, algunas noches después de que Edgardo hubiese recorrido los senderos de aquella inmensa geografía que recreaba su autora. La obra nos maravilló a ambos y le agradecimos silenciosamente el tremendo trabajo de lectura que, suponíamos, había tenido que realizar previamente para poder escribir una historia así.

Cuando pude escucharla hace unos días en la Feria y me acerqué después a felicitarla y darle las gracias en voz alta, me sentí tan feliz que apenas pude pronunciar un puñadito de palabras a través de mi enorme sonrisa. Había tanta alegría dentro de mí que, cuando le pedí que nos dedicase su último libro de cuentos, tuve que desenredar mis dedos primero para poder entregárselo porque, de nerviosa que estaba, lo había aferrado con extraordinaria fuerza entre mis manos.

Durante la charla con las 60 personas que nos habíamos reunido para conversar con ella, quienes llevaron la voz cantante de la entrevista fueron los más pequeños, que le hicieron innumerables preguntas a las que ella respondió de manera extraordinariamente generosa, regalándonos pedazos de su vida, páginas de sus libros, versos de colores que inventaba para ella su papá, la lectura de uno de su cuentos para los más pequeños, y un puñado de respuestas que fui anotando en un trocito de papel y ahora quisiera compartir con ustedes.

Cuando los chicos le preguntaron por su inspiración, Liliana les contó que la inspiración es una cosa muy cortita, que viene y nos visita sólo un ratito para irse enseguida a otra parte. Por eso les animó a todos a que para ser lo que cada uno quisiera ser trabajasen hasta sentirse satisfechos con lo que hubieran logrado. Les dijo que empezó a escribir siendo casi una anciana de 40 años, pero a los chicos no les debió parecer tan mayor (a mí tampoco) cuando quisieron saber si iba a retirarse pronto o pensaba hacerse viejita escribiendo. La autora les contestó que su sueño era hacerse muy viejita y muy chiquitita escribiendo, más chiquitita, incluso, que el lápiz. Nos contó también que de escribir le dieron ganas otros escritores y que ella no pensaba en el libro ya publicado mientras escribía, sino en la historia que quería contar. Dijo que las ideas se le ocurrían de muchas maneras, yendo en el colectivo, recordando y teniendo siempre la oreja parada. Explicó que no se pone nerviosa cuando escribe y que lo hace junto a su mate y su gato, y que para corregir lo escrito lo lee con mucho cuidado muchas veces y, a veces, lo lee también otra persona. Los más pequeños le preguntaron si se ponía feliz al terminar un libro y ella les dijo que sí, que muy feliz. Los niños tenían curiosidad por saber a quiénes estaban dedicados sus libros y si los escribía para las personas que ella quería. Entonces Liliana les contestó que sus libros estaban dedicados a su papá, a sus dos mamás, a su esposo, a sus hijos, a amigos, y que cuando se sentaba a escribir cuentos, ella sentía que quería a casi todo el mundo y que era amiga de mucha gente, así es que, de algún modo, sí que escribía para las personas que quería. Los pequeños lectores también le preguntaron si se había arrepentido de escribir algún libro y ella les dijo que no, que escribir lleva mucho tiempo y normalmente uno se arrepiente de los arrebatos, de las cosas que hace sin pensarlas mucho, por eso es más difícil arrepentirse de un libro. Entre el público adulto también se levantaron manos para saber qué hay que hacer para empezar a escribir. La autora respondió que hay que tener paciencia y amor por las equivocaciones y el trabajo; que no hay que tener un afán desmedido por el resultado y que hay que apasionarse con el proceso de creación. Una cuentera le preguntó qué se siente al escuchar a otro contar sus historias y ella dijo que se sentía muy contenta de ver su obra iluminada por otras luces y que le gustaba que esos narradores usasen de algún modo sus propias palabras para enriquecerla. Liliana Bodoc insistió en una Literatura Infantil y Juvenil con "l" mayúscula, para los lectores más jóvenes, con códigos que ellos pudiesen entender e interpretar y ante la cual pudieran transformarse de alguna manera, cambiar a lo largo de sus páginas, no permanecer indiferentes, ser un poco distintos al salir de ellas. Por eso dijo que no le gustaban los cuentos ñoños, llenos de lugares comunes y con moraleja, y defendió una y otra vez una literatura comprometida con la libertad.

