Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

marzo 06, 2008

No hay peor ciego que quien no quiere ver

No hay peor ciego que quien no quiere ver

Por Sara Plaza

Se van a dar cuenta en las siguientes líneas, pero aún así anoto este breve aviso para navegantes: estoy enojada mientras las escribo.

Es una de esas perezosas mañanas de domingo en las que el mundo se levanta mucho después que yo, que madrugo lo mismo todos los días de la semana. Todavía brillan los charcos en el asfalto y en algunas azoteas, restos silenciosos de la tormenta veraniega que estremeció anoche el firmamento de este rincón al sur del sur, donde todas las miradas se dirigen al norte... Quienes hoy caminamos por estas latitudes aún recorremos las rutas que trazaron aquellos conquistadores que volvieron a su casa con todo lo que pudieron robar en ellas. No se arreglarán nunca los baches de la 40 que recorre la Patagonia (esquivados con increíble parsimonia por aquel viajante que nos recogió a mi mochila y a mí en Esquel, cuando quien les escribe, con los cuatro tomos de "La Patagonia Rebelde" de Osvaldo Bayer en la mano, se fue tras las huellas de aquellos hombres que se enfrentaron a las tropas del Teniente Coronel H. Benigno Varela a principios del siglo pasado), pero pronto contaremos con un tren de alta velocidad entre Buenos Aires y Córdoba, algo así como un moderno Camino Real, que quién sabe si no tendrá parada en Potosí en un futuro cercano.

Esta indignación que siento hoy tiene que ver con la que experimenté hace un par de meses leyendo un artículo de Norman Gall, donde en un par de líneas explicaba que "[l]a mejora de los transportes hace que la gente pobre pueda recorrer grandes distancias para emigrar, hacer visitas o realizar actividades comerciales" [1]. A veces me preguntó qué es lo que analizan los analistas y en qué se basan para llegar a sus conclusiones, porque no sé cómo lo hacen para que estén tan alejadas de las opiniones y la realidad de la gente. Me pregunto si no inventarán una realidad a la medida de sus cifras y de sus porcentajes, si no tendrán mucha más imaginación que quienes somos tachados de utópicos y soñadores.

Uno no puede por menos que seguir haciéndose preguntas similares cuando encuentra "joyitas" dialécticas parecidas entre las palabras que escribió el ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación español, Miguel Ángel Moratinos, quien, tras finalizar una gira por el continente africano hace un mes, se expresaba de este modo:

Sin duda, África es un continente problemático, pero sobre todo es un continente vivo. Todos los días sus habitantes han de superar mil y una pruebas para sobrevivir. La gran mayoría lo hace con una sonrisa amplia y sincera, que se refleja en los peinados ensortijados, en los ojos imantados y en unos cuerpos elegantes que desatan su ritmo cuando la música irrumpe. Ese movimiento se traslada a todo el continente. Un continente deseoso de toparse con la felicidad. Todo está condicionado a su búsqueda. Esa fuerza interior explica el alto nivel de sacrificio y de sufrimiento de la gran mayoría de los ciudadanos. [2]

Desde entonces me pregunto si no será que a los ministros de exteriores, cuando visitan el interior de un continente, les colocan algún tipo de lente a través de la cual perciben una realidad que en nada se parece a la que viven realmente sus habitantes. Me pregunto cómo saben ellos que las sonrisas que ven a través de las ventanillas de sus autos blindados son o no sinceras, cómo pueden afirmar tan irresponsablemente que millones de personas hambrientas, enfermas, rodeadas de miseria y en medio de interminables guerras, se ponen a bailar en cuanto suena la música. Me pregunto de dónde se sacan que el sacrificio y el sufrimiento son los motores para encontrar la felicidad...

Ese mismo día, hallé en las opiniones que el escritor Antonio Muñoz Molina vertía sobre la película "Cuatro meses, tres semanas, dos días", muchísima más verosimilitud que en los comentarios de las dos "autorizadas" fuentes que les acabo de mostrar:

... yo ahondaba mi percepción de esas dos vidas jóvenes zarandeadas por el infortunio y el miedo, salvadas por una fraternidad que está hecha de inocencia y coraje, de una rara aleación femenina de fragilidad y fortaleza. Atravesaba con ellas la noche sórdida de una tiranía, y no hacía falta que se vieran uniformes o se escucharan declaraciones políticas para sentir en la nuca el frío de una vigilancia despótica, y en los hombros toda la pesadumbre de un régimen cuya mayor crueldad parece que acaba siendo su desolada duración. Hay vidas que son fulminadas por la saña quirúrgica de los ejecutores: otras, la mayoría, van siendo envilecidas a lo largo de los años por dosis diarias de sumisión y conformidad, se van deteriorando como los edificios mal hechos y los coches viejos que permanecen en uso, se gastan y ensucian como el papel pintado de las habitaciones que nadie cuida. [3]

No dejo de hacerme preguntas y trato de hallar unas pocas respuestas, de buscarlas al menos, mientras sigo avanzando subida a un colectivo, navegando entre las páginas de un libro o de un diario, charlando con quienes me rodean, escribiendo a quienes están lejos, y por eso me disgusto tanto cuando las encuentro tan insatisfactorias como las de Gall o Moratinos. No hablo de que sean ciertas o no, hablo de que me permitan seguir indagando, curioseando, aprendiendo, criticando. Y las explicaciones de esos dos señores son tan superficiales que uno no puede tomárselas en serio. Sobre ellas no se puede construir nada, y mucho menos algún conocimiento válido. Lo que me preocupa de veras es que esas respuestas sean los cimientos de nuevos proyectos de cooperación y desarrollo. Porque sobre apoyos tan débiles no veo cómo podrán edificar su presente y pensar en su futuro los hijos de quienes vivimos en países y continentes con unas heridas tan profundas como las que todavía sangran en América Latina, África o Rumania.
[1] Norman Gall es el director ejecutivo del World Economy Fernand Braudel Institute de São Paulo. La cita pertenece al artículo "El olvidado progreso de América Latina", publicado en la edición internacional de EL PAÍS, sábado 19 de enero de 2008.
[2] En el artículo "Una mirada a África", publicado en la edición internacional de EL PAÍS del sábado 9 de febrero de 2008.
[3] En el artículo "Regreso al cine", publicado en el suplemento "Babelia" de la edición internacional de EL PAÍS del sábado 9 de febrero de 2008.

Ilustración.

marzo 05, 2008

Caminos de pastores

Caminos de pastores

Por Edgardo Civallero

Estamos parando, durante este mes de marzo, en un pequeño pueblo de la llamada "sierra pobre" de Madrid, que en su día perteneció a la provincia de Segovia. El pueblo en cuestión se llama Bustarviejo, y es un lugar en el que todavía –a pesar del avance de "lo moderno"– se conserva bastante de la vida tranquila de las villas del interior castellano.

Por aquí, por Bustarviejo, desde donde les escribo hoy, pasaba la Cañada Real, una de las rutas de los pastores trashumantes. En tiempos pasados –y aún hoy, aunque sólo sea una débil sombra de lo que fue– los rebaños de ovejas (una de las principales fuentes de riqueza de la antigua Castilla, que a veces contaban con millares de cabezas) debían moverse de sur a norte y viceversa en busca de zonas de invernada y de pastos para comer en verano. Así se formaban caravanas que, desde la Edad Media, fueron conducidas por las "cañadas", caminos especiales que evitaban el destrozo de campos sembrados y permitían a la corona recaudar los "debidos" y consabidos impuestos.

La vida de los pastores trashumantes estaba asociada a una cultura particular: a instrumentos musicales determinados, que hoy apenas si sobreviven en las manos de algunos ancianos memoriosos y en la de algunos jóvenes que quieren rescatar esos recuerdos tan bellos; a unos tipos determinados de comida, usualmente vinculadas a chacinados, quesos, pan y frutos de estación; a unos cantos y unos cuentos muy particulares; a unas costumbres y hábitos tradicionales (relativos a la vida nómada que llevaban esos individuos); y, en fin, a toda una serie de costumbres, refranes, técnicas y actitudes.

Esa misma cultura –salvando todas las distancias– se encuentra entre los caravaneros de llamas que cruzan el altiplano boliviano llevando papas desde la puna a los lagos salados, para cambiarlas allí por bloques de sal y transportar ese preciado bien blanco a los valles cálidos para trocarlos por hojas de coca, verduras, frutas, queso... Esa cultura incluye ritos ancestrales de propiciación y protección de viajeros y animales; incluye instrumentos musicales únicos, decires, ceremonias, costumbres...

Y encontrarán rasgos similares entre los camelleros del África subsahariana; y entre los conductores de las recuas de yaks que cruzan el Himalaya entre India y Nepal o Pakistán; y entre los Saami (lapones) que mueven sus renos a través de Escandinavia; y entre los Masai que pastorean sus preciados rebaños de vacas a través del África oriental...

Son patrones y características que conforman el inmenso mosaico humano del que formamos parte. Algo de ellos está plasmado en los documentos que habitan los estantes de nuestras bibliotecas. Pero es sólo una parte mínima, el saber que ha sido escrito. La mayor parte de esa cultura sigue mostrando su cara y dejando sus marcas sobre la superficie de nuestro planeta. Viviendo, cambiando, evolucionando, desapareciendo a veces. Es cuestión de no olvidar que todo el conocimiento no está en nuestras manos: muchas cosas siguen latiendo fuera de los muros de las bibliotecas, lejos de catálogos, bases de datos e Internet. Y ese conocimiento es muy importante: son los últimos restos de una época en la que el hombre todavía (re)conocía los ritmos de la naturaleza.

Como les decía, mucha de esa cultura tradicional sigue viva en algunos rincones de nuestro mundo. Como aquí, en Bustarviejo, donde todavía se recuerdan las nubes de polvo que levantaba el paso de las grandes majadas ovinas, camino a los pastos.

Ilustración.

Reflexiones sobre las herramientas manuales

Reflexiones sobre las herramientas manuales

Por Jan Stürmann
Extraído del libro The Hand-Sculpted House escrito por Ianto Evans, Michael G. Smith, y Linda Smiley

La creencia incuestionable de la carpintería actual revela que sin el uso extensivo de herramientas eléctricas no podemos construir eficazmente ni de manera rentable, ni siquiera bien. Yo cuestiono esa creencia.

Yo construyo tanto casas convencionales, donde lo primero que te encuentras es la electricidad, como casas naturales, donde a menudo se incorpora con posterioridad.

Trabajar en estas casas naturales me ha servido para confrontar mis propios prejuicios y los placeres de utilizar herramientas manuales.

De ellas obtengo un sentido de profunda satisfacción que jamás he encontrado en las herramientas eléctricas. Al entrar en la caseta de las herramientas, mis manos automáticamente alcanzan mi formón favorito, el hacha, la hachuela. Una necesidad de tocar, de acariciar. Sopeso el formón de tres pulgadas de grosor. Le encontré oxidado en un viejo granero, el filo mellado, el hueco del mango enmohecido donde algún idiota lo había golpeado con un martillo. Me lo llevé a casa como a un animal herido, le retiré la rebaba, limpié la herrumbre, tallé el mango a partir de un trozo de madera de arce y lo afilé. El formón revivió para mí, canta en mis manos, recortando gruesos bucles de madera. Me encanta mirarlo, sostenerlo. Nunca me he sentido así con una herramienta eléctrica. Mi mano nunca se estira para alcanzar esos pesos muertos de plástico y metal en la estantería.

¿Por qué cuando uso una sierra circular, el taladro o la sierra de cadena durante cierto tiempo me siento como el hombre biónico, duro, rígido, en guerra con alguien o algo, forzado a llevar gafas protectoras, protección en los oídos y mascarillas para proteger mi frágil cuerpo? ¿Por qué después de un día utilizando el berbiquí y la barrena, los formones, un cepillo, mi cuerpo está relajado, mi mente tranquila, como cuando se puede escuchar el silencio del universo después de hacer el amor? Una cosa te debilita, la otra te nutre. Un misterio.

Sin embargo, el poderío seduce. El peso bruto de una sierra de cadena en tus manos. Los berridos del motor, agridulces volutas de humo ascendiendo a través de la cavidad nasal hasta el cerebro. Los árboles caen como alfileres. Menudo subidón, una euforia que no tenemos la responsabilidad de manejar.

Las herramientas eléctricas nos dan un poder que no nos pertenece. Nos lo prestan de manera indiscriminada. Pero en algún punto de la cadena lo tenemos que devolver – con intereses. Inevitablemente terminamos pagando mucho más por el poder que no es nuestro de lo que ganamos con él. Poco a poco me voy dando cuenta de que esto es verdad, no abstracta o intuitivamente, sino prácticamente.

Mientras escribía esto conseguí un trabajo para colocar unos armarios en una casa enorme de Los Ángeles. Juntas complejas, piezas a la medida – un dolor de cabeza, pero una oportunidad para examinar el sentido práctico de utilizar herramientas manuales cuando las convenciones dictan herramientas eléctricas. Cada mañana, para apaciguar al contratista, desenrollé los alargues, pero a partir de ese momento actué y experimenté.

Trabajar con madera consiste sobre todo en cortar elementos de una cierta longitud y colocarlos en su lugar. Si todo fuese lo mismo, yo trabajo más rápido con una sierra mecánica y una pistola de clavos que con un serrucho y un martillo. Pero me di cuenta de que no todo es igual. Tardo un minuto en inclinarme hacia mi cinturón de herramientas, donde se encuentran mi martillo y mi serrucho. Sin embargo me lleva veinte minutos desenrollar los alargues, luchar con las distintas cuchillas, arrastrar el compresor, colocar los tubos de aspiración y conseguir que la electricidad llegue hasta donde yo quiero.

Tardo medio minuto en cortar 1 x 4 con el serrucho kataba japonés, o diez segundos con una mecánica. Pero si quiero seguir escuchando a Beethoven y leyendo Funny Times a los ochenta, necesito ponerme gafas protectoras y protectores en los oídos antes de apretar el interruptor; por ende, hay que sumar algunos segundos más. El susurro del serrucho no requiere ningún tipo de protección.

Un serrucho deja polvo grueso que rápidamente se asienta en el suelo, pero las sierras mecánicas lanzan un polvo tan fino que se queda suspendido en el aire hasta que nosotros lo aspiramos, tapando senos nasales, provocando alergias y asma. En una profesión que cada vez utiliza más colas tóxicas y productos químicos en los laminados y aglomerados, haríamos bien en reducir al mínimo el polvo transportado por el aire si queremos respirar profundamente y poder oler las rosas en nuestros años dorados.

El serrucho pesa media libra, la sierra mecánica diez. Utilicé tanto esfuerzo –calorías– para levantar y maniobrar la pesada sierra mecánica como para colocarme y realizar el corte con el kataba. Incluso si hubiera tenido que introducir algo más de aire en mis pulmones, el placer de usar un serrucho que ha evolucionado durante setecientos años, bien valdría el tiempo y esfuerzo extras.

Tengo unas pocas hojas de serrucho intercambiables que coloco en el mango de madera: una hoja de apertura, tres hojas de través con dientes suficientemente finos para las ensambladuras de cola de milano y lo suficientemente gruesos para cortar palos de 12 pulgadas, una hoja curva para comenzar un corte en el medio, una estrecha de pelo para cortar curvas y una para el metal. Todas estas hojas y el mango los envuelvo en una bolsa de lona. El coste total pueden ser unos $120. Una vez pensé en ser un verdadero carpintero y tuve que gastarme miles en sierras mecánicas. Ahora nunca más.

Agarro la tabla, la corto y la atornillo en su lugar. Clavar con la pistola de clavos lleva un segundo. Utilizar el martillo, cinco. Pero un martillo cuelga siempre de un cinturón de herramientas. Sólo hace falta un sencillo movimiento para agarrar el mango con la palma y dejar la cabeza balanceándose. A la pistola de clavos la tengo que levantar y arrastrar como si se tratase de un albatros muerto. El tubo de aspiración es demasiado corto, hace falta mover el compresor. Con todo este mover de un sitio a otro y ponerse de nuevo los protectores, prácticamente he gastado los cuatro segundos que me separaban de la manera actual de clavar. Además, disfruto balanceando el martillo con gracia. Cualquier estúpido puede apretar el gatillo.

Consideremos de nuevo la economía. Mi martillo, un Hart Decker, me costó $25 hace siete años. No se ha roto ni una sola vez. Un compresor y una pistola de clavos costarán $500. Calcula el coste de las reparaciones y del tiempo muerto durante siete años. Los clavos para la pistola cuestan cinco veces más que los ordinarios. Pero ¡qué demonios!, paga el dueño de la casa (con un préstamo del banco, así es que el precio se multiplica si incluimos el porcentaje de interés de una hipoteca a 30 años).

Puedo desvelar costes escondidos. Accidentes, por ejemplo. Nunca he oído de alguien que se cortase un dedo con un serrucho, pero gracias a las hojas mecánicas que motores imparciales hacen girar con fuerzas extraordinarias, hay un montón de carpinteros sin dedos de la mano o de los pies. Lo mismo que pequeños trabajos de acupuntura sobre el terreno con la pistola de clavos, globos oculares perforados, oídos sordos... pero bueno, para eso están las compensaciones. Con esto no quiero decir que no sucedan accidentes con las herramientas manuales, pero su gravedad y su frecuencia son muchísimo menores.

Me estoy fijando en la economía y en la velocidad porque formo parte de una cultura que valora la productividad por encima del proceso, tener las cosas terminadas por encima de hacerlas, la complejidad sobre la creación. Pero para llegar al corazón de este cuestionamiento necesito mirar más profundamente lo que no es cuantificable.

Los carpinteros fueron una vez artesanos que sabían cómo hacer, adaptar y ajustar sus herramientas de manera que reflejasen su singularidad y sus necesidades individuales. Ahora los carpinteros son operarios de la máquina, trabajadores de una fábrica sin la fábrica, que ensamblan unidades modulares. El orgullo de lo artesanal se ha perdido. Ya no se utilizan más herramientas de carácter personal sino las de producción masiva diseñadas y comercializadas de acuerdo al mínimo común denominador. Unas herramientas que son inadaptables y demasiado complejas para que uno mismo las pueda reparar. El ciclo vital de una herramienta eléctrica es de unos pocos años, y estos cada vez disminuyen más debido a la obsolescencia planificada. Mis hijos o mis nietos que aún no han nacido, no podrán heredar mi sierra circular, ni mi taladro ni mi lijadora. Sin embargo, sí podrán disfrutar mis herramientas manuales – que ya han visto una o dos generaciones.

No hay ninguna duda, las herramientas eléctricas facilitan algunos trabajos. Se tarda mucho menos en serrar media pulgada de 4 x 4 con una sierra eléctrica que haciéndolo con un serrucho. Pero he notado una pequeña diferencia en mi cuerpo entre los días que trabajo utilizando sobre todo las herramientas manuales y los que paso trabajando con las herramientas eléctricas. Usando herramientas manuales puedo trabajar con atención, con alegría y con garbo durante más tiempo: al final de una jornada de nueve o diez horas puedo estar cansado pero nunca exhausto, mientras que después de cinco o seis horas con una máquina estoy agotado; aunque gaste menos calorías, me han exprimido todo el jugo de la vitalidad.

¿Por qué? La potencia que estas herramientas tienen para dañarme consume mis fuerzas. Mi cuerpo –asustado, tenso–, al estar en alerta continua, transforma la sutil flexibilidad en músculos rígidos y tensos. Los reflejos se vuelven más lentos, la mente falla, se cometen errores y la sangre corre. En cuerpos tensos, las posibilidades de padecer problemas de espalda son mayores que en aquellos que todos los días se ejercitan y estiran con ejercicios moderados mientras utilizan herramientas manuales. Tal vez de aquí venga la vitalidad extra. Cuando mis células son alimentadas regularmente con sangre llena de oxígeno y nutrientes, mi cuerpo responde con más vida.

Además está la fatiga que producen los decibelios de todos los sonidos estridentes que hallamos en una obra. Cada vez más, esta es la razón predominante por la que me inclino hacia las herramientas manuales. Nuestros oídos, en sintonía con los suspiros de un amante, el sonido de la lluvia al caer, la risa de un amigo, los susurros del viento, no están adaptados para las frecuencias de los ruidos fuertes. Nos retraemos dentro de un caparazón insensible, sordos ante el mundo. Yo quiero trabajar en un ambiente donde mis tímidos sentidos se revelen en el silencio para participar de la creación, donde el flujo de la conversación o el pensamiento tenga libertad para circular, explorar y volver a caer en el silencio sin la censura, las interrupciones y las rupturas que provocan las máquinas.

Mucha de la mala prensa que han cosechado las herramientas manuales está justificada. Sin la minuciosa vigilancia de los artesanos demandando lo mejor, el fabricante de herramientas moderno vende unas herramientas de calidad lamentable. No causa sorpresa que el comprador se de media vuelta disgustado y busque la fuerza eléctrica para realizar el trabajo. Es raro el negocio cuyos empleados sean vendedores competentes y donde se pueda encontrar una amplia selección de herramientas manuales. ¿Pero qué se puede comparar con la alegría de encontrar casi por casualidad una herramienta de calidad en una feria de objetos usados?

Con la cada vez mayor falta de accesibilidad a las herramientas de calidad, la sabiduría de cómo usarlas también se está perdiendo y necesita ser redescubierta si queremos sacar el mayor partido de su potencial. ¿Cuál es la mejor manera de fijar, asegurar y sostener el material mientras lo cortamos, lo tallamos o lo lijamos? ¿Cómo utilizo la fuerza de mi cuerpo de manera eficiente y garbosa para que no parezca que estoy luchando contra la herramienta o contra la madera, sino que el trabajo se convierta en algo así como una danza? Este es un estudio, una investigación que requiere mi atención.

Trabajar manualmente permite sopesar el tiempo: ¿Es mejor cuanto más rápido? ¿Que hemos ganado con el exceso de potencia? Construir de forma manual nos anima a hacerlo de manera deliberada, reflexiva, consciente de las acciones que se extienden más allá de nosotros. ¿Habría permitido la dignidad humana la construcción de arterias de salida, McMansions y super autopistas con sólo la mano de obra directa? ¿Qué les ocurre a nuestras almas recubiertas con objetos de aburrida perfección hechos mecánicamente? Para saber que existimos como seres humanos necesitamos el toque de alguien más en las creaciones que nos rodean.

No soy un purista. Mis herramientas eléctricas, bien utilizadas, cuidadas, continuarán siendo usadas, aunque con menos frecuencia a medida que redescubra la alegría de emplear mi cuerpo para impulsar a las herramientas a hacer su magia. Porque la magia está ahí, un misterio. Me alimento con cereales y miel, pan, queso y pimientos morrones. Aspiro el aire con grandes dosis del oxigeno que transpiran los árboles. Y milagrosamente mi cuerpo convierte todo eso en movimiento, fuerza, destreza. Levanto el cepillo, afilado y a punto y lo apoyo para trabajar la madera. Entonces en algún lugar del reino infinito entre mi mano y la herramienta, sucede la alquimia. La carne, el acero y la madera se combinan en el movimiento, y recibo traslúcidos jirones de virutas que se rizan a través de mis dedos, liberando su aroma, revelando su belleza. Un obsequio.

Ilustración.

Aspiración e inspiración

Aspiración e inspiración

Por Sara Plaza

No sé si todos nos hemos planteado alguna vez qué es lo que pretendemos profesionalmente, por eso tal vez resulte ilustrativo lo que piensan quienes sí lo han hecho. El escritor valenciano Juan Gil-Albert escribió: "Aspiro a ser lo más subjetivo posible. Sólo hablando en nombre propio logra el hombre coincidir, si no con la verdad, que resulta una meta demasiado abstracta, con la autenticidad al menos. Ser auténtico vale tanto como ser verdadero y está más al alcance de nuestra buena voluntad". Sin embargo, Graham Green era de la opinión de que había que escribir con un pedacito de hielo en el corazón, a cuya propuesta se suma el autor británico Ian McEwan, quien considera fundamental alejar de sí mismo a los personajes de sus historias...

Por otro lado, algo me dice que existe una línea muy fina entre la literatura y la vida y que laten bastante a la par. Mucho me temo que ese trocito de hielo terminaría derritiéndose a golpe de latido, pues creo que hay que ser capaz de reconocer el mundo y de reconocerse a sí mismo antes de reinventar cualquiera de los dos. Me parece que lo que hacemos tiene mucho que ver con quiénes y cómo somos, de ahí que las distintas aspiraciones de estos autores me sirvan para reflexionar un poco sobre las de los seres humanos en general.

Si como decía el poeta, el camino le hacemos andando, golpe a golpe, verso a verso, lo que somos y lo que aspiramos a hacer no puede permanecer ajeno a cada una de nuestras elecciones, a cada una de las decisiones que tomemos. Es por eso que considero importante cierta fidelidad hacia uno mismo. Fidelidad que haríamos bien en salpicar de curiosidad. Curiosidad que tiene que ver con las ganas de aprender un poco más y de desconocer un poco menos.

Profesionales, artistas, aprendices, artesanos, todos tenemos algo de brujos y de magos: nos transformamos. Lo de menos es si utilizamos encantamientos, sortilegios o pócimas... lo demás es mantener cierta coherencia y renovar ganas e ilusiones a golpe de optimismo. Lo dijo hace poquito en una entrevista el músico camerunés Manu Dibango: "Yo me defino como un viejo capacitado ... Soy un abuelete capaz. En África se respeta al anciano. No en vano es el guardián de algo. Por fuerza, incluso a tu pesar, has almacenado experiencias. Todos los días sucede algo y además está tu propia transformación".

Precisamente por eso, porque nos vamos poniendo viejos, mejor que aspirar a ser subjetivos, a enfriar nuestro corazón o a alejar nuestras producciones de nosotros mismos, cuando escribimos, pero también cuando componemos, ponemos ladrillos, cultivamos la tierra, manejamos información, accedemos a ella... sería volver un poquito la vista atrás mientras damos un nuevo paso adelante, imaginar lo posible recordando lo imposible. Porque mientras hacemos cosas
no dejamos de ser personas,
porque mientras creamos
no dejamos de vivir,
no dejamos de respirar.
Porque somos eso: aspiración e inspiración.

Ilustración.

Voces del pasado

Voces del pasado

Por Edgardo Civallero

Los libros que conservamos en nuestras bibliotecas son, en muchos casos, voces del pasado que buscaron el refugio de la letra escrita para seguir gritando sus mensajes a través de los siglos y por los siglos. Esas voces que intentaron preservarse, perpetuarse y reproducirse, intuyeron –en su momento– que lo que contaban era valioso, y que podía servir a generaciones venideras. Porque el mundo es una rueda que gira, y si bien la historia no se repite –o, al menos, eso dicen los historiadores modernos– el ser humano suele tener la rara virtud de tropezar dos veces en la misma piedra.

Preparando un texto sobre la civilización maya del periodo postclásico –es decir, del momento en el que la llama de esa magnífica cultura comenzaba a apagarse lentamente– me encuentro con una historia que vale la pena recordar. La hallé en las páginas de uno de los libros del Chilam Balam. Estos textos merecen, por sí solos, un comentario aparte.

Tras la conquista española del territorio maya (situado en México y parte de Guatemala), los sacerdotes católicos enseñaron a los mayas las destrezas de la lectoescritura europea, con el único objetivo de facilitar su conversión a la religión cristiana. Sin embargo, los "alumnos" utilizaron tal poder para recoger su saber antiguo –que, conservado en códices, había desaparecido gracias al memoricidio perpetrado por los conquistadores y los propios sacerdotes– y los sucesos que vivían en aquel momento (siglo XVI). Salvaron así del olvido su memoria, condenada de antemano a desaparecer bajo el peso de la historia oficial.

Se escribieron varios libros en numerosas regiones del antiguo territorio maya, en lengua nativa pero sobre papel español y usando el alfabeto latino. Aquellos manuscritos escritos en el norte del Yucatán (probablemente por los grupos étnicos mayas Itzá y Yucateco) son llamados, genéricamente "Libros de Chilam Balam". En la actualidad se conservan fragmentos importantes de diez o doce de ellos, identificados por el nombre del pueblo en el que se redactaron. Lo que voy a narrarles lo encontré en el libro de Chilam Balam de Chumayel, uno de los más completos.

Este libro cuenta un acontecimiento sucedido en Chichén Itzá muchos años antes de la llegada de los hispanos, un suceso que, por su importancia, se transmitió oralmente, de boca en boca, salvándose del olvido gracias a que los escritores lo recordaron y anotaron. Chichén Itzá era una de las ciudades-estado más poderosas del postclásico maya. Ubicada en la península del Yucatán, en el antiguo territorio de los Itzá (y actual territorio mexicano), era –y es– famosa por su bellísima arquitectura, y, en especial, por el llamado "pozo de los sacrificios".

Este pozo era una abertura natural, de las tantas que abundan en la península yucateca, donde la roca caliza es horadada fácilmente por las lluvias y genera hundimientos, cavernas, grutas subterráneas y enormes bocas que se abren en la superficie, colmadas de agua. Llamados "cenotes" por los arqueólogos modernos (del maya "tsonoot"), los pozos eran usados, a veces, como lugar de sacrificios al dios de las lluvias, Chaac, que para un pueblo dependiente de la agricultura, era uno de los principales del panteón. Tal era la función del de Chichén Itzá. Tan importante era ese cenote, que originó el nombre de la ciudad: Chi Cheen Itzá, "el brocal de los Itzá".

A las aguas verdosas de aquel pozo se arrojaban adornos propiciatorios –resina de copal, objetos de oro, plumas, orejeras de jade– y víctimas humanas escogidas. Se suponía que el pozo conducía directamente a los dominios de Chaac: allí, el dios recibiría a los sacrificados y, si tenía algo que comunicar a los vivos –que esperaban atentamente en la superficie– dejaría volver a alguno de los inmolados con su mensaje.

Lamentablemente, y como es de suponer, nadie, nunca, regresó como mensajero divino. Drogados antes de ser sacrificados, atenazados por el pánico de la muerte inminente, las víctimas eran tragadas por las aguas cenagosas del cenote antes de que pudieran pensar en intentar salir a flote.

Sin embargo, cuenta el "Libro de Chilam Balam" que un joven noble –de nombre Hunac Ceel–, tras presenciar unos sacrificios en el cenote, tuvo una idea reveladora. Cansado de los eventos que conmocionaban la vida política de la región en aquel momento, se dirigió a la plataforma desde la cual se lanzaban las ofrendas –votivas y humanas– y, ante la mirada atónita de la población asistente y de los sacerdotes, se lanzó de cabeza al agua. Pasaron algunos minutos sin que la superficie verdosa se moviera siquiera, y luego, entre burbujas y espuma, aquel hombre salió a la superficie, respirando ávidamente. Ante el asombro de todos y la incredulidad de algunos, gritó que el dios Chaac le había hablado, y le había dicho que, desde aquel momento, él, Hunac Ceel, de la casa de los Cocom, sería el regente de aquella ciudad-estado.

Inmediatamente, el pueblo lo aclamó. Atados de manos por sus propias costumbres y tradiciones, y aún a sabiendas de la ágil y astuta jugada de aquel advenedizo, los nobles y los sacerdotes –sin poder contradecir su religión– debieron aceptar, tragándose la ira a duras penas, aquella decisión "divina".

Lo que siguió fue una de las dictaduras más implacables que hayan soportado los mayas de aquella época. Hunac Ceel y los de su casa manejaron los hilos de la intriga política y de las guerras a sus adversarios. Con su corte instalada en la ciudad de Mayapán, dirigió sus fuerzas hacia Chichén Itzá, y, según suponen algunos historiadores, fue él el que la arrasó, convirtiéndola en el conjunto de ruinas –magníficas, pero ruinas al fin– que son hoy.

La historia, por sí sola, amerita escribir una novela. Si bien el "Libro de Chilam Balam" agrega muchos acontecimientos legendarios en este relato, el análisis de los investigadores actuales rescata los hechos históricos. La historia fue verdadera, así como las consecuencias de aquel acto, que, si bien rozó la locura, sirvió a su principal protagonista para alzarse con un poder que no le correspondía.

Este tipo de relatos deberían hacernos reflexionar sobre nuestro presente. Pues Hunac Ceel no sería el primer "gobernante" que pasase por encima de todo su pueblo amparado en las costumbres de su sociedad. Amparados en ellas son muchos los que rigen la vida de sus naciones de forma abusiva. Usando en su beneficio los códigos civiles y legislativos, las leyes electorales, las costumbres, los hábitos, son muchísimos los que abusan de nosotros, los que se olvidan de nuestros derechos y necesidades, los que nos explotan y utilizan...

El recordatorio de todo eso, de todo lo que pasó y sigue pasando, está en nuestras bibliotecas. Para algo fueron escritos tantos libros. Y debería estar también entre nuestros recuerdos. Porque sólo conociendo el pasado se entiende el presente y se planea el futuro.

Pero parece ser que el hombre tiene una memoria muy frágil. Y que no consulta los libros adecuados en los estantes de su biblioteca más cercana.

Ilustración.

marzo 01, 2008

¿Tener o no tener prejuicios? ¿Es ésa la cuestión?

¿Tener o no tener prejuicios? ¿Es ésa la cuestión?

Por Sara Plaza

Hace un par de semanas estaba leyendo una edición viejita en inglés de "Los viajes de Marco Polo" y en el capítulo XLI del primer libro, "Sobre la provincia de Khamil", me encontré con una historia que me hizo recordar aquella otra de "Cien años de soledad", donde si bien no se hablaba de la fertilidad de la tierra, sí se hacía referencia a la de los animales... Siete siglos y un buen puñado de accidentes geográficos separan una de otra, pero las dos nos hablan de los dones que otorga una naturaleza complacida con las infidelidades de los seres humanos, que yo me pregunto si en el devenir de la historia no nos habrán mantenido fieles a nosotros mismos. Pero aunque sí quiero compartirles ese capítulo sobre Khamil, el propósito que me lleva a hacerlo no es el engaño sino los prejuicios...

La provincia de Khamil fue un reino en tiempos pasados y tiene numerosas ciudades y pueblos. La principal de sus ciudades lleva el nombre de Khamil. Esta región está situada entre dos desiertos, a un lado el gran desierto de Lop y hacia el otro uno mucho más pequeño que puede ser atravesado al cabo de tres días de viaje. Sus habitantes son idólatras y tienen una lengua muy particular. Viven de los frutos de la tierra, los cuales obtienen en gran cantidad y ofrecen además a los viajeros. Son gente que se toma las cosas con tranquilidad, pues sólo les importa tocar, cantar, bailar y divertirse.

Es completamente cierto que cuando un extranjero llega a la casa de alguno de ellos en busca de alojamiento, el anfitrión está encantado y deseoso de que su esposa quede a disposición del inquilino. Él, mientras, les deja el camino libre y sólo regresará una vez que el extraño se haya ido. El invitado puede quedarse y disfrutar de la compañía de la esposa tanto tiempo como desee, pues el esposo no se avergüenza en absoluto por ello, sino que lo considera un honor. Y así, todos los hombres de esta provincia saben que sus mujeres les son infieles pero no les importa. Las propias mujeres no tienen prejuicios y son disolutas.

Sin embargo, durante el reinado de Mangu Khan sucedió que, como su señor que era, vino a enterarse de esta costumbre y envió a decirles que les ordenaba abandonarla y limitarse sólo a ofrecer alojamiento a los viajeros, si no querían sufrir un doloroso castigo. Cuando la gente del lugar tuvo noticia de esta orden se preocuparon muchísimo y durante casi tres años la cumplieron. Pero se dieron cuenta de que sus tierras ya no eran productivas y que habían tenido muchos contratiempos desde entonces. De modo que se reunieron y decidieron preparar un gran regalo, el cual enviaron a su señor rogándole gentilmente que les permitiese mantener su vieja costumbre, tal y como la habían heredado de sus ancestros; ya que mientras así lo hicieron los dioses les habían proporcionado todo lo bueno que poseían, y sin ella no sabían cómo iban a poder sobrevivir. Cuando el príncipe escuchó su petición la respuesta que les dio fue "Si necesitáis mantener vuestra vergüenza, hacedlo", y les dio libertad para continuar con su mala costumbre. Y siempre la han conservado, y lo hacen todavía.


Parece ser que la mencionada costumbre no era del agrado de Marco Polo, pero desconocemos si el conocimiento que de ella tuvo fue por boca de otros o por experiencia propia, cuando realizaba alguno de sus maravillosos viajes a lo largo y ancho de Persia, allá por el siglo XIII. El libro en el que se relatan está lleno de anécdotas similares, unas le sobrecogen y otras le estremecen, le parecen loables algunas y detestables otras, encuentra muchas dignas de mención y se excusa por no relatar las que considera poco interesantes. Eso sí, siempre opina sobre ellas, siempre las juzga, siempre cuestiona su moralidad o inmoralidad. Las religiones están muy presentes y, mientras alaba la que él mismo profesa, se muestra poco condescendiente con el resto. Ni que decir tiene que quienes siguen una y otras reciben el mismo tratamiento. No intentaba ser objetivo nuestro viajero ni parece haber estado entre sus preocupaciones la neutralidad.

Conceptos ambos que sí tienen muy preocupados a algunos profesionales de la educación y la bibliotecología, que pretenden educar e informar de manera aséptica, como si tal cosa fuese posible. Como si estuviese en sus manos desprejuiciarse junto a los estantes o las pizarras. Prejuicios los tenemos todos, y estaría bien que nos preguntásemos por los nuestros e intentásemos averiguarlos. En primer lugar para ser conscientes de ellos. En segundo para evitar los actos de discriminación a los que pueden inducirnos. Y en tercer lugar para darnos la oportunidad de superar unos cuantos: impidiendo que nos entorpezcan el paso y no permitiendo que se lo cierren a los demás. No tenemos que estar todos de acuerdo, pero para darnos cuenta de que pensamos distinto no nos queda más remedio que saber qué pensamos nosotros y qué es lo que piensa el otro, y por tanto intentar conocernos... Marco Polo observa y cuenta. Cuenta lo que ve y lo que piensa sobre ello, y no me parece mal. No me parece mal porque a sus lectores siempre nos quedará la asignatura pendiente de contrastar sus líneas con las de otros autores para forjarnos una opinión propia. Y eso es fantástico. Les aseguro que ponerse a investigar y aprender a ser críticos es una aventura apasionante.

En particular, si deciden agarrar unos cuantos mapas antiguos y dibujar sobre ellos los caminos que siguió el veneciano, creo que no van a arrepentirse. Y si escogen otro autor, otro tiempo y otro horizonte imagino que tampoco. Los libros de viajes son una delicia. Uno no puede por menos que reírse a veces y sonrojarse otras. En ocasiones se sienten ganas de correr tras los pasos de sus protagonistas y en momentos de hacerlo en la dirección opuesta. Resulta asombroso de lo que esos personajes fueron capaces, y verdaderamente increíble lo que acontecía a los habitantes de aquellos remotos rincones. Los autores de las guías de viaje "The Lonely Planet" o "El trotamundos" tienen poco que envidiar al hijo de Nicolás Polo, que ya por entonces estimaba el tiempo de viaje, el coste y señalaba los puntos de interés comercial tal y como ahora se indican los de interés turístico.

En definitiva, después de leer sobre viajes no es difícil darse cuenta de que se ha leído sobre mucho más que los trayectos de ida y vuelta, pues están todas las sendas y todos los atajos intermedios que tomaron sus autores, y suelen estar llenos de sorpresas. Al terminar dan ganas de preparar la mochila y salir a recorrer, sin olvidarse de llevar lápiz y papel y estar dispuestos a verlo y escucharlo todo. No me atrevo a animarles a probarlo ni a tocarlo todo, porque corren tiempos difíciles y les van a hacer pagar la factura con recargos. Pero sí les sugiero que viajen y lean con sus prejuicios a un lado, que no es lo mismo que desprejuiciadamente, y les brinden la posibilidad de perderse por el camino a aquellos que les pesen demasiado. Mi experiencia es que se lee y se viaja mejor cuando se va ligero de equipaje. Además, de esa manera, siempre nos quedará sitio para traernos todo lo que hemos aprendido.

Ilustración.