Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

febrero 23, 2008

Un populu diventa poviru e servu quannu ci arrubannu a lingua

Un populu diventa poviru e servu quannu ci arrubannu a lingua

Por Edgardo Civallero

Castigo de Dios. Eso fue.

Parece ser que, en el principio, todos los hombres hablaban un mismo idioma. Hasta que se les ocurrió construir una ciudad y edificar en ella una torre tan alta que alcanzase los cielos. En castigo de tamaña presunción, Dios confundió todas sus lenguas, de forma que no pudieran entenderse entre ellos y les fuera imposible continuar la edificación de esa construcción: la famosa torre de Babel.

Así lo cuenta el Génesis (xi, 9), la colección de antiguas tradiciones orales semíticas más leída de todos los tiempos. Miles de lenguas y de hablantes, todas distintas, todas incomprensibles para los demás. Castigo de Dios.

Esta impresionante variedad de hablas, palabras, gramáticas y sonidos, conforman una parte importante de nuestra diversidad cultural, la cual, de acuerdo a la Declaración Universal sobre Diversidad Cultural de la UNESCO de 2002, es uno de nuestros mayores tesoros como especie. Sin embargo, y para no perder la costumbre, el ser humano está ocupándose de destrozar ese milagro con sus propias manos a cada paso que da. Basta examinar algunos datos provistos por la propia UNESCO en 2005:

Sólo el 4 % de los idiomas son usados por el 96 % de la población mundial; el 50 % de las lenguas del mundo se encuentran en peligro de extinción; el 90 % de ellas no están representadas en la Internet; cinco países monopolizan el negocio de la industria cultural mundial.

(Tomado de
Knowledge versus information societies: UNESCO report takes stock of the difference).

Ciertamente, el uso de algunos idiomas como vehículos de intercambio (inglés, francés, español, árabe, chino) para superar las barreras lingüísticas y facilitar la comunicación es algo bastante útil. Sin embargo, estos idiomas han dejado de ser sólo un "vehículo" y se han transformado en "lenguas dominantes", presionando a las demás y logrando eliminar muchas de ellas de la faz de la memoria humana.

¿Qué ocurre cuando se pierde la lengua? Comparto con ustedes un poema, "Lingua e dialettu", escrito por Ignazio Buttitta en su lengua/dialecto natal: el siciliano.

Un populu
mittitulu a catina,
spuggghiatulu,
attuppatici a vucca:
é ancora libiru.

Livatici u travaggghiu,
u passaportu,
a tavula unni mancia,
u lettu unni dormi:
é ancora riccu.

Un populu
diventa poviru e servu
quannu ci arrubanu a lingua
addutata di patri:
é persu pi sempri.

[Encadenad un pueblo,
despojadlo,
tapadle la boca:
todavía es libre.

Quitadle el trabajo,
el pasaporte,
la mesa donde come,
el lecho donde duerme:
todavía es rico.

Un pueblo
se vuelve pobre y esclavo
cuando le roban la lengua
heredada de sus padres:
está perdido para siempre].

Sin las palabras que decimos, que usamos a diario, nuestra vida no tiene ningún sentido. Desaparecerían muchos conceptos que son únicos a nuestras culturas, muchas ideas que nacieron entre nuestras manos y que luego fueron adoptadas por otros (usando incluso nuestra propia lengua). Muerta la palabra, murió también la idea, por más que otras lenguas intenten describirla igual de bien. ¿Qué sería la música latinoamericana sin palabras locales como joropo, huapango, cueca o huayno? ¿Cómo nombrar animales y plantas si nos quitan términos como ñandú, vicuña, quirquincho o colibrí?

Nuestra lengua es el vehículo de expresión de nuestra cultura, un vehículo hecho a la medida. Sin ella, no seríamos nada; o quizás sí, seríamos un pueblo que habría perdido el norte.

Y ya son muchos los pueblos que lo han perdido, que han debido adoptar lenguas extranjeras y que han olvidado los sonidos que sus padres y abuelos utilizaban. América Latina es un gran continente lleno de memorias rotas y voces apagadas. Nosotros deberíamos saber, mejor que nadie, cómo se siente perder el idioma propio, y cuáles son las consecuencias de tamaña pérdida. Algo que también ocurre en África, en Asia, o con las minorías europeas.

Como bibliotecarios, como agentes de información y promotores de cultura, ¿qué hacemos al respecto? Nuestras colecciones ¿albergan todas las lenguas habladas en nuestra comunidad, en nuestro país, entre nuestros usuarios? Permítanme dudarlo. La economía de recursos y espacios hace que se apueste siempre por lo "dominante". Lo "pequeño" –por valioso que sea– no importa. Eso ocurre también entre los medios de comunicación, las empresas editoriales y tantos otros canales culturales e informativos. El mundo ha sido organizado –en todos los sentidos– para respetar una ley "evolutiva": la supervivencia del más fuerte. Lo "minoritario", lo "débil", lo "mínimo", debe desaparecer.

Y lo hace. Vaya si lo hace.

La buena noticia es que existen muchos que no se resignan a callar, y otros que, en forma independiente y arriesgando mucho, se dedican a estudiar, recuperar, publicar y difundir sus lenguas y tradiciones literarias. Y somos muchos, también, los que empezamos a enamorarnos de su trabajo y de los sonidos de otras palabras.

Para aquellos interesados en conocer un poco más sobre los problemas y las características de la diversidad lingüística de nuestro planeta, les recomiendo la lectura del artículo "Lenguas en peligro" publicado en septiembre del 2006 en El mensajero del patrimonio inmaterial de la UNESCO; el artículo de Luisa Maffi "Lenguas amenazadas, saber amenazado", publicado en 2003 en la Revista internacional de ciencias sociales; la "Recomendación sobre la promoción y el uso del plurilingüismo y el acceso universal al ciberespacio" de la UNESCO (2003); el atlas de lenguas en peligro elaborado por el Sector de Cultura de la UNESCO; y, para aquello que manejen inglés y francés, el sitio Omniglot, el Languages homepage de la BBC, el sitio Euromosaic de la Comisión Europea, el sitio cuatrilingüe Linguapax, el proyecto Terralingua, la iniciativa francesa Babel y el MSST Clearing House Linguistic Rights de la UNESCO.

Para aquellos que quieran aprender una lengua extranjera, la Internet puede ser (o no) un entorno privilegiado. Me gustaría recomendarles, para los que tienen gustos "exóticos", los Manuales del Cuerpo de Paz de la ONU, para aprender en forma veloz lenguas como el rumano, el guaraní, el estonio, el filipino, el wolof, el uzbeko, el azerí, el ucraniano, el árabe, el swahili, el kazajo, el búlgaro, el ruso o el armenio. Están en inglés (pequeño problema) y pueden ser descargados libremente. Abundan además las páginas de recursos lingüísticos, y este aviso va dirigido para aquellas bibliotecas especializadas en lenguas, que suelen depender de los libros que tienen y de los recursos "dominantes", sin darse cuenta que, bajo acceso abierto, cuentan con miles de sitios que pueden ser de utilidad para sus usuarios.

Ustedes pensarán que el mío es un discurso utópico, y que dominando la lengua propia y una general (o séase, el inglés) podemos movernos por el mundo sin problemas. Quizás tengan razón. Pero he viajado mucho, y, si bien hablo inglés fluidamente y me defiendo muy bien en otro conjunto de lenguas "conocidas", siempre he tenido la precaución de aprender la mayor cantidad posible de frases, expresiones y palabras en esos idiomas que nadie aprendería porque son "minoritarios". Y siempre me han servido. En Corea, en Malasia, en Suecia, en Noruega, en Ecuador... Porque resultó que no todos hablaban inglés, o español, o francés. Y porque, aunque pensemos que algunas lenguas son "minoritarias", sus hablantes no opinan lo mismo. Y si bien podemos usar alguna lengua "dominante" como puente, sólo será eso: un puente. Comprender al otro, acercarse a él y a su cultura, implicará aprender su idioma. Y viceversa.

Un mundo donde suenen muchas voces distintas no tiene porqué ser un mundo anárquico e incomunicado. Pensar lo contrario sería apoyar discursos homogeneizadores y totalitarios, que tantas desgracias han traído a la humanidad a lo largo de la historia. Conservemos la pluralidad, conservemos nuestra identidad, y acerquémonos a las de otros. Será la única manera de establecer lazos más humanos, basados en la comprensión real, y de empezar a eliminar barreras que sólo llevan a separarnos cada día más.

Y si, al fin y al cabo, se trató de un castigo divino, demostremos que no fue así, y que quizás la antigua historia está mal contada. O que el autor del castigo no logró su cometido.

Ilustración.

febrero 16, 2008

¿De manera que la tolerancia no era tan buena?

¿De manera que la tolerancia no era tan buena?

Por Sara Plaza

No lo era y no lo es. Digamos que no del todo, que no tanto, que quiso pero no pudo, que lo intentó pero no le salió bien. Y en esas estamos, hablando de aceptación del otro, de reconocer la diferencia, de valorarla incluso. Pero de ahí no pasamos. Una nota folklórica en nuestros sistemas homogéneos, globales e insípidos. Un punto de color en la gris estandarización de nuestras maneras y usos, de nuestras costumbres. Un leve matiz que aclare u oscurezca ese tono pastel sin estridencias en el que estamos inmersos. Que parezca que todo está bien. No importa si en realidad está todo mal. Da lo mismo si tenemos intención de mejorarlo siquiera.

Hace unas semanas, leía en el diario unas líneas del escritor peruano Iván Thays en las que aconsejaba:

Desterremos la palabra "tolerancia", muy del agrado de estos escritores dispuestos a tolerar con buen humor a los que consideran minorías hegemónicas o excluidas, y propongamos a cambio "pluralidad". Y en vez de pelearnos por estar falsamente unidos en torno a una obligación, hagámoslo por defender la diferencia de los demás.

Sus reflexiones tenían que ver con la tremenda bronca que se había organizado meses atrás entre escritores peruanos "hegemónicos" y "excluidos", o "criollos" y "andinos", para ver quiénes de ellos, representaban más y mejor a la literatura de su país. Pero me parecen igualmente atinadas para referirse a otros campos, no sólo al literario. Precisamente, porque como también indicaba en ese mismo medio el autor limeño:

Basta leer cualquier biografía de escritores, cualquier historia de una época, para enterarse de peleas y más peleas. Cambian los actores, cambian los argumentos, cambia todo y lo que sea, cambia la calidad literaria y la calidad humana, pero no cambia el instinto de enfrentamiento y la necesitad de derrotar (con argumentos o sin ellos) al otro.

¿Acaso será necesario tolerar primero para derrotar después? ¿Será la tolerancia el primer paso hacia la victoria? Digamos, me acerco, tomo confianza, y ¡zas! lo hago añicos después. Pero, eso sí, con una sonrisa.

En esas estaba, analizando con humor todas y cada una de las acepciones que mi diccionario propone de la palabra "tolerancia", y decidiendo si me parecía peor "la diferencia que se consiente" o la "disposición a admitir en los demás una manera de ser, de obrar o de pensar distinta a la propia, especialmente en cuestiones y prácticas religiosas" –deseché la de "capacidad del organismo para soportar dosis cada vez más elevadas de una droga"–, cuando retrocediendo unas páginas me encontré con las poco esclarecedoras explicaciones sobre "pluralidad". Y me quedé pensando si la "calidad de ser más de uno" era mejor que "la acción de tolerar", para lo cual tuve que buscar "tolerar": soportar con indulgencia en los demás [una cosa que desaprobamos]. Francamente, en caso duda los diccionarios aclaran tan poco como los curas. Y si no pregúntenselo a Ramón, uno de los personajes de la novela de Mario Benedetti, "Gracias por el fuego":

No tengo ningún pecado, dije en el confesionario. Hijo, no hay que ser tan soberbio, ¿acaso no tienes alguna mirada pecaminosa para las niñas de tu colegio? A partir de ese momento me propuse perder mi soberbia. No me había fijado en las chiquilinas. Pero al día siguiente hice todo lo posible por mirarlas pecaminosamente. Hoy sí tengo un pecado, dije el domingo en el confesionario. Este cura era más viejo y me miró desconfiado. ¿Cuál? Miré pecaminosamente a las chiquilinas de mi colegio. Yo rebosaba satisfacción porque había vencido mi soberbia. No hay que ser soberbio, dijo entonces el cura más viejo, nunca te enorgullezcas de ser pecaminoso. Recé de apuro los treinta padrenuestros y me fui corriendo. Abrí el diccionario en la palabra pecaminoso: perteneciente o relativo al pecado o al pecador. Un poco más arriba estaba la palabra pecado: hecho, dicho, deseo, pensamiento u omisión contra la ley de Dios y sus preceptos. Sí, claro, yo había mirado a las chiquilinas con omisión.

Todavía sonriendo, compartí mis hallazgos con Edgardo (lo de la lectura silenciosa nunca me gustó y suelo comentar cada línea con quienes me rodean, mostrando muy poco respeto, debo confesarlo, hacia su propia concentración en otros menesteres), y me senté después a hacerles partícipes de ellos también a ustedes. Hasta ahora yo había escuchado eso de "la caridad mal entendida", y Edgardo y yo hemos alargado muchas sobremesas discutiendo sobre la pluralidad cultural, la multiculturalidad, la transculturalidad pero nunca me había puesto a pensar en otro montón de términos –y las acciones, habilidades, capacidades, etc. asociadas a ellos– tan poco acertados para hablar de cómo deberían ser las cosas, y que, sin embargo, definen maravillosamente el enorme listado de las que están como están y no son como deberían.

El poder de nombrar es extraordinario, pero no estoy tratando de sugerir que haya que poner más cuidado en el decir que en el hacer, tal vez el mismo. Tenemos que estar atentos a la intencionalidad de nuestras palabras. Importa mucho, muchísimo. Y ser conscientes de su fuerza quizás nos ayude a emplearlas mejor a saber qué estamos diciendo y por qué lo estamos diciendo. No obstante, hay mucho más en las palabras que su intencionalidad pues encierran nuestros pensamientos, por más que no los sintamos prisioneros.

Permítanme terminar con algunas más de Ramón, en el ya citado libro de Benedetti:

Ya no llueve más. Pero no refrescó. A Gustavo el Viejo lo arrincona todas las veces que quiere. Para eso usa y abusa de su elegante prepotencia. Anoche quiso obligarlo a que fundamentara su actitud política. Luego, de a poco, con sonrisas, con ironías, con chistes, con retruécanos, incluso con algunos argumentos, lo fue desanimando hasta dejarlo mudo y resentido. Sentí de pronto un gran cariño por Gustavo, no el de siempre, no el manso afecto de saberlo mi hijo, sino uno activo, renovado, militante. El Viejo está inseguro, pero despliega una gran seguridad. Gustavo está seguro, pero no sabe explicar su propia seguridad. El Viejo es un veterano, un campeón de la polémica, un experto en sus tretas. En ese sentido, el pobre Gustavo es un lactante. Sin embargo, como quisiera apostar por él. En el núcleo de su inexperiencia hay una convicción.

Ilustración.

febrero 09, 2008

Sobre bostezos...

Sobre bostezos

Por Edgardo Civallero

¿Saben ustedes por qué bostezamos?

Esta es una de las tantas preguntas que hice durante mi infancia. Era un minúsculo proyecto de persona cuando comencé a atormentar a padres, familiares y maestras con este tipo de cuestiones. "Mamá... ¿por qué lloramos lágrimas cuando estamos tristes?" (respuesta = cara sorprendida + boca abierta). "Papá... ¿por qué nos reímos cuando algo nos hace gracia?" (respuesta = "porque sí, hijo"). "Maestra... ¿de qué está hecho el fuego?" (respuesta: "alumno Civallero, no moleste"). "Tío... ¿dónde guardan los imanes su fuerza?" (respuesta = silencio + hombros encogidos).

Permítanme preguntar nuevamente. ¿Saben ustedes por qué bostezamos?

No, no se molesten en buscar. Nadie lo sabe aún. Hay muchas teorías, a cuál más disparatada. Unos dicen que es para enfriar el cerebro. Otros, que es una reacción fisiológica ante el cansancio. Los viejos dicen que es aviso de males, y los antiguos Mayas argumentaban que era una muestra inconsciente de que sentimos deseo sexual por alguien que está cerca nuestro (esta última parece interesante. Deberé investigar...).

Y otros dicen que es un mero reflejo. De hecho, ustedes probablemente ya estén bostezando, o lo harán en los próximos minutos. Si no es por aburrimiento, será por reflejo.

¿Hacia dónde los llevo con esta perorata? A darnos cuenta de que las preguntas más básicas e "infantiles" son las que aún no han encontrado respuesta, en un mundo "civilizado" en el cual los científicos han puesto hombres en la luna, han leído nuestro código genético y han logrado enviar palabras y sonidos a través del planeta en cuestión de segundos.

Creemos tener todas las respuestas en esta "Sociedad del Conocimiento" (el humorista Quino escribiría "Zoociedad" o "Suciedad"), pero las más importantes no aparecen por ningún sitio. Al menos, esa es la sensación que tengo después de unos años de trabajar como bibliotecario. "Sólo sé que no sé nada", como dijo el buen Sócrates (que era un tipo realista).

Daniel Quinn, en su novela "Ishmael" –que nos regaló, este verano austral, nuestra entrañable amiga y colega estadounidense Elaine Harger– afirma que el hombre, por no saber cosas básicas, no sabe siquiera cómo tiene que vivir. La progresiva destrucción del planeta y otros fenómenos visibles en la prensa cotidiana son pruebas de ello.

Pero, yendo un paso más allá –y olvidando este interesante punto de que no sabemos cosas tan básicas–, otra característica de los sistemas de conocimiento humano es que la información que está disponible (es decir, lo que sí sabemos) está tremendamente repartida, fragmentada, dispersa... Ni siquiera las modernas redes de información han logrado hacer accesible toda la información. Este punto me recuerda un cuento de la tradición oral de los Ashanti de Ghana, en la costa occidental de África.

Cuenta este pueblo que Nyame, el Dios del Cielo, entregó a Anansi (La Araña, héroe cultural Ashanti) una vasija en donde estaba toda la sabiduría, para que la distribuyera entre todos los humanos. Pero Anansi quiso tenerla toda para sí, y decidió esconder aquel enorme cacharro en la copa de un árbol alto, para que nadie pudiera robársela. Sea por descuido, sea por prisa, la olla cayó mientras Anansi subía por el tronco, y se hizo añicos contra el suelo, esparciendo fragmentos de sabiduría a los cuatro rincones del mundo. Los hombres se hicieron con los fragmentos que pudieron recuperar. Pero muchos otros se perdieron, y, en definitiva, nadie pudo ser dueño de toda la sabiduría. Desde ese entonces, cuando los hombres se encuentran, intercambian entre ellos las piezas de ese saber que poseen, intentando reconstruir el conjunto original.

Recapitulemos: no sabemos cosas básicas (aunque nos hemos ocupado de saber cosas que no son tan necesarias). Lo que sabemos está disperso. A este panorama de confusión sumemos que el sistema socio-económico mundial actual hace que el intercambio de ese escaso saber que pudo recuperarse después del desastre de Anansi sea bastante dificultoso (hablo de leyes de copyright, información bajo clave, libros a precios exorbitantes, etc.).

Como conclusión, encontramos que, definitivamente la nuestra es una profesión complicada: intentamos gestionar información fragmentaria que no siempre podemos acceder.

La buena noticia es que el ser humano es muy parecido al agua. Ante las murallas se detiene, pero lentamente comienza a buscar resquicios por donde filtrarse. Y ese deseo de intercambiar conocimiento, de adquirir más saber, de descubrir nuevas cosas, de enterarse, de vivir la cultura y multiplicarla, jamás puede ser detenido (a pesar de lo que digan las leyes internacionales y los intereses comerciales), porque es tan antiguo como nuestra especie. El boca a boca de los tiempos pretéritos –que luego fue el mano a mano de nuestros padres y abuelos, haciendo circular libros y discos– se ha convertido ahora en el sharing del universo digital. Una miríada de plataformas libres permite subir todo tipo de información (libros, música, imágenes) a la web, sorteando hábilmente las barreras legales, y ponerla a disposición de todos. No sabremos todo lo que no sabemos, es cierto. Pero muchos ya están intentando que lo que sabemos sea de todos, que pueda intercambiarse, que pueda circular y ser libre. Que la producción intelectual y artística humana pueda pasar por las manos de todos.

Sé que muchos argumentarán, en contra de esta opinión, que los autores que viven de sus obras no estarían muy de acuerdo con mi perspectiva. Estoy de acuerdo. A eso respondo que son pocos los autores que viven de su trabajo (literario, musical, artístico, etc.). Son muchos, por el contrario, los que comienzan a liberar su trabajo en línea, a promocionar su producción, a hacerla llegar a todas las manos, ojos y oídos. Y, curiosamente, han descubierto que de esa forma aquellos que conocen sus obras comienzan a seguirlos, y son muchos los usuarios que, tras conocer sus trabajos en línea, compran sus libros, su música o su arte para poder disfrutar mejor de ellos, o asisten a sus conciertos, clases, conferencias o exposiciones. Creo que, en este sentido, se está desarrollando un nuevo paradigma, que sorteará quizás, en un futuro no muy lejano, las actuales barreras de derechos de autor, pues estas barreras (y otras muchas), más allá de ser un cepo para los consumidores de cultura, se han convertido en una jaula para los propios autores, que se ven atrapados en las manos comercialmente interesadas de unos pocos (que son los que realmente se benefician).

Les recomiendo, en este sentido, leer el trabajo elaborado por el grupo internacional de investigación Copy/South, con base en el Reino Unido, que ha elaborado el Copy/South Dossier. De momento está disponible solamente en inglés, pero la traducción al castellano ya ha sido terminada y en breve estará disponible en línea. En este documento se brindan estrategias, análisis y razones que buscan superar las barreras del copyright. También tiene una curiosa serie de pósteres (también en inglés). Les recomiendo que les echen un vistazo.

Y sobre los bostezos... ¿qué decirles? Continuaré con la duda. Por si acaso, seguiré tapándome la boca (para que no me entren malos espíritus ni me cuenten los dientes y pierda años de vida, como dicen las antiguas tradiciones). También seguiré haciéndome otras preguntas y buscando las improbables respuestas.

Y, en "venganza" por todos los silencios obtenidos tras mis cuestionamientos de niño insoportable, espero tener respuestas para las dudas de otros. Claro, siempre y cuando la información esté disponible.

Ahora, bostecen en paz. Un abrazo enorme desde Córdoba, Argentina...

Ilustración.

febrero 02, 2008

-¿Y qué vas a hacer con todo ese dinero ahora?

–¿Y qué vas a hacer con todo ese dinero ahora?

Por Sara Plaza

Le preguntó su papá, con cariño. Y esa pregunta quería decir varias cosas: no le iban a pedir el dinero, él lo podía gastar sin que nadie le dijera nada, y ellos no se iban a meter en lo que hiciera con ese dinero. Se pasó tres días sin saber en qué gastárselo.

–Mirá, Frin, si lo ahorrás vas a ir juntando tu dinero (explicaba su papá).
–¿Y para qué?
–Para poder comprar más cuando hayas juntado bastante.
–(Frin negaba con la cabeza)... no, yo prefiero ir comprando y así igual voy a ir comprando más.
Lynko no se cansaba de hacerle sugerencias.
–¡Mirá esa pelota, Frin!
–(No)...
–¡Mirá esa caña de pescar!
–(No)...
–¡Una mochila para irnos de campamento!
–(No)...
–¡¿Y qué vamos a llevar el domingo, entonces, Frin?!

Hasta que en una librería vio un tomo de una enciclopedia y supo lo que quería. Era una enciclopedia que también se vendía en fascículos más pequeños y que Arno siempre llevaba cuando tenían que consultar algo en la escuela. Entró y compró el primer tomo. Para su sorpresa costaba menos de lo que creía. Le alcanzó para comprar otro libro. Uno de fenómenos extraños que habían pasado en toda la historia. Así gastó su primer dinero.

Cuando llegó a su casa guardó el tomo de la enciclopedia en la pequeña biblioteca del comedor y fue a sentarse en el patio a leer el otro libro. Al rato entró Alma por la puerta del patio. Le gustó verlo con ese libro abierto, que sostenía con una mano, mientras que la otra estaba apoyada en su cabeza. Aprovechando que no se había dado cuenta de que ella estaba ahí, se quedó observándolo. Era lindo que estuviera tan concentrado. Parecía más importante. Estaba tan serio. Nunca había visto a nadie leer de esa manera: parecía que estaba en otro mundo.

–Hola, Frin.
–... ah, hola.
–¿Qué estás leyendo?
–Mirá, en 1953 desapareció un barco con toda su tripulación.

Alma se sentó a su lado. Frin siguió leyendo en voz alta, y ella le prestó atención a lo que él decía; pero también era lindo estar así con Frin. Cerca, mientras él leía en voz alta par los dos. No era fea la voz de Frin. Un barco había desaparecido con toda la tripulación. Es más, era una linda voz. Y no se había hundido. Y leía bien.


Estas líneas pertenecen al libro infantil "Frin" del escritor, actor y músico argentino Luis María Pescetti. Una maravillosa obra que nos cautivó a Edgardo y a mí la primera vez que la tuvimos entre las manos y nuestros ojos pudieron ser testigos, hoja tras hoja, de lo que hacía, pensaba y sentía este joven protagonista mientras estaba en la escuela, hacía nuevos amigos, gustaba de una compañera de clase, conseguía su primer trabajo... Nos pareció una historia magnífica, que devoramos ávidamente cuando la sacamos de la biblioteca del Centro de Difusión e Investigación de Literatura Infantil y Juvenil (CEDILIJ) de Córdoba (Argentina). Con la misma ilusión que Frin gastó su primer sueldo en ese tomo inicial de la enciclopedia, alcanzándole además para un segundo libro sobre fenómenos extraños, nosotros escribimos a los Reyes Magos pidiéndonos sus aventuras en letra impresa. Cuando abrimos nuestros regalos el 6 de enero, cual no sería nuestra sorpresa cuando vimos que las arcas de Sus Majestades alcanzaron para "Frin", para "Lejos de Frin" (del mismo autor) y "Los selk'nam. La vida de los onas en Tierra del Fuego" de la antropóloga francesa Anne Chapman. A Pescetti se lo pidió Edgardo, a Chapman me la pedí yo, pero no imaginábamos que nos iban a traer todo lo que les pedimos. Esa misma mañana comenzamos a leer nuestros regalos y como Alma, nos quedamos algunos minutos mirando al otro en silencio, observando su seriedad, su sonrisa, su sorpresa... Cada uno en su mundo, en un mundo distinto, en otro mundo... Mientras uno recordaba su infancia, otro recuperaba la memoria de un pueblo extinto. Ambos volviendo la cabeza, Edgardo unos pocos años, yo un par de siglos (los informantes de Chapman nacieron en el XIX y todos murieron en el XX). De algún modo los dos estábamos mirando hacia atrás, hacia el propio pasado y hacia el de un pueblo que se supo vencido desde que algunos hombres blancos, allá por 1880, llegaron para quedarse y allanaron su camino destruyendo una cultura y aniquilando al pueblo que durante siglos la mantuvo viva de generación en generación. Había nostalgia en los ojos de Edgardo y pude escuchar su risa de vez en cuando. Yo apenas despegué mis labios y mi mirada se quedó perdida en alguno de los cuatro "cielos" que conocían los selk'nam. Un par de días después intercambiamos nuestros libros sin darles tiempo a descansar siquiera una noche junto a los demás que forman parte de nuestra querida biblioteca. Reapareció mi sonrisa y a Edgardo se congeló la suya en alguno de los haruwen (territorios) en que estaba divida la Isla.

¿No es fascinante ese poder de los libros para llevarnos con ellos, para atraparnos, para arrastrarnos a otros lugares, a otros tiempos, a otras culturas, a nuestra infancia...? ¿No es increíble que entre sus páginas sigamos otros pasos y descubramos nuevos horizontes? ¿No es maravilloso viajar con tan poco equipaje e ir siempre tan bien equipado? Frin tardó tres días en decidir en qué quería gastar el dinero que acababa de ganar, y a nosotros nos tomó una pocas horas escribir la carta a los Reyes Magos. Los tres elegimos un libro y cada cual vivió una aventura diferente al adentrarse en sus páginas. Los tres tuvimos que pensar qué es lo que más queríamos, y una vez conseguido, cada uno se tuvo que concentrar en la lectura. Es casi seguro que, a nuestro modo, los tres rescribimos algunos pasajes, que inventamos y que soñamos; que, por momentos, nos olvidamos de dónde estábamos y casi, casi de quiénes éramos; que, en más de una ocasión, volvimos de nuevo una página o avanzamos dos o tres, incluso varios capítulos de golpe...

Dado que con un libro en las manos podemos lograr tantas cosas, vivir tantas aventuras, descubrir tantas historias... sería estupendo que no hubiese que gastarse "todo ese dinero" para que en nuestras pequeñas bibliotecas hubiese un nuevo amigo, y para que en las bibliotecas que son de todos se pudiese encontrar lo que nos guste, nos interese y necesitemos cada uno. Dado que los Reyes Magos tienen otras muchas peticiones que atender y sólo vienen una vez al año, es importante que los libros estén al alcance de todos y se los podamos "pedir" también a los bibliotecarios, a los libreros, a nuestros padres, a nuestros hijos, a los amigos, a los profesores... Porque cada vez estoy más convencida de que leer es una maravillosa necesidad y los libros un inmejorable complemento a los alimentos que ingerimos cada día para crecer.

Ilustración.