La hora que Liliana Bodoc estuvo hablando con nosotros se me hizo tan cortita que, mientras volvía caminando a casa, pensaba que así debían ser las visitas de la inspiración a quienes se encuentran en medio de un proceso creativo. En el bolso llevaba sus últimos cuentos y un manojo de letras escritas por su propia mano. Esta vez me lo leí yo la primera y al cerrarlo me sentí un poquito distinta... Supongo que del cambio se encargaron la escritura de Liliana y la lectura de esta enamorada de la letra impresa, de las palabras que viajan con el viento, las que se susurran junto al fuego, las que se murmuran en las cocinas, las que se comparten alrededor del mate... Imagino que también se encargaron los caminos que he ido recorriendo por este lado del mundo al sur del sur, a lo largo de su torcida espina, a través de su piel callosa y las arrugas de sus entrañas. Entre los surcos sembrados con infinidad de nuevos sueños, de la mano de personas que luchan por verlos crecer, que participan en su desarrollo, que sostienen los tallos más tiernos...

Pasito a paso, letra a letra, sonido a sonido, bocado a bocado, no sólo me ha transformado la literatura de esta tierra, sino la tierra misma y quienes me han enseñado a caminarla. Gracias.

Ilustración.

julio 19, 2008

Claustros para novicias, ninfas, diosas y criollas

Claustros para novicias, ninfas, diosas y criollas

Por Sara Plaza

Tenemos una joyita en nuestra biblioteca con el sello del Patronato de Misiones Pedagógicas que se pusieron en marcha durante los años de la Segunda República Española. Se trata de la obra teatral "Don Juan Tenorio" de Don José Zorrilla. Según se indica en una de las primeras hojas del libro "este drama ha sido aprobado, para su representación, por la junta de censura de los teatros del reino en 4 de junio de 1849". Inmediatamente después se lee la dedicatoria que hiciera su autor "Al Señor Don Francisco Luis de Vallejo en prenda de buena memoria. Su mejor amigo, José Zorrilla. Madrid, Marzo de 1844". Y en seguida comienza la acción allá por los años de 1545 en Sevilla. El libro es y está muy viejito. Lo encontré hace más de dos años tras recorrer las empedradas calles de Pedraza, en la provincia de Segovia (España), subir las escaleras de madera de una de sus engalanadas tiendas y rebuscar entre los libros de segunda mano que se apilaban en varias estanterías sin orden ni concierto. Acaricié el lomo de varios volúmenes y el título de muchos clásicos abriendo, sólo muy de vez en cuando, las hojas amarillentas de algunos, pero cuando mis ojitos miopes se detuvieron en ese sello de las Misiones Pedagógicas ya no pude hacerlos caminar por las páginas de ningún otro libro. Parpadeé varias veces, me sonreí, me emocioné, lo cerré, lo volví a abrir, se lo mostré a mis acompañantes, me dirigí a la caja, lo compré, lo envolví, lo guardé en mi mochila, lo subí a un avión y lo deposité entre las manos de Edgardo un par de meses después.

Algún tiempo antes, él había conseguido una maravillosa obra en versión original, ilustrada por Giovanni Caelli y escrita por el norteamericano Thomas Bulfinch, conocida como "The Illustrated Bulfich's Mythology". Se trata de tres volúmenes titulados "The Age of Fable", "The Age of Chivalry" y "Legends of Charlemagne". El primero de ellos fue publicado por primera vez en 1855 y, principalmente, recoge mitos y leyendas de la antigua Grecia y de héroes y heroínas romanos, junto con historias de guerreros nórdicos, de sabios celtas, de quienes adoraban al sol, de faraones egipcios, de varios monstruos –entre ellos el Fénix y el Unicornio– y de la triada hindú Brahma, Vishnu y Siva. Edgardo también se había emocionado con su hallazgo, pues le devolvió a muchas de sus lecturas infantiles y a las fotografías de cuadros y esculturas renacentistas de las que se enamoró su retina adolescente.

Hace tan sólo un mes nos regalamos "Mujeres en la Sociedad Argentina. Unas historia de cinco siglos" de la socióloga argentina Dora Barrancos. Y de su mano llevamos recorridos quinientos años de la historia de las mujeres de este país y revisados varios tópicos y no pocos mitos sobre su lugar y su papel en esta esquina del mundo.

Así llegaron a nosotros esos tres libros y a través del entramado que sus autores tejieron en sus páginas descubrimos los caminos que anduvieron los protagonistas varones de sus historias y supimos de las distintas murallas que encerraron los pasos de las protagonistas.
En la escena primera del acto tercero de la primera parte del Don Juan Tenorio, nos encontramos en la celda de Dña. Inés. La Abadesa está comunicándole la decisión que ha tomado su padre, Don Gonzalo de Ulloa, Comendador de Calatrava, de que permanezca en el convento y no se despose con Don Juan Tenorio, al quien considera un miserable.

Abadesa
¿Con que me habéis entendido?
Dña. Inés
Sí, señora.
Abadesa
Está muy bien;
la voluntad decisiva
de vuestro padre tal es.
Sois joven, cándida y buena;
vivido en el claustro habéis
casi desde que nacisteis;
y para quedar en él
atada con santos votos
para siempre, ni aun tenéis,
como otras, pruebas difíciles
ni penitencias que hacer.
Dichosa mil veces vos;
Dichosa, sí, doña Inés,
Que, no conociendo el mundo,
No le debéis de temer.
¡Dichosa vos que del claustro
al pasar en el dintel,
no os volveréis a mirar
lo que tras vos dejaréis!
Y los mundanos recuerdos
del bullicio y del placer
no os turbarán, tentadores,
del ara santa a los pies;
pues ignorando lo que hay
tras esa santa pared,
lo que tras ella se queda
jamás apeteceréis.
Mansa paloma, enseñada
en las palmas a comer
del dueño que la ha criado
en doméstico vergel,
no habiendo salido nunca
de la protectora red,
no ansiaréis nunca las alas
por el espacio tender.
Lirio gentil, cuyo tallo
Mecieron sólo tal vez
las embalsamadas brisas
del más florecido mes,
aquí a los besos del aura
vuestro cáliz abriréis,
y aquí vendrán vuestras hojas
tranquilamente a caer.
Y en el pedazo de tierra
que abarca nuestra estrechez,
y en el pedazo de cielo
que por las rejas se ve,
vos no veréis más que un lecho
do en dulce sueño yacer,
y un velo azul suspendido
a las puertas del Edén...
¡Ay! En verdad que os envidio,
venturosa doña Inés,
con vuestra inocente vida,
la virtud del no saber.
Mas, ¿por qué estáis cabizbaja?
¿Por qué no me respondéis
como otras veces, alegre,
cuando en los mismo os hablé?
¿Suspiráis...? ¡Oh! Ya comprendo;
de vuelta aquí hasta no ver
a vuestra aya, estáis inquieta;
pero nada receléis.
A casa de vuestro padre
fué casi al anochecer,
y abajo en la portería
estará; ya os la enviaré,
que estoy en vela toda la noche.
Conque, vamos, doña Inés,
recogeos, que ya es hora;
mal ejemplo no me deis
a las novicias, que há tiempo
que duermen ya; hasta después.
Dña. Inés
Id con Dios, madre abadesa.
Abadesa
Adiós, hija.

En el capítulo III del libro "The Age of Fable", en la historia sobre Apolo y Dafne, se cuenta cómo Cupido, respondiendo al desafío de Apolo que le dice al dios del amor que sus flechas no son tan poderosas como las de él, dispara una flecha de plomo hacia la ninfa Dafne y una de oro hacia el dios del sol, quedando éste enamorado de la joven y ella aborreciendo al amor. Mientras Apolo corre tras ella por el bosque, ella implora a su padre Peneo, el dios del río, que abra la tierra para que ella pueda escapar o bien que cambie su forma. En ese mismo instante comienza a convertirse en una planta y Apolo al tocar su corteza y abrazarse a sus ramas exclama, "Ya que no puedes ser mi esposa, te convertirás en mi árbol. Te llevaré en mi corona; decoraré contigo mi arpa y mi aljaba; y cuando los grandes conquistadores romanos se encaminen triunfales hacia el Capitolio serás tejida con forma de corona para lucir en sus frentes. Y, como la eterna juventud me pertenece, tú también estarás siempre verde y tus hojas no se caerán." Y así fue como nació el laurel.

En el capítulo VII de ese mismo libro se narra la historia de Proserpina, la hija de la diosa Ceres. Estando la joven jugando con sus compañeras juntando flores, fue descubierta por Plutón, el dios del Tártaro, a quien también había herido Cupido con una de sus flechas. Plutón se enamoró de ella y se la llevó por la fuerza al inframundo, donde se convirtió en la reina de Erebo. Ceres imploró a Júpiter que le devolviese a su hija, pero como ésta ya había probado una granada del inframundo que le había ofrecido Plutón no pudo ser rescatada del todo. A partir de entonces debió pasar medio año con su esposo y el resto acompañando a su madre.

En el capítulo III del libro de Barrancos, en el apartado que se refiere al Código Civil argentino y la incapacidad de las mujeres, se da cuenta de "las vicisitudes que vivió Amalia Pelliza Pueyrredón a causa del encierro doméstico que le impuso su esposo, el conocido médico Carlos Durand. Las nupcias justamente ocurrieron en el mismo año de sanción del Código. Durand era mucho mayor y es probable que Amalia, como era la costumbre, hiciera la voluntad de la familia casándose con él, puesto que el facultativo, aunque era un cincuentón mientras ella sólo tenía 15 años, poseía el encanto de una estimable fortuna. Era el médico obstetra de las familias más importantes de Buenos Aires y vaya a saber a ciencia cierta qué lo llevó a clausurar a Amalia en la casona que ocupaba. Ésta pleiteó la separación pero no la obtuvo, lo que probablemente enfureció más al Dr. Durand. Redobló el encierro, pero también, frente a los reclamos, la humilló alquilando un espantoso carruaje –es que poseer un carruaje empavesado era una señal de distinción–, obligándola a andar horas y horas sin detenerse. Durand enfermó y Amalia descontó los años de encierro, pudo salir, entretenerse con compañías y frecuentar reuniones (...) Pero una vez repuesto, el castigo de la clausura fue insoportable y Amalia huyó. Años más tarde nuestro médico fallecía y legaba una parte importante de sus bienes a la construcción de un nosocomio, el que hoy lleva su nombre. El resto de la fortuna –probablemente como escarmiento– se entregó, según su determinación, a parientas y criadas, todas mujeres. Felizmente Amalia pudo hacerse con algo de los bienes gananciales y utilizarlos con gran derroche, como correspondía a quien habían sido sustraídos tantos años de goce. Este caso emblematiza las circunstancias de la indefensión femenina en el primer Código Civil. Con certeza, no todos los maridos encerraban a sus mujeres, pero sí todos estaban facultados por la normativa para ejercer su potestad".

Tras los muros de un convento o de una casa, bajo la corteza de un árbol o de la Tierra, hemos visto distintos ejemplos de mujeres secuestradas por quienes se creían –y las leyes divinas o de los hombres así se lo confirmaban– sus dueños, y las encadenaban dentro de sus dominios para preservar su honor, su orgullo, su fuerza, su poder y su buen nombre. Curioseando entre las leyendas de la mitología clásica, el teatro del Romanticismo, y el Código Civil Argentino sancionado en 1869, durante el periodo de la organización nacional, podemos observar que tanto la literatura como la norma civil sostienen la incapacidad relativa de la mujer y el hecho de que a todos los efectos su representante era el padre o el marido. En el presente siglo XXI se aprueban leyes y se crean ministerios de igualdad pero siguen existiendo innumerables barreras, altísimos muros y gruesas cortezas que limitan derechos y libertades de las personas, hombres y mujeres, de todo el mundo. Sólo reconociéndolos podremos empezar a superarlos, escalarlos, horadarlas. Están en los libros y están en la vida: leámoslos y escribámosla entre todos.

Ilustración.

julio 12, 2008

Pregones y crónicas coloniales...

Pregones y crónicas coloniales

Por Edgardo Civallero

Escucho, de mi colección de discos de folklore latinoamericano, un tema del grupo argentino Los Trovadores, renombrado por sus cuidados arreglos vocales. Se llama "Pregones coloniales": empiezan por el pregón del aceitunero –"Aceituna, una..."– y siguen por el del velero y el aguatero. De esa canción salto a otra del mismo grupo: los "Pregones del altiplano". Allí, los que suenan son los gritos del vendedor de mantas, del de mazamorra y del platero...

Cuando era niño, la estampa de los pregones era una de las más me gustaba cuando me enseñaban la (deformada) historia colonial de mi país. Quizás aquellos anuncios callejeros tenían algo que ver con la música, elemento que siempre me pareció un maravilloso lenguaje universal. La costumbre de pregonar había llegado de España, en los mismos barcos que trajeron muchos de los productos que se pregonaban.

Hace poco, leyendo las páginas de las inigualables "Tradiciones peruanas" de Ricardo Palma, me encontré con un fragmento que quiero compartir con ustedes por recuperar esta partecita del espíritu colonial americano, un espíritu que no ha desaparecido: simplemente ha adquirido otra forma. Viajen, si no, en algún transporte público en Argentina, en Ecuador, en Bolivia, y esperen a que suba algún vendedor ambulante...

El fragmento que quiero compartirles es un tanto complejo. Se refiere a la historia colonial peruana. Muchos de los personajes y productos pregonados son poco conocidos en otros ámbitos. Sin embargo, creo que un par de explicaciones posteriores bastarán para aclarar algunas dudas...

Palma explica como los pregones en las calles del barrio de su niñez servían de reloj no–oficial...

La lechera indicaba las seis de la mañana.
La tisanera y la chichera de Terranova daban su pregón a las siete en punto.
El bizcochero y la vendedora de leche–vinagre, que gritaba "¡a la cuajadita!", designaban las ocho, ni minuto más ni minuto menos.
La vendedora de zanguito de ñajú y choncholíes marcaba las nueve, hora de canónigos.
La tamalera era anuncio de las diez.
A las once pasaban la melonera y la mulata del convento vendiendo ranfañote, cocada, bocado de rey, chancaquitas de cancha y de maní, y fréjoles colados.
A las doce aparecían el frutero de canasta llena y el proveedor de empanadillas de picadillo.
La una era indefectiblemente señalada por el vendedor de ante con ante, la arrocera y el alfajorero.
A las dos de la tarde, la picaronera, el humitero y el de la rica "causa de Trujillo" atronaban con sus pregones.
A las tres, el melcochero, la turronera y el anticuchero o vendedor de bisteque en palito clamoreaban con más puntualidad que la Mari–Angola de la Catedral.
A las cuatro gritaban la picantera y el de la piñita de nuez.
A las cinco chillaban el jazminero, el de las caramanducas y el vendedor de flores de trapo, que gritaba: "¡Jardín, jardín! Muchacha, ¿no hueles?".
A las seis canturreaban el raicero y el galletero.
A las siete de la noche pregonaban el caramelero, la mazamorrera y la champucera.
A las ocho, el heladero y el barquillero.
Aún a las nueve de la noche, junto con el toque de cubrefuego, el animero o sacristán de la parroquia salía con capa colorada y farolito en mano pidiendo para las ánimas benditas del purgatorio o para la cera de Nuestro Amo. Este prójimo era el terror de los niños rebeldes para acostarse.
Después de esa hora, era el sereno del barrio quien reemplazaba a los relojes ambulantes, cantando entre pitea y pitea: –¡Ave María Purísima! ¡Las diez han dado! ¡Viva el Perú, y sereno!


Para los desconocedores, vayan las siguientes anotaciones.

La tisanera vendía hierbas medicinales, y la chichera, chicha, bebida fresca hecha a base de maíz, muy consumida en la actualidad en el área andina, tanto en su versión no fermentada como en la otra, que tiene alcohol y equivale a una cerveza.

La leche-vinagre es cuajada, producto lácteo típicamente hispano. El zango de ñajú es un guiso de un fruto ya olvidado, que era de la forma de un pimiento y con una sustancia viscosa o gomosa en su interior.

La tamalera vendía tamales, pastelillos a base de pasta de maíz rellena de carne o verduras y envuelto, todo ello, en "chala" (hoja de la mazorca). Los productos de la "mulata del convento" eran dulces, obras maestras de repostería típicas de claustros de monjas.

Al "ante con ante" era el clásico arroz con leche. El alfajorero vendía una variedad de dulces hispanos, los alfajores, aún muy consumidos en América Latina. Los picarones, choncholíes y la "causa de Trujillo" son dulces peruanos parecidos. Los primeros eran especies de buñuelos de zapallo y harina, fritos y bañados en miel.

Las melcochas eran especies de caramelos de azúcar y mantequilla. El humitero vendía humitas, muy parecidas a los tamales. Los anticuchos son especies de "pinchos morunos" hechos con lascas de corazón de vaca, aún hoy muy apreciados en Bolivia y Perú.

El jazminero y demás vendedores de flores las vendían para que las mozas se engalanaran para sus paseos de media tarde, una costumbre explicada por Palma en su libro. Para arreglo de las damas también existía el raicero, que despachaba unas raíces blandas que equivalían al cepillo y pasta dental antiguos.

La mazamorra –vigente hasta hoy en media Sudamérica– es una especie de cocido de granos de maíz blanco, usualmente dulce, al que se le agrega distintos aditamentos para darle un sabor característico, y es, generalmente, un delicioso postre.

Finalmente, el sereno era una especie de vigilante nocturno, y el animero, un monje que, en procesión, salía a pedir limosnas para las ánimas del purgatorio.

El libro de Palma recoge muchas otras historias, y recomiendo su lectura para los ávidos curiosos de las costumbres y tradiciones de antaño. Entre las incluidas en la obra del insigne peruano se encuentran la tradición del Manchaypuyto; la de la partida de ajedrez del inca Atahuallpa; la historia de Aguirre el traidor; la llegada del primer ratón, el primer gato y el primer melón a tierras peruanas; las crónicas del tabaco; numerosas historias sobre dichos y refranes americanos; reseñas sobre hechos históricos relacionados con la Conquista y la Independencia de Perú; y numerosas reseñas de distintos lances y anécdotas que tienen como actores a religiosos, virreyes, nobles y ciudadanos bien conocidos.

Así como los volúmenes de nuestras bibliotecas pueden darnos la fuerza para que nuestras ramas crezcan y fructifiquen, también proporcionan la tierra en la que nuestras raíces deben afirmarse para que el ramaje pueda seguir creciendo. Porque sin raíces, el menor ventarrón tumba a un árbol. Y ventarrones, en el mundo moderno, es lo que sobra.

Con un puñado de estas lecturas, uno se sonreirá –sobre todo si es latinoamericano– cuando, en el metro o en el bus, escuche el pregón de los modernos vendedores ambulantes. Y se dará cuenta de que, a pesar de todo, muchas cosas sólo cambian la fachada, pero jamás mueren.

Ilustración.

julio 05, 2008

¿Sabemos lo que nombramos?

¿Sabemos lo que nombramos cuando utilizamos términos como

Por Sara Plaza

Fue tratando de entender los últimos conflictos en Argentina cuando me hice, junto con Edgardo, la pregunta que da título a esta entrada. Hace más de tres meses que este país está inmerso en una problemática que, lejos de caminar hacia su solución, parece alejarse más y más de ella a medida que pasan los días. Durante este tiempo las posturas de sus protagonistas o bien se han radicalizado o bien se han vuelto completamente contradictorias. Nadie se salva del descrédito y el asunto se ha complicado de tal modo que sus ya borrosos márgenes han desaparecido de nuestra vista. Por más que ambos escuchamos la radio y leemos uno tras otro los artículos que aparecen tanto en la prensa nacional como en la internacional, créanme si les digo que seguimos arrastrando un profundo desconocimiento sobre la cuestión. Sin embargo, hemos aprendido algunas cosas y seguimos confiando bastante en nuestro sentido común a la hora de interpretar ciertos discursos y opinar sobre las declaraciones que vierten unos y otros con el fin de esclarecer nada y confundirlo todo.

Ese sentido común, ese espíritu crítico que ambos tenemos bastante arraigado, nos ha permitido hacernos un par de preguntas e intentar algunas respuestas. Como buenos inconformistas y eternos curiosos tratamos de averiguar en primer lugar qué era eso que todos los medios llamaban "el campo" y en segundo a quiénes se referían tanto "el campo" como el gobierno cuando hablaban de "el pueblo". En la edición argentina de la revista "Le Monde diplomatique" de mayo de 2008 podrán encontrar varios artículos sobre la crisis mundial de alimentos y los conflictos en Argentina. En el que firma Axel Kicillof, el autor nos habla de "...la enorme diversidad de situaciones que distinguen a los numerosos actores involucrados dentro de lo que genérica y abusivamente se denomina ‘el campo' – desde los pools de siembra hasta el postergado peón rural", y en el que escribe Hugo Sigman encontramos incluso un boceto de clasificación del sector agropecuario:

"... para analizar el conflicto y llegar a soluciones de mutuo beneficio es necesario realizar una apertura de lo que se llama sector rural, empezando por dividir la palabra agropecuario. Un resultado ha sido el obtenido por el sector del agro y otro el del sector pecuario. Con el aumento del precio de los cereales y sus derivados industriales –aceites y biocombustibles– el agro ha tenido muy buena rentabilidad, a pesar de las retenciones. Pero el sector pecuario, leche y carnes bovinas, ha tenido un pésimo resultado económico.

También es necesario diferenciar entre ‘productores', ya que existen grandes, medianos y economías rurales familiares. Les ha ido mejor a los primeros y peor a los últimos. Otra división necesaria para el análisis es entre zonas de producción agraria o pecuaria: en las zonas centrales los resultados han sido mucho mejores que en las marginales, donde los rendimientos por hectárea son mucho menores y los constes, principalmente de fletes, mucho mayores.

Si por último del conjunto del sector se distinguen productores agrarios, productores pecuarios, industrializadores (frigoríficos, usinas lecheras y productores de aceites y biocombustibles) y comercializadores (en particular propietarios de silos y exportadores), resulta evidente que los industriales y comercializadores del sector se han apropiado, como resultado de la política del gobierno, de parte de los beneficios de los productores pecuarios o agrarios".


La mejor definición que hallamos sobre "el pueblo" nos la proporcionó León Tolstoi en las páginas de Anna Karenina que yo había estado leyendo un mes antes. Constantino Dmitrievich (Levin) está discutiendo con su hermano Sergio Ivanovich, en presencia de su suegro (el Príncipe) y de un amigo común (Kosnichev), sobre los voluntarios rusos que se estaban movilizando en ese momento para participar en el conflicto armado contra los turcos que tenía lugar en los Balcanes... Merece la pena que echen un vistazo a todo el capítulo XV de la parte VIII; yo les dejo a continuación sus últimas líneas:

"–En este caso, las opiniones personales no significan nada –respondió Kosnichev–; las opiniones personales no tienen ningún valor ante la voluntad de toda Rusia expresada con unanimidad.

–Perdone, pero no lo veo. El pueblo es ajeno a todo eso –repuso el Príncipe.

–No papá. Acuérdate del domingo en la iglesia –dijo Dolly, que escuchaba la conversación–. Dame la servilleta, haz el favor ––dijo al anciano, que contemplaba, sonriendo, a los niños–. Es imposible que todos...

–¿Qué pasó el domingo en la iglesia? –preguntó el Príncipe–. Al cura le ordenaron leer y leyó. Los campesinos no comprendieron nada. Suspiraban como cuando oyen un sermón. Luego se les dijo que se iba a hacer una colecta en pro de una buena obra de la Iglesia y cada uno sacó un cópec, sin saber ellos mismos para qué.

–El pueblo no puede ignorarlo. El pueblo tiene siempre conciencia de su destino y en momentos como los de ahora ve las cosas con claridad –declaró Sergio Ivanovich categóricamente, mirando al viejo encargado del colmenar, como interrogándole.

El viejo, arrogante, de negra barba canosa y espesos cabellos de plata, permanecía inmóvil sosteniendo el pote de miel y mirando dulcemente a los señores desde la elevación de su estatura sin entender ni querer entender lo que trataban, según se evidenciaba en todo su aspecto.

–Sí, señor –afirmó el viejo, moviendo la cabeza, como contestando a las palabras de Sergio Ivanovich.

–Pregúntenle y verán que no sabe ni entiende nada de eso –dijo Levin. Y añadió, dirigiéndose al viejo–: ¿Has oído hablar de la guerra, Mijailich? ¿No oíste lo que decían en la iglesia? ¿Qué te parece? ¿Piensas que debemos hacer la guerra en defensa de los cristianos?

–¿Por qué hemos de pensar en eso? Alejandro Nicolaevich, el Emperador, piensa por nosotros en este asunto y pensará por nosotros en todos los demás que se presenten...Él sabe mejor... ¿Traigo más pan? ¿Hay que dar más a los chiquillos? –se dirigió a Daria Alejandrovna, indicando a Gricha que terminaba su corteza de pan.

–No necesito preguntar –dijo Sergio Ivanovich–. Vemos centenares y millares de hombres que lo dejan todo para ayudar a esa obra justa. Llegan de todas las partes de Rusia y expresan claramente su pensamiento y su deseo. Traen sus pobres groches y van por sí mismos a la guerra y dicen rectamente por qué lo hacen. ¿Qué significa esto?

–Eso significa, a mi juicio –dijo Levin que comenzaba a irritarse otra vez–, que en un pueblo de ochenta millones se encuentran, no ya centenares, sino decenas de miles de hombres que han perdido su posición social, gente atrevida, pronta a todo, que siempre está dispuesta a enrolarse en las bandas de Pugachev o cualquier otra de su especie, y que lo mismo va a Servia que a la China...

–Te digo que no se trata de centenares ni de gente perdida, sino que son los mejores representantes del pueblo ––dijo Sergio Ivanovich con tanta irritación como si estuvieran defendiendo sus últimos bienes–. ¿Y los dineros recogidos? ¡Aquí sí que el pueblo expresa directa y claramente su voluntad!

–Esa palabra ‘pueblo' es tan indefinida... –dijo Levin–. Sólo los escribientes de las comarcas, los maestros y el uno por mil de los campesinos y obreros saben de qué se trata. Y el resto de los ochenta millones de rusos, como Mijailich, no sólo no expresan su voluntad, sino que no tienen ni idea siquiera de sobre qué cuestión deben expresarla. ¿Qué derecho tenemos, pues, a decir que se expresa la voluntad del pueblo?"


Imagino que a estas alturas también ustedes se estarán haciendo algunas preguntas y quizás estas líneas les proporcionen unas pocas claves para empezar a intentar sus propias respuestas. Mi intención con esta entrada era compartirles un par de dudas y las explicaciones que encontramos entre las páginas de la prensa y la literatura. Considero que una y otra pueden ser buenas fuentes de información si les sumamos una dosis generosa de espíritu crítico. Estaremos aprendiendo así a "juzgar razonablemente las cosas" aunque aún nos quede lejos su comprensión.

Ilustración